En pocos minutos regresó. Me interesaba un tanto la disputa, por lo que aguardaba su vuelta con impaciencia; sin embargo, al oírle subir las escaleras, no pude menos que notar que había llevado a cabo su propósito con notable rapidez.
Mis ojos se fijaron en él al entrar. Me pareció que traía consigo un aspecto considerablemente distinto de aquel con el que se había marchado. La sorpresa y una ligera dosis de ansiedad se mezclaban en él. Sus ojos parecían buscar algún objeto. Pasaron rápidamente de una persona a otra, hasta detenerse en su esposa. Ella estaba sentada en una actitud descuidada en el sofá, en el mismo lugar que antes. Tenía en la mano la misma muselina, en la que estaba ocupada principalmente su atención.
En el momento en que la vio, su perplejidad aumentó visiblemente. Se sentó en silencio y, fijando los ojos en el suelo, pareció absorto en la meditación.
Estas singularidades suspendieron la pesquisa que me disponía a hacer respecto a la carta. Al poco tiempo, la compañía abandonó el tema que los ocupaba y dirigió su atención hacia Wieland. Pensaron que él solo esperaba una pausa en la conversación para mostrar la carta. La pausa no fue interrumpida por él.
Al fin Pleyel dijo: «Bueno, supongo que habrás encontrado la carta».