que el cielo interviene para impedir los crímenes era algo análogo a mi cometido, y nunca dejaba de acudir a mi mente en épocas como esta. Era necesario interrumpir vuestro sueño y, con este fin, pronuncié la poderosa monosílaba: «¡detente! ¡detente!». Mi propósito no me lo imponía el deber, pero ciertamente estaba muy lejos de ser atroz e inexpiable. Para llevarlo a cabo, pronuncié algo falso, mas se adecuaba bien a mi propósito. Nada menos se pretendía que haceros daño. Es más, el mal resultante de mi acto anterior quedó en parte subsanado al aseguraros que en todas partes, excepto en esta, estabais a salvo.
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