Antes de llegar a la ciudad ya era el atardecer. Tenía el propósito de pasar la noche en Mettingen. No me preocupaba llegar temprano, en tanto me acompañara un criado fiel. Mis fuerzas agotadas exigían que tomara algún refrigerio.
Con este fin, y para presentar mis respetos a alguien cuyo afecto hacia mí era verdaderamente maternal, me detuve en casa de la señora Baynton. Ella no estaba en casa; pero apenas hube entrado cuando uno de sus criados me entregó una carta. La abrí y leí lo siguiente:
A Clara Wieland,
¿Qué diré para disculpar la mala conducta de anoche? Es mi deber enmendarla en la medida de mis posibilidades, pero me temo que no logrará usted convencerse de adoptar el único modo en que puede ser enmendada. Consiste en concederme una entrevista en su propia casa a las once de esta noche. No tengo más medios para disipar cualquier temor que albergue respecto a mis intenciones que mis simples y solemnes declaraciones. Estas, tras lo ocurrido entre nosotros, quizá las considere usted indignas de confianza. No puedo evitarlo. Mi insensatez y mi temeridad no me han dejado otro recurso. Estaré en su puerta a esa hora. Si decide admitirme para una charla, siempre y cuando dicha charla no tenga testigos, le revelaré detalles cuyo conocimiento es de la mayor importancia para su felicidad. Adiós.
¡Qué carta fue esta!