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VII

de descender. En un recodo de esta pendiente, cerca del límite meridional de mi pequeña finca, se hallaba una ligera construcción, con asientos y celosías. De una hendidura de la roca, a la que estaba adosada esta edificación, brotaba un arroyo de agua purísima que, saltando de repisa en repisa, a lo largo de sesenta pies, producía una frescura en el aire y un murmullo de lo más delicioso y relajante que uno pueda imaginar. Todo esto, sumado a los aromas de los cedros que la rodeaban y de la madreselva que se agrupaba entre las celosías, convertía a este en mi refugio veraniego favorito.

En esta ocasión me dirigí hacia allí. Mis ánimos decayeron por la fatiga de una larga atención y me arrojé sobre un banco, en un estado, tanto mental como físico, de la más absoluta desidia.

Los sonidos arrulladores de la cascada, la fragancia y la penumbra se combinaron para calmar mi espíritu y, en poco tiempo, sumirme en el sueño. Ya fuera la incomodidad de mi postura o algún leve malestar, mi descanso se vio alterado por sueños de un tinte nada alegre.

Después de que varias incoherencias se turnaran para ocupar mi fantasía, al fin me imaginé caminando, en el crepúsculo vespertino, hacia la morada de mi hermano. Una fosa, según creí ver, había sido cavada en el sendero que había tomado, de la cual no me percataba.

Mientras continuaba mi paseo despreocupadamente, me pareció ver a mi hermano, de pie a cierta distancia frente a mí, haciéndome gestos y llamándome para que me diera prisa. Él estaba en el borde opuesto del abismo. Aceleré el paso, y un paso más me habría precipitado en este abismo, de no ser porque alguien desde atrás me agarró repentinamente del brazo y exclamó, con voz de urgencia y terror: «¡Alto! ¡Alto!».

El sonido interrumpió mi sueño, y me encontré, al instante siguiente, de pie y rodeado por la más profunda oscuridad.

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