en ellos. Se articulaban con una nitidez que no tenía precedentes en mi experiencia. Pero esto no era todo. La voz no solo era meliflua y clara, sino que el énfasis era tan justo y la modulación tan apasionada, que parecía imposible que un corazón de piedra dejara de conmoverse ante ella. Me infundió una emoción totalmente involuntaria e incontrolable. Cuando pronunció las palabras «por amor a la dulce caridad», dejé caer el paño que tenía en la mano, mi corazón se desbordó de simpatía y mis ojos, de lágrimas espontáneas.
Esta descripción les parecerá trivial o increíble.
La importancia de estas circunstancias se manifestará en el desenlace.
La manera en que me afectó esta ocasión fue, para mi propia aprehensión, motivo de asombro.
Los tonos eran, en verdad, tales como nunca antes había escuchado; pero que debieran, por decirlo así, disolverme en lágrimas en un instante, no será creído fácilmente por otros, y apenas puede ser comprendido por mí mismo.
Se comprenderá fácilmente que sentía cierta curiosidad respecto a la persona y el porte de nuestro visitante. Tras una breve pausa, me acerqué a la puerta y lo seguí con la mirada. ¡Juzgad mi sorpresa al contemplar la mismísima figura que había aparecido media hora antes en la orilla! Mi imaginación había conjurado una imagen muy distinta. Al instante se había creado una forma, un talle y un atuendo dignos de acompañar a semejante elocución; pero esta persona era, en todos los aspectos visibles, lo contrario de aquel fantasma.