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XXIII

la captura de mi persona; pero estaba decidido a evitar tal destino, y no cabía duda de que la debida circunspección y el ejercicio de la facultad de que disponía me permitirían eludirlo.

Me oculté, durante el día, en los alrededores de Mettingen: me aproximé a su morada a la hora señalada: entré en ella en silencio, por una trampilla que conducía a la bodega. Esta había estado antaño cerrojo por dentro, pero Judith, en una época temprana de nuestra relación, había retirado este impedimento. Ascendí al primer piso, pero no encontré a nadie, ni a nada que indicara la presencia de un ser humano.

«Me deslisé suavemente escaleras arriba y al fin advertí que la puerta de vuestra habitación estaba abierta y que dentro había una luz. Era importante descubrir quién acompañaba dicha luz. Tenía presentes los inconvenientes a los que me expondría si alguien de adentro me descubría junto a la puerta de vuestra alcoba; por lo tanto, llamé con mi propia voz, pero modulada de tal modo que pareciera provenir del patio de abajo: “¿Quién está en la habitación? ¿Es la señorita Wieland?”».

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