Él respondió—: «Pleyel me informó de que, al ir a su casa, su atención se vio atraída por dos voces. Las personas que hablaban estaban sentadas bajo el talud, fuera de la vista. Esas personas, a juzgar por sus voces, eran Carwin y usted. No repetiré el diálogo. Si mi hermana era la mujer, Pleyel estaba justificado al concluir que usted era, en verdad, una de las mujeres más depravadas. De ahí sus acusaciones contra usted, y sus esfuerzos por obtener mi consentimiento para un plan mediante el cual se provocara una separación eterna entre mi hermana y este hombre».
Hice que Wieland repitiera este relato. Aquí había, en verdad, una historia capaz de llenarme de terribles presentimientos. En vano había pensado que mi seguridad podía garantizarse lo suficiente con puertas y cerrojos, ¡pero este es un enemigo de cuyas garras ningún poder divino puede salvarme!
Sus artimañas dejarán siempre mi fama y mi felicidad a su merced. ¿Cómo contrarrestar sus maquinaciones o descubrir a su cómplice? Ha enseñado a alguna mujer vil y abyecta a imitar mi voz. Los oídos de Pleyel fueron testigos de mi deshonra.
Esta es la cita nocturna a la que aludía. Así se explica el silencio que guardó al intentar abrir la puerta de mi habitación. Me creía ausente y tal vez pretendía, de haber estado accesible mi aposento, dejar en él algún memorial incriminatorio.
Pleyel ya no era igualmente culpable. La sinceridad de su angustia, la profundidad de su desesperación, las recordaba con cierta tendencia a la gratitud. ¿Sin embargo, no había sido precipitado?