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VII

Tal era el resumen de la información de mi amigo. No me disgustó que me dejaran solo durante la mayor parte de aquel día. Toda ocupación me resultaba pesada si no me dejaba en libertad para meditar.

Tenía ahora un nuevo tema sobre el que centrar mis pensamientos. Antes del anochecer sería conducido a su presencia y escucharía aquellos tonos cuyo poder mágico y estremecedor ya había experimentado. Pero ¿con qué nuevas imágenes se presentaría entonces?

Carwin era adepto a la fe romana, aunque inglés de nacimiento y, tal vez, protestante por educación.

¡Había adoptado a España como su patria y había insinuado el propósito de pasar sus días allí, y sin embargo ahora era habitante de este distrito, disfrazado con las ropas de un palurdo!

¿Qué podría haber borrado las impresiones de su juventud y haberle hecho abjurar de su religión y de su país?

¿Qué acontecimientos posteriores habían introducido un cambio tan total en sus planes?

Al retirarse de España, ¿había vuelto a la religión de sus antepasados, o era verdad que su conversión anterior había sido fingida y que su conducta había estado guiada por motivos que era prudente ocultar?

Horas enteras se consumieron en dar vueltas a estas ideas. Mis meditaciones fueron intensas; y, cuando la cadena se rompió, comencé a reflexionar con asombro sobre mi situación. Desde la muerte de mis padres hasta el comienzo de este año, mi vida había sido serena y dichosa, más allá de la porción ordinaria de la humanidad; pero, ahora, mi pecho estaba carcomido por la ansiedad. Me visitaba el temor a peligros desconocidos, y el porvenir era un escenario sobre el cual las nubes rodaban y los truenos murmuraban.

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