Pareció no percatarse de la entrada ni de la salida de Carwin. Mi gesto y el arma homicida parecieron pasar inadvertidos ante sus ojos.
Su silencio no se vio interrumpido; su mirada, fija en el reloj durante un rato, se apartó ahora de este; la furia se encendió en cada uno de sus rasgos; todo lo que había de humano en su rostro dio paso a una expresión sobrenatural y tremenda. Sentí mi brazo izquierdo atrapado en su puño.—
Aun ahora dudaba en golpear. Me encogía ante su ataque, pero en vano.—
Aquí me detengo. ¿Por qué he de rescatar este acontecimiento del olvido? ¿Por qué he de pintar este detestable conflicto? ¿Por qué no terminar de una vez con esta serie de horrores?—¿Apresurarme al borde del precipicio y arrojarme para siempre más allá del recuerdo y de la esperanza?
Aun así vivo: con esta carga sobre el pecho; con este fantasma persiguiendo mis pasos; con víboras alojadas en mi seno y aguijoneándome hasta la locura: ¡aun así consiento en vivir!
Sí, me elevaré por encima de la esfera de las pasiones mortales: desdeñaré el cobarde remordimiento que me insta a buscar la impunidad en el silencio o el consuelo en el olvido.
Mis nervios se retemplarán para la tarea. ¿Acaso no lo he decidido? Moriré.
El abismo que tengo ante mí es inevitable y cercano. Moriré, pero solo entonces, cuando mi historia haya llegado a su fin.