designios y el carácter de Carwin, y la total improbabilidad de que esto llegara a lograrse jamás. Algún instinto me impulsó a poner la mano sobre un periódico. Había leído todas las noticias generales que contenía por la mañana, y en el mismo lugar. El acto fue más mecánico que voluntario.
Lancé una mirada lánguida a la primera columna que se me presentó. Las primeras palabras que leí comenzaban con el ofrecimiento de una recompensa de tres guineas por la captura de un reo condenado a muerte, que se había fugado de la prisión de Newgate en Dublín. ¡Santo Dios! ¡Cómo vibró cada fibra de mi cuerpo cuando procedí a leer que el nombre del criminal era Francis Carwin!
“Las descripciones de su persona y porte eran minuciosas. Su estatura, cabello, tez, la extraordinaria posición y disposición de sus rasgos, su forma torpe y desproporcionada, sus ademanes y su marcha correspondían perfectamente con los de nuestro misterioso visitante.
Había sido declarado culpable en dos acusaciones. Una por el asesinato de Lady Jane Conway, y la otra por un robo cometido contra la persona del honorable señor Ludloe.
“I repeatedly perused this passage. The ideas which flowed in upon my mind, affected me like an instant transition from death to life. The purpose dearest to my heart was thus effected, at a time and by means the least of all others within the scope of my foresight. But what purpose? Carwin was detected. Acts of the blackest and most sordid guilt had been committed by him. Here was evidence which imparted to my understanding the most luminous certainty. The name, visage, and deportment, were the same. Between the time of his escape, and his appearance among us, there was a sufficient agreement. Such was the man with whom I suspected you to maintain a clandestine correspondence. Should I not haste to snatch you from the