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XIX

excelencia y belleza. ¡Ojalá me visitara una emanación momentánea de tu gloria! ¡Ojalá algún signo inequívoco de tu presencia saludara mis sentidos! «En este estado de ánimo, entré en la casa de mi hermana. Estaba deshabitada. Apenas había recobrado la consciencia del propósito que me había traído aquí. Pensamientos de tendencia diferente poseían de tal modo mi mente que las relaciones de tiempo y espacio estaban casi borradas de mi entendimiento. Estas divagaciones, sin embargo, fueron refrenadas y ascendí a su aposento. «No llevaba luz y habría podido saber por observación externa que la casa no tenía ningún habitante. Con esto, sin embargo, no me quedé satisfecho. Entré en la habitación y, al no aparecer el objeto de mi búsqueda, me dispuse a regresar. «La oscuridad requirió cierta precaución al descender la escalera. Extendí mi mano para asir la balaustrada mediante la cual regular mis pasos. ¡Cómo describir el fulgor que, en ese momento, estalló ante mi visión! «Estaba deslumbrado. Mis órganos fueron despojados de su actividad. Mis párpados estaban medio cerrados y mis manos se retiraron de la balaustrada. Un miedo sin nombre heló mis venas y me quedé inmóvil. Esta irradiación no se retiró ni disminuyó. Parecía como si una poderosa efulgencia me cubriera como un manto. «Abrí mis ojos y hallé todo a mi alrededor luminoso y resplandeciente. Era el elemento del cielo el que fluía alrededor. Nada más que un arroyo de fuego era visible al principio; mas, al punto, una voz aguda desde atrás me llamó a prestar atención.

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