Quizás consideréis esta conducta un tanto singular y la atribuyáis a ciertas peculiaridades de temperamento. No soy consciente de tales peculiaridades. No puedo explicar mi devoción por esta imagen de otro modo que suponiendo que sus propiedades eran raras y prodigiosas. Tal vez sospechéis que estos fueron los primeros avances de una pasión propia de todo corazón femenino, y que con frecuencia se adueña del terreno por medios incluso más leves e improbables que estos. No voy a rebatir la sensatez de tal sospecha, sino que os dejo en libertad de sacar de mi relato las conclusiones que os plazcan.
La noche al fin regresó, y la tormenta cesó. El aire volvió a estar despejado y tranquilo, y ofrecía un conmovedor contraste con aquel estruendo de los elementos que le había precedido. Pasé las horas oscuras, tal como pasé el día, meditabundo y sentado junto a la ventana.
¿Por qué mi mente estaba absorta en pensamientos ominosos y lúgubres? ¿Por qué mi pecho se agitaba con suspiros y mis ojos se desbordaban en lágrimas? ¿Acaso la tempestad que acababa de pasar era señal de la ruina que se cernía sobre mí?
Mi alma se detenía con afecto en las imágenes de mi hermano y sus hijos, sin embargo, estas solo aumentaban la melancolía de mis meditaciones. Las sonrisas de los encantadores niños eran tan apacibles como antes. La misma dignidad reposaba en la frente de su padre, y aun así pensaba en ellos con angustia. Algo me susurraba que la felicidad que disfrutábamos en el presente se cimentaba sobre bases mudables.
La muerte ha de alcanzarnos a todos. Que nuestra felicidad fuera a ser subvertida por ella mañana, o que estuviera decretado que inclináramos la cabeza cargados de años y de honor, era una cuestión que ningún ser humano podía resolver.