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IX. Las hazañas de Zisca

Para ello era necesario procurarse una luz. La muchacha se había retirado a su habitación hacía tiempo: era, por tanto, adecuado atenderme a mí mismo. Una lámpara, y los medios para encenderla, solo se encontraban en la cocina.

Hacia allí resolví encaminarme sin demora; pero la luz servía únicamente para permitirme leer el libro. Yo conocía el estante y el lugar exacto donde este se hallaba. Si bajaba el libro o preparaba la lámpara en primer lugar, parecía ser una cuestión sin importancia. Opté por lo último y, dejando mi asiento, me acerqué al armario en el que, como mencioné anteriormente, estaban depositados mis libros y papeles.

De pronto acudió a mi memoria lo que hacía poco había ocurrido en este gabinete. Si la medianoche se aproximaba o ya había pasado, no lo sabía. Estaba, como entonces, sola y desdefensa. El viento soplaba en la dirección en que, ayudado por el reposo mortecino de la naturaleza, me traía el murmullo de la cascada. Este se mezclaba con ese sonido solemne y encantador que una brisa produce entre las hojas de los pinos. Las palabras de aquel misterioso diálogo, su temible significado y el salvaje paroxismo al que mis terrores me habían transportado poblaron de nuevo mi imaginación. Mis pasos vacilaron y me detuve un momento para reponerme.

Logré por fin obligarme a avanzar hacia el armario. Toqué la cerradura, pero mis dedos carecían de fuerza; me sobrevinieron de nuevo temores insuperables. Una especie de creencia cruzó por mi mente: la de que algún ser se ocultaba dentro, con intenciones malvadas. Comencé a luchar contra esos temores, cuando se me ocurrió que podía, sin impropiedad, ir por una lámpara antes de abrir el armario. Retrocedí unos pasos; pero antes de llegar a la puerta de mi habitación, mis pensamientos tomaron un nuevo rumbo. El movimiento

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