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XV

enseñado a sospechar que yo fingía; sin embargo, si estaba hablando con este rufián cuando Pleyel tocó la cerradura de la puerta de mi alcoba y cuando este cerró la suya con tanta violencia, ¿cómo, podría preguntar él, sería capaz de relatar tales incidentes? Tal vez él le había ocultado el conocimiento de estas circunstancias a mi hermano, de quien, por lo tanto, yo no habría podido obtenerlo, de modo que mi inocencia habría quedado así demostrada de forma irrefutable.

El primer impulso que brotó de estas ideas fue desandar mis pasos y pedir una vez más una entrevista; pero él se había marchado: sus declaraciones de despedida resonaban en mi memoria.

¡Pleyel —exclamé—, te has ido para siempre! ¿Están tus errores más allá del alcance de toda detección? ¿Me encuentro indefensa en medio de esta trampa? El conspirador está cerca. Incluso habla con el tono propio del arrepentimiento. Solicita una entrevista que, según promete, terminará con la revelación de algo trascendental para mi felicidad. ¿Qué puede decir que sirva para apartar este mal? Pero ¿por qué habría de ser fingido su remordimiento? No le he hecho ningún daño. Su maldad solo engendra desesperación, y las olas del remordimiento habrán de abrumarle tarde o temprano. ¿Por qué no habría tenido ya lugar este acontecimiento? ¿Por qué debería negarme a verle?

Esta idea estuvo presente, por decirlo así, por un momento. De repente me apartado de ella con repugnancia, confuso ante aquel delirio que pudo dar albergue ni por un momento a semejante proyecto; mas al poco tiempo volvió. A la postre llegué incluso a concebir que merecía ser considerada. Me pregunté si no sería oportuno recibir, en un paraje solitario, en una hora sagrada, a este hombre de atributos formidables e inescrutables, a este ejecutor de actos horribles, y cuya presencia se había predicho que atraería horrores nunca oídos e inefables.

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