Me acerqué al cadáver: levanté la mano aún flexible y besé los labios desprovistos de aliento. Sus fluidos ropones estaban desordenados. Los arreglé y, sentándome en la cama, volví a fijar la mirada firme en su rostro. No puedo recordar con claridad las meditaciones de aquel momento. Vi de manera confusa, pero contundente, que toda esperanza se había extinguido con la vida de Catharine. Toda felicidad y dignidad debían quedar desterradas en adelante de la casa y el apellido de Wieland: lo único que restaba era prolongar en agonías una breve existencia y dejar al mundo un monumento de esperanzas truncadas y fortuna mudable. Pleyel ya estaba perdido para mí; sin embargo, mientras Catharine vivía, la vida no era una posesión aborrecible: pero ahora, separada de la compañera de mi infancia, partícipe de todos mis pensamientos, mis afanes y mis deseos, yo era como alguien a la deriva en un mar
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