eliminado este impedimento, y ahora la propia dama lo invitaba a regresar. Por supuesto, él estaba decidido a hacerlo, pero deseaba contar con la compañía de Wieland; no podía soportar la idea de una separación eterna de sus actuales compañeros. Su interés, pensaba, no se vería menos favorecido por el cambio que el suyo propio. De ahí que fuera insistente e incansable en sus argumentos y súplicas.
Él sabía que no podía esperar nuestra sincera aquiescencia, ni la de su hermana, en este proyecto. Si se nos mencionaba el tema, uniríamos nuestros esfuerzos en su contra y reforzaríamos en Wieland esa reticencia que ya de por sí era bastante difícil de vencer.
Por consiguiente, ocultó celosamente su propósito. Si Wieland se alistaba previamente en su causa, le resultaría menos difícil superar nuestra aversión.
Mi hermano guardó silencio sobre este asunto porque creía que no corría peligro de cambiar de opinión, y deseaba evitarnos cualquier inquietud. Sabía que la mera mención de semejante plan, y la posibilidad de que lo abrazara, alterarían considerablemente nuestra tranquilidad.
Un día, unas tres semanas después de la misteriosa llamada, se acordó que la familia sería mi huésped. Rara vez habíamos pasado un día de más serena dicha. Pleyel nos había prometido su compañía, pero no lo vimos hasta que el sol casi se había ocultado. Traía un semblante que denotaba decepción y disgusto. No esperó a que le preguntáramos, sino que explicó inmediatamente la causa. Dos días antes había llegado un paquete de Hamburgo con el que se había ilusionado esperando recibir cartas, pero no había llegado ninguna. Nunca lo había visto tan abatido por un acontecimiento desfavorable. Sus pensamientos estaban ocupados en buscar una explicación al silencio de sus amigos. Fue presa de los tormentos de los celos y no sospechó nada