“Me odio a mí mismo por esta locura. No encuentro disculpa para este relato. Sin embargo, me veo irresistiblemente impelido a narrarlo.
Aquella que me escucha está enterada de cada detalle. No tengo más que repetirme a mí mismo —o a ella— sus propias palabras. Escuchará con aire tranquilo, y el espectáculo de su obstinación me empujará a algún acto desesperado.
¿Por qué persistir entonces? ¡Sin embargo, debo persistir!”
Nuevamente hizo una pausa.
«No —dijo—, es imposible repetir tus protestas de amor, tus apelaciones a anteriores confesiones de tu ternura, a anteriores actos de deshonor, a las circunstancias del primer encuentro que tuvo lugar entre ustedes. Fue en aquella noche en que te seguí la pista hasta este recodo. Hasta allí te había atraído él, y allí habías ratificado un pacto impío al admitirlo —
¡Gran Dios! ¡Tú presenciaste las agonías que desgarraron