«En vano; no pudo ser; mi valor estaba consternado; mis brazos sin nervios; murmuré plegarias para que mi fuerza fuera auxiliada desde arriba. De nada sirvieron. «El horror se difundió sobre mí. Esta convicción de mi cobardía, de mi rebelión, se aferró a mí, y me quedé rígido y frío como el mármol. De este estado me vi algo aliviado por la voz de mi esposa, quien renovó sus súplicas de que se le dijera por qué veníamos aquí y cuál era el destino de mi hermana. «¿Qué podía responder? Mis palabras eran entrecortadas e inarticuladas. Sus temores adquirieron fuerza de manera natural al observar estos síntomas; mas estos temores estaban mal ubicados. La única inferencia que dedujo de mi conducta fue que algún terrible contratiempo le había ocurrido a Clara. «Retorció sus manos y exclamó en agonía: "¡Oh, dime, dónde está! ¿Qué ha sido de ella? ¿Está enferma? ¿Muerta? ¿Está en su aposento? ¡Oh, déjame ir allí y saber lo peor!" «Esta propuesta puso mis pensamientos de nuevo en movimiento. Tal vez lo que mi corazón rebelde se negaba a realizar aquí, podría obtener la fuerza suficiente para ejecutarlo en otra parte. «"Ven entonces", dije, "vayámonos". «"Lo haré, mas no en la oscuridad. Debemos procurarnos primero una luz". «"Huye entonces y consíguela; mas te lo encargo, no te demores. Aguardaré tu regreso".
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