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IX. Las hazañas de Zisca

parecía ejercer una influencia mecánica sobre mí. Me avergonzaba mi debilidad. Además, ¿qué ayuda podría brindarme una lámpara?

Mis temores no se habían forjado un objeto preciso. Sería difícil describir, con palabras, los ingredientes y los matices de aquel fantasma que me perseguía.

Una mano invisible y de fuerza preternatural, movida por pasiones humanas y que elegía mi vida como su blanco, formaban parte de esta imagen terrorífica. Todos los lugares eran igualmente accesibles para este enemigo, o si su imperio estaba restringido por límites locales, esos límites eran totalmente inescrutables para mí.

Pero ¿no me había dicho alguien, en contubernio con este enemigo, que cualquier lugar, salvo el recodo del talud, estaba libre de peligro? Regresé al pequeño cuarto y una vez más puse la mano sobre la cerradura.

¡Oh! ¡Ojalá mis oídos pierdan la sensibilidad antes de ser assaltados de nuevo por un grito tan terrible! No solo mi entendimiento quedó subyugado por el sonido: actuó sobre mis nervios como el filo de un acero. Parecía seccionar las fibras de mi cerebro y martirizar con agonía cada articulación.

El grito, por mucho que fuera fuerte y penetrante, era sin embargo humano. Ninguna articulación fue jamás más distinta. El aliento que lo acompañaba no agitó mi cabello, pero todas las circunstancias se unieron para persuadirme de que los labios que lo habían pronunciado rozaban mi propio hombro.

«¡Alto! ¡Alto!», fueron las palabras de aquella tremenda prohibición, en cuyo tono parecía estar envuelta el alma entera, y cada energía convertida en anhelo y terror.

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