Así se confirmó la verdad del aviso anterior. Ya no devorado por la zozobra, el pesar de Pleyel tardó poco en ceder a la influencia de la sociedad. Se entregó una vez más a nuestra compañía. Su vivacidad se había apagado sin duda; pero incluso en este aspecto era un compañero más aceptable que antes, puesto que su seriedad no era ni hermética ni hosca.
Estos incidentes ocuparon durante un tiempo todos nuestros pensamientos. En mí produjeron un sentimiento no muy lejano al placer, y más rápidamente que en el caso de mis amigos se mezclaron con otros temas.
Mi hermano quedó particularmente afectado por ellos. Era fácil percibir que la mayoría de sus meditaciones estaban teñidas por esta fuente. A esto debía atribuirse un proyecto en el que su pluma estaba ocupada en este período: el de recopilar e investigar los hechos relacionados con ese misterioso personaje, el Demonio de Sócrates.
La habilidad de mi hermano en el saber griego y romano era superada por la de muy pocos, y sin duda el mundo habría acogido con avidez un tratado sobre este tema de su pluma; mas ¡ay!, este y todos los demás planes de dicha y honor estaban abocados a una repentina destrucción y a una aniquilación sin esperanza.