que temer del mal gobierno, las causas externas de estragos y alarma eran numerosas y manifiestas. Las recientes devastaciones cometidas por los prusianos ofrecían una muestra de ello. Los horrores de la guerra siempre se ciernerían sobre ellos hasta que Alemania fuera conquistada y dividida por los tiranos austriacos y prusianos; un acontecimiento que, según sospechaba firmemente, no estaba muy lejano.
Pero, dejando estas consideraciones a un lado, ¿era loable ambicionar la riqueza y el poder aun cuando estuvieran a nuestro alcance?
¿No eran estas las dos grandes fuentes de depravación?
¿Qué seguridad tenía de que, en este cambio de lugar y condición, no degeneraría en un tirano y un mundano?
El poder y las riquezas debían temerse principalmente debido a su tendencia a depravar a quien los poseía. Los aborrecía, no solo como instrumentos de miseria para los demás, sino para aquel sobre quien recaían.