esto, y los temblores que sacudían mi cuerpo, y la fiereza de mi semblante la alarmaron. Sospechó de inmediato que algún desastre le había ocurrido a su amiga, y su propia voz estaba tan abrumada por la emoción como la mía. «Estaba silenciosa, mas sus miradas manifestaban su impaciencia por escuchar lo que tenía que comunicar. Hablé, mas con tanta precipitación que apenas fui comprendido; asiéndola, al mismo tiempo, del brazo y tirando con fuerza de ella de su asiento. «"Ven conmigo: huye: no desperdicies un momento: el tiempo se perderá y el acto se omitirá. No te demores; no cuestiones; ¡sino huye conmigo!" «Este comportamiento añadió de nuevo a sus alarmas. Sus ojos persiguieron a los míos y dijo: "¿Qué pasa? Por el amor de Dios, ¿qué pasa? ¿A dónde querrías que fuera?" «Mis ojos estaban fijos en su rostro mientras hablaba. Pensé en sus virtudes; la contemplé como la madre de mis niños: como mi esposa; recordé el propósito por el cual urgía así su asistencia. Mi corazón flaqueó y vi que debía despertar para esta obra todas mis facultades. El peligro de la más mínima demora era inminente. «Aparté la mirada de ella y, ejerciendo de nuevo mi fuerza, la conduje hacia la puerta: "Debes ir conmigo; de verdad que debes". «En su susto medio resistió mis esfuerzos y exclamó de nuevo: "¡Buen cielo! ¿Qué quieres decir? ¿A dónde ir? ¿Qué ha sucedido? ¿Has encontrado a Clara?"
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