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XXIV

Sus cabellos estaban enmarañados y caían confusamente sobre su frente y orejas. Su camisa era de tela basta, y estaba abierta por el cuello y el pecho. Su abrigo había sido antaño de textura brillante y fina, pero ahora estaba desgarrado y empolvado. Sus pies, sus piernas y sus brazos estaban desnudos. Sus rasgos eran la sede de una solemnidad salvaje y tranquila, pero sus ojos denotaban inquietud y curiosidad.

Avanzó con paso firme, y mirando como en busca de alguien. Me vio y se detuvo. Bajó la vista al suelo y, apretando las manos, pareció de repente absorto en la meditación.

¡Tales eran la figura y el porte de Wieland! ¡Tales, en su estado caído, eran el aspecto y la traza de mi hermano!

Carwin no dejó de reconocer al visitante. La preocupación por su propia seguridad parecía quedar sepultada por el asombro que este espectáculo producía. Su puesto era visible, y no podría haber escapado a las miradas errantes de Wieland; sin embargo, este último parecía totalmente inconsciente de su presencia.

El dolor ante esta escena de ruina y destrucción fue al principio el único sentimiento del que tuve conciencia. Siguió un silencio espantoso. Por fin Wieland, llevando sus manos, entrelazadas, hacia el pecho, exclamó: «¡Padre! Te doy gracias. Esta es tu guía. Hasta aquí me has conducido para que cumpliera tu voluntad; mas no permitas que yre: ¡permíteme escuchar de nuevo a tu mensajero!».

Se quedó un minuto en pie como si escuchara; pero, saliendo de su postura, continuó⁠—: «No es necesario. ¡Vil desdichado! ¡cuestionando así eternamente los mandatos de tu Creador! ¡débil de resolución! ¡inconstante en la fe!».

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