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XXI

Tal fue, durante algún tiempo, el curso de mis meditaciones.

Mi debilidad, y mi aversión a ser señalado como objeto de sorpresa o compasión, me impidieron salir en público. Evitaba con empeño las visitas de aquellos que venían a expresar su simpatía o a satisfacer su curiosidad.

Mi tío era mi principal compañero. Nada contribuía con tanta fuerza a consolarme como su conversación.

Con respecto a Pleyel, mis sentimientos parecían haber experimentado una revolución total. A menudo sucede que una pasión suplanta a otra. Los recientes desastres me habían desgarrado el corazón, y ahora que la herida estaba en cierto modo cerrada, el amor que había abrigado por este hombre parecía haberse desvanecido asimismo.

Hasta entonces, en verdad, no había tenido motivos para la desesperación. Era inocente de aquella falta que me había alejado de su presencia. Podía esperar razonablemente que mi inocencia fuese demostrada de manera irrefutable en algún momento, y que su afecto por mí renaciera junto con su estima.

Ahora, mi aversión a ser considerada culpable por él continuaba, pero sin la misma impaciencia. Deseaba que se disiparan sus sospechas, no con el fin de recuperar su amor, sino porque me deleitaba en la veneración de un hombre tan excelente, y porque él mismo experimentaría placer al convencerse de mi integridad.

Mi tío me había informado previamente que Pleyel y él se habían visto, desde el regreso de este último de Europa.

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