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XIX

«Doy gracias a mi Dios de que esta degeneración fuera transitoria, de que se dignara levantarme de nuevo en alto. Pensé en lo que había hecho como un sacrificio al deber y estuve calmado. Mi esposa había muerto; mas reflexioné que, aunque esta fuente de consolación humana estaba cerrada, otras aún seguían abiertas. Si los raptos de un esposo no existían ya, los sentimientos de un padre aún tenían margen para el ejercicio. Cuando el recuerdo de su madre excitara un dolor demasiado agudo, los miraría a ellos y sería consolado. «Mientras revolvía estas ideas, una nueva calidez fluyó hacia mi corazón: me equivoqué. Estos sentimientos eran el fruto del egoísmo. De esto no era consciente y, para disipar la niebla que oscurecía mis percepciones, una nueva efulgencia y un nuevo mandato eran necesarios. «De estos pensamientos fui llamado por un rayo que fue disparado hacia la habitación. Una voz habló como aquella que antes había escuchado: "Has hecho bien; mas todo no está hecho; el sacrificio es incompleto; ¡tus hijos deben ser ofrecidos; deben perecer con su madre!"»

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