«¡Despertad! ¡levantaos! —exclamaba—: apresuraos a socorrer a alguien que está muriendo a vuestra
Este llamamiento fue eficaz. No hubo nadie en la casa que no se despertara con él. Pleyel fue el primero en obedecer, y mi hermano lo alcanzó antes de que llegara al vestíbulo. ¡Cuál sería la sorpresa general cuando se descubrió a vuestro amigo tendido sobre la hierba ante la puerta, pálido, cadavérico y con todos los signos de la muerte!
Esta fue la tercera ocasión en que se dejaba oír una voz en beneficio de esta pequeña comunidad. El agente fue tan inescrutable en este caso como en el anterior.
Cuando reflexionaba sobre estos acontecimientos, mi alma quedaba suspendida en el asombro y la reverencia. ¿Acaso me había engañado realmente al imaginar que escuchaba la conversación del gabinete?
Ya no me era posible dudar de la realidad de aquellos acentos que antaño habían llamado a mi hermano desde la colina; que le habían comunicado a Pleyel la noticia de la muerte de la dama alemana; y que hacía poco los habían convocado en mi auxilio.
¿Pero cómo debía considerar aquella conversación de medianoche? ¡Voces roncas y varoniles discutiendo los medios de la muerte, tan cerca de mi lecho, y a semejante hora! ¡Cómo se había desvanecido mi antigua seguridad! Aquella vivienda, que hasta entonces había sido un asilo inviolable, se hallaba ahora cercada de peligro para mi vida. Aquella soledad, que antaño me fuera tan cara, ya no podía soportarse. Pleyel, que había accedido a residir con nosotros durante los meses de primavera, se hospedó en la habitación vacía, con el fin de calmar mis temores. Él trató mis miedos con burla, y en poco tiempo quedaron de