Que su puesto estuviera a cierta distancia, que su actitud no fuera amenazante, que su ominoso semblante estuviera oculto, puede explicar que ahora escapara yo de una impresión tan violenta como las pasadas. Retiré los ojos, pero mis sentidos no volvieron a abandonarme.
Al percibir que había recuperado la sensibilidad, levantó la cabeza. Este movimiento atrajo mi atención. Su rostro era apacible, pero el pesar y el asombro se reflejaban en sus facciones. Aparté la vista y exclamé débilmente: «¡Oh! ¡Huye, huye lejos y para siempre! ¡No puedo verte y seguir viviendo!».
No se puso en pie, sino que juntó las manos y dijo en tono suplicante: —Huiré. Me he convertido en un demonio cuya sola presencia destruye. ¡Pero dime cuál es mi ofensa! Has asociado maldiciones a mi nombre; me atribuyes una maldad monstruosa e infernal. Miro a mi alrededor; ¡todo es soledad y desierto! ¡Esta casa y la de tu hermano están solitarias y desmanteladas! ¡Te desvaneces al verme! Mi temor me susurra que se ha cometido algún acto horrendo; que yo soy la causa involuntaria.
¿Qué idioma era este? ¿No se había declarado a sí mismo un raptor? ¿No había sido esta cámara testigo de sus atroces propósitos? Le supliqué con nueva vehemencia que se fuera.
Él levantó los ojos: «¡Gran cielo! ¿Qué he hecho? Creo conocer la magnitud de mis ofensas. He actuado, pero mis acciones posiblemente hayan surtido más efecto del que pretendía. Este temor me ha hecho regresar de mi retiro. Vengo a enmendar el mal del que mi impetuosidad fue causa, y a prevenir más males. Vengo a confesar mis errores».
«¡Miserable! —grité cuando mis sofocadas emociones me permitieron hablar—, los fantasmas de mi hermana y de sus hijos, ¿no se alzan acaso para acusarte? ¿Quién fue el que destruyó el entendimiento de Wieland? ¿Quién fue el que lo incitó a la furia y lo guio hacia el asesinato? ¿Quién, sino tú y el diablo, con quien estás confederado?».