aumentaba ahora. Os había infundido los más vehementes terrores; había llenado vuestra mente de fe en las sombras y confianza en los sueños; había depravado la imaginación de Pleyel; os había presentado ante su entendimiento como entregada a gratificaciones brutales y consumada en la hipocresía. Las pruebas que acompañaban a este engaño resultarían irresistibles para alguien cuya pasión hubiese pervertido su juicio, cuyos celos respecto a mí ya hubiesen sido despertados y que, por tanto, no dejaría de sobrevalorar la fuerza de tales pruebas. ¿Qué acto fatal de desesperación o de venganza no podría producir este error?”
“Por lo que a mí respecta, había actuado con un frenesí que superaba toda creencia. Había guerreado contra mi paz y mi fama: me había desterrado de la compañía de las mentes vigorosas y puras; me había autoexpulsado de un escenario que la munificencia de la naturaleza había adornado con bellezas sin rival, y de unos parajes en los que todas las musas y humanidades se habían refugiado.
Me hallaba, pues, desgarrado por temores contradictorios y tumultuosos arrepentimientos. La noche transcurrió en este estado de confusión; y a la mañana siguiente, en la gaceta que dejaron en mi modesta pensión, leí una descripción y una oferta de recompensa por la captura de mi persona. Se decía que había escapado de una prisión irlandesa, en la que estaba confinado como delincuente condenado por crímenes enormes y complicados.
“Esto fue obra de un enemigo que, mediante la falsedad y la estratagema, había conseguido mi condena. Yo era, en verdad, un prisionero, pero escapé, gracias al esfuerzo de mis facultades, del destino al que estaba condenado, pero que no merecía. Había esperado que la malicia de mi enemigo se hubiera agotado; pero ahora percibía que mis precauciones habían sido prudentes, pues la interposición de un océano era insuficiente para mi seguridad.