En cuanto llegó la noche, realicé mi visita. Carwin formaba parte de la compañía a la que fui conducido.
Las apariencias eran las mismas que cuando lo contemplé por primera vez. Su atuendo era igualmente descuidado y rústico. Miré su rostro con nueva curiosidad.
Mi situación era tal que me permitía dedicarle un examen detenido. Visto con más detenimiento, no perdió ninguna de sus maravillosas propiedades. No pude negar mi admiración a la inteligencia expresada en él, pero ignoraba por completo si era un objeto al que temer o al que adorar, y si sus poderes se habían ejercido para el mal o para el bien.
Era parco en el discurso; pero cuanto decía iba preñado de significado, y lo pronunciaba con una rectitud de articulación y una fuerza de énfasis de las que yo no había tenido la menor noción antes de conocerlo.
- No obstante lo desgarbado de su atuendo, sus modales no carecían de refinamiento.
- Trataba todos los temas con destreza, y sin pedantería ni afectación.
No pronunció ninguna opinión destinada a producir una impresión desfavorable; por el contrario, sus observaciones denotaban una mente receptiva a todo sentimiento generoso y heroico.
Eran introducidas sin ostentación, y acompañadas de ese grado de vehemencia que denota sinceridad.