porque con ninguna coincidía plenamente. El culto social es aquello por lo que todas se distinguen, pero este punto no hallaba cabida en su credo. Interpretó rigurosamente aquel precepto que nos manda, al adorar, retirarnos a la soledad y excluir toda clase de compañía. Según él, la devoción no era solo un oficio silencioso, sino que debía realizarse en solitario. Así destinaba una hora al mediodía y una hora a la medianoche.
A la distancia de trescientas yardas de su casa, en la cima de una roca cuyos lados eran empinados, escarpados y estaban cubiertos de cedros enanos y asperezas pedregosas, construyó lo que a los ojos comunes habría parecido un cenador. El borde oriental de este precipicio se encontraba a sesenta pies de altura sobre el río que fluía a sus pies. La vista frente a él consistía en una corriente transparente, ondulante y llena de rizos en un cauce rocoso, y limitada por un paisaje ascendente de campos de maíz y huertos. El edificio era ligero y aéreo. No era más que una superficie circular, de doce pies de diámetro, cuyo suelo era la roca, despejada de musgo y arbustos, y perfectamente nivelada, bordeada por doce columnas toscas y cubierta por una