El verdadero estado de tu mente con respecto a Pleyel lo había revelado tu propia pluma; pero suponía que estabas hecha de tales materiales que, aunque una tristeza pasajera pudiera afectarte, eras inexpugnable ante cualquier dolor permanente y sincero. La inquietud por mi propia seguridad quedó, por un momento, suspendida por la simpatía hacia tu angustia.
A la primera consideración me llamó con rapidez un movimiento tuyo que denotaba no sé qué. Abrigos la persuasión de que te retirarías ya a la cama; mas de pronto te acercaste al armario, y el ser descubierto parecía inevitable. Pusiste la mano en la cerradura. No había trazado plan alguno para salir del apuro en que me habría metido la apertura de la puerta. Sentía una aversión inconciliable a ser descubierto. Así situado, me aferré involuntariamente a la puerta con el propósito de resistir tus esfuerzos por abrirla.
“De repente te retiraste de la puerta. Este comportamiento era inexplicable, pero el alivio que me produjo desapareció rápidamente. Regresaste, y una vez más me vi sumido en la perplejidad. El recurso que se me ocurrió fue precipitado y poco ingenioso. Esforcé mis órganos vocales y te pedí que te detuvieras.
“Que persistieras a pesar de esta admonición fue motivo de asombro. Volví a resistirme a tus esfuerzos; pues, al haber fallado el primer recurso, no sabía a qué otro acudir. En este estado, ¿cómo aumentó mi asombro al escuchar tus exclamaciones!
“Era ya evidente que sabíais que yo estaba dentro. Toda ulterior resistencia era inútil e infructuosa. La puerta se abrió y retrocedí encogido. en pocas ocasiones he sentido más profunda humillación y más dolorosa perplejidad. No consideré que la verdad habría de ser menos perjudicial que cualquier mentira que pudiera urdir apresuradamente.