¿Cómo era posible que un sentimiento como la desesperación me hubiera invadido ahora, y que confiara en la protección del azar o en la piedad de mi perseguidor?
Sus palabras me transmitieron cierta idea del daño que había planeado.
Habló de los obstáculos que le habían salido al paso. Había abandonado su propósito.
Estas fuentes me proporcionaron un consuelo muy escaso. No había seguridad sino en su ausencia.
Cuando me miraba a mí mismo, cuando reflexionaba sobre la hora y el lugar, el horror y el abatimiento me abrumaban.
Él guardaba silencio, pensativo y ajeno a mi situación, aunque no hacía ningún ademán de marcharse.
Yo guardé silencio a mi vez. ¿Qué podía decir?
Estaba convencida de que la razón sería impotente en aquella contienda. Debía fiar mi salvación a sus propias ocurrencias. Cualquiera que fuese el propósito que lo había traído hasta allí, lo había cambiado. ¿Por qué se quedaba entonces? Sus resoluciones podían ser inconstantes, y la pausa de unos pocos minutos devolverle sus propósitos iniciales.
¿Y no era este el hombre a quien habíamos tratado con incansable bondad? ¿Cuya compañía se nos hacía entrañable por su elevación intelectual y sus logros? ¿Quien había hablado mil veces sobre la utilidad y la belleza de la virtud? ¿Por qué se le habría de temer a alguien así? Si hubiera podido olvidar las circunstancias en las que se había desarrollado nuestra entrevista, habría tomado sus palabras como bromas.