Al poco tiempo, prosiguió:
“No me temas: el espacio que nos separa es pequeño, y todo auxilio visible está distante. Crees estar por completo en mi poder; que te hallas al borde de la ruina.
Tales son tus temores infundados. No puedo levantar un dedo para hacerte daño. Más fácil sería detener a la luna en su curso que lastimarte. El poder que te protege desharía mis tendones y me reduciría a un montón de cenizas en un instante, si albergaran un solo pensamiento hostil hacia tu seguridad.
Así se explican al fin las apariencias. Poco esperaba yo que tuvieran su origen aquí. ¡Qué destino te ha sido asignado! Escudriñado por los ojos de esta inteligencia, tu camino carecerá de abismos que te devoren o trampas que te enreden. Circundado por los brazos de esta protección, todas las artimañas serán frustradas y toda malicia repelida.”
Aquí sobrevino una nueva pausa. Yo seguía atento a cada gesto y mirada. La solemne