Cualquier víctima menos esta, y hágase tu voluntad. ¿Acaso no he demostrado suficientemente mi fe y mi obediencia? La que se ha ido, los que han perecido, estaban unidos a mi alma por lazos que solo tu mandato habría roto; pero aquí hay una santidad y una excelencia que superan lo humano. Esta obra es tuya, y no puede ser tu voluntad reducirla a escombros».
Aquí de repente desatando sus manos, se golpeó una de ellas contra la frente, y continuó:—¡Miserable! ¿Quién te hizo perspicaz en los concilios de tu Creador? La liberación de las cadenas mortales le ha sido concedida a este ser, y tú eres el ministro de este decreto.
Diciendo esto, Wieland avanzó hacia mí. Sus palabras y sus movimientos carecían de sentido, a menos que se partiese de una sola suposición. La muerte de Catharine ya le era conocida y ese conocimiento, como era de sospechar, había destruido su razón. Yo no temía otra cosa; pero ahora que contemplaba la extinción de una de las mentes más lúcidas y penetrantes que jamás hayan ennoblecido la forma humana, mis sensaciones estaban cargadas de una angustia nueva e insoportable.
No tuve tiempo de reflexionar de qué manera se vería afectada mi propia seguridad por esta revolución, ni qué debía temer de las desvariadas ideas de un loco.
Se adelantó hacia mí.
La brisa trajo algunos ruidos huecos. A unos clamores confusos les siguieron numerosas pisadas que cruzaban el césped y luego se agolpaban en la galería.
Estos sonidos suspendieron el propósito de mi hermano, y se quedó escuchando. Las señales se multiplicaron y aumentaron de volumen; al percatarse de esto, se apartó de mí y se apresuró a perderse de vista.