cumplido! ¡A él he sacrificado, oh mi Dios!, tu último y mejor don, ¡mi esposa!" «Durante un tiempo me elevé así por encima de la fragilidad. Imaginé que me había puesto para siempre más allá del alcance del egoísmo; mas mis imaginaciones eran falsas. Este rapto disminuyó rápidamente. Miré de nuevo a mi esposa. Mis ebulliciones gozosas se desvanecieron y me pregunté ¿a quién era a quien veía? Me pareció que no podía ser Catharine. No podía ser la mujer que se había alojado durante años en mi corazón; que había dormido, noche a noche, en mi seno; que había llevado en su vientre, que había nutrido en su pecho, a los seres que me llamaban padre; a quienes había vigilado con deleite y acariciado con un cariño siempre nuevo y perpetuamente creciente: no podía ser la misma. «¿Dónde estaba su lozanía? Estos orbes mortales e inundados de sangre apenas se asemejan a la ternura azul y extática de sus ojos. El arroyo lúcido que serpenteaba sobre ese pecho, el fulgor de amor que solía posarse sobre esa mejilla, son muy distintos a estas manchas lívidas y a esta deformidad hedionda. ¡Ay!, estas eran las huellas de la agonía; ¡el apretón del asesino había estado aquí! «No me detendré en mi recaída en la desesperada y escandalosa tristeza. El aliento del cielo que me sostenía fue retirado y me hundí en mero hombre. Salté del suelo; golpeé mi cabeza contra la pared; proferí gritos de horror; anhelé el tormento y el dolor. El fuego eterno y los crujidos del infierno, comparados con lo que sentía, eran música y un lecho de rosas.
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XIX
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