Seis años de felicidad ininterrumpida habían transcurrido desde el matrimonio de mi hermano.
Los rumores de la guerra se habían dejado oír, pero a tal distancia que realzaban nuestro bienestar al brindarnos objetos de comparación. Los indios fueron rechazados por un lado, y el Canadá fue conquistado por el otro. Las revoluciones y las batallas, por muy calamitosas que fueran para quienes ocupaban el escenario, contribuían en cierto modo a nuestra dicha al agitar nuestras mentes con la curiosidad y proporcionar motivos de exaltación patriótica.
Cuatro niños, tres de los cuales tenían la edad suficiente para compensar con sus progresos físicos e intelectuales los desvelos de los que habían sido objeto en una época más indefensa, ejercían la ternura de mi hermano. El cuarto era un tierno bebé que prometía reflejar la imagen de su madre y gozaba de perfecta salud.
A ellos se sumaba una dulce muchacha de catorce años, a quien todos amábamos con un afecto más que paternal.
La historia de su madre era luctuosa. Había llegado aquí desde Inglaterra cuando esta niña era un infante, sola, sin amigos y sin dinero. Parecía haberse embarcado de manera apresurada y clandestina. Pasó tres años de soledad y angustia bajo la protección de mi tía, y murió mártir del dolor, cuyo origen no se le pudo arrancar, por más que se le suplicó que lo revelara. Su educación y sus modales denotaban que no era de cuna humilde. Sus últimos momentos se vieron serenados por las garantías que recibió de mi tía de que su hija recibiría la misma protección que se le