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XVIII

En este estado de cosas se anunció la llegada de mi tío y su propósito de visitarme. Casi me estremecí al contemplar el rostro de este hombre. Al reflexionar sobre los desastres que nos habían sobrevenido, sentía una profunda aversión ante la idea de presenciar el abatimiento y el dolor que se revelarían en su semblante. Pero creía que todos los acontecimientos le habían sido revelados por completo, y confiaba en mi insistencia para arrancarle el conocimiento que buscaba.

No me cabía la menor duda acerca de la identidad de nuestro enemigo; pero los motivos que le impulsaban a perpetrar tales horrores, los medios de que se valía y su situación actual eran un misterio absoluto.

Era lógico esperar alguna información al respecto por parte de mi tío. Por consiguiente, aguardué su llegada con impaciencia. Por fin, al atardecer y en la soledad de mi habitación, tuvo lugar dicho encuentro.

Este hombre era nuestro pariente más cercano, y siempre nos había tratado con el afecto de un padre. Nuestro encuentro, por lo tanto, no pudo transcurrir sin una ternura desbordante y una alegría sombría. Él alentó más bien que reprimió las lágrimas que derramé en sus brazos, y asumió la tarea de consolador.

Las alusiones a los recientes desastres no tardaron en surgir. Un tema facilitó la admisión de otro.

Por fin, mencioné y lamenté la ignorancia en la que se me había mantenido respecto al destino de mi hermano y a las circunstancias de nuestras desgracias. Le supliqué que me dijera cuál era la condición de Wieland y qué progresos se habían hecho para descubrir o castigar al autor de esta devastación sin precedentes.

—¿El autor? —dijo—; ¿Conoces al autor?

—¡Ay de mí! —respondí—, lo conozco demasiado bien. La historia de los motivos de mis sospechas sería dolorosa y demasiado larga. No

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