¡Qué historia se había desenmarañado de este modo!
¡Era acosado hasta la muerte, no por alguien a quien mi mala conducta hubiera exasperado, que fuera consciente de motivos ilícitos y que buscara su fin mediante la astucia y la sorpresa; sino por alguien que se consideraba comisionado para este acto por el cielo; que consideraba esta carrera de horror como el súmmum de la virtud; cuya implacabilidad era proporcional a la reverencia y al amor que sentía por mí, ¡y que era inaccesible al miedo al castigo y a la ignominia!
En vano me esforzaría por detener su mano alegando los derechos de una hermana o de una amiga: esas eran sus únicas razones para buscar mi destrucción. De haber sido una extraña a su sangre; de haber sido la más vil de la especie humana, mi seguridad no habría corrido peligro.
Ciertamente, dije, mi sino no tiene precedente. El furor del que se acusa a mi hermano debe pertenecerme a mí. Mi enemigo está encadenado y vigilado, mas no obtengo seguridad alguna de estas restricciones.
No vivo en una comunidad de salvajes; sin embargo, ya me siente o camine, vaya entre multitudes o me oculte en la soledad, mi vida está señalada como presa de una violencia inhumana; ¡estoy en perpetuo peligro de perecer; de perecer bajo las garras de un hermano!
Recordé los presagios de este destino; recordé el abismo al que la invitación de mi hermano me había conducido; recordé que, al borde del peligro, el autor de mi peligro fue retratado por mis temores bajo su forma: ¡Así hechas realidad, estaban las criaturas del sueño profético y del terror vigilante!
Estas imágenes se relacionaban inevitablemente con la de Carwin. En este paroxismo de angustia, mi atención se aferró a él como el gran impostor; el autor de esta negra conspiración; la inteligencia que gobernaba en esta tormenta.