enmudeció; todas las funciones de la naturaleza se detuvieron y caí al suelo sin vida. El ruido de mi caída, según supe después, alarmó a mi tío, que se encontraba en una planta baja y cuyos temores lo habían retenido. Se apresuró a llegar a mi aposento y me prestó la asistencia que mi estado requería. Cuando abrí los ojos lo contemplé ante mí. Su talento como razonador, así como de médico, se empleó en contrarrestar los efectos nocivos de esta revelación; pero había calculado mal la fuerza de mi cuerpo o de mi mente. Este nuevo golpe me llevó una vez más al borde de la tumba, y mi enfermedad fue mucho más difícil de dominar que al principio.
No me detendré en la larga serie de sensaciones lúgubres y en la horrible confusión de mi entendimiento.
El tiempo restituyó lentamente la firmeza habitual a mi cuerpo y el orden a mis pensamientos. Las imágenes impresas en mi mente por este funesto escrito se borraron un tanto a causa de mi enfermedad. Eran oscuras y desconectadas como las partes de un sueño.
Yo deseaba liberar mi imaginación de este caos. Con este fin interrogué a mi tío, que era mi constante compañero. Él estaba intimidado por el resultado de su primer experimento y se esmeraba en eludir o desalentar mis preguntas. Mi impetuosidad lo obligaba a veces a recurrir a tergiversaciones y falsedades.
El tiempo logró ese fin, tal vez, de una manera más beneficiosa. En el transcurso de mis meditaciones, los recuerdos del pasado se volvieron gradualmente más nítidos. Los rumié, sin embargo, en silencio, y como ya no venían acompañados de sorpresa, no ejercieron un poder mortífero.