Me despertó de este estupor un ruido que evidentemente provenía de la habitación contigua. ¿Era posible que me hubiera equivocado respecto a la figura que había visto en la orilla? ¿O Carwin, por medios inescrutables, había penetrado una vez más en esta estancia? La puerta de opuesto lado se abrió; se oyeron pasos, y la persona, avanzando hacia la mía, llamó a la puerta.
Un incidente tan inesperado me privó de toda presencia de ánimo y, levantándome, exclamé involuntariamente: «¿Quién está ahí?». La respuesta no se hizo esperar. La voz, para mi inexpresable asombro, era la de Pleyel.
“Soy yo. ¿Te has levantado? Si no lo has hecho, date prisa; quiero hablar contigo tres minutos en el salón; te esperaré allí”.
Diciendo esto, se retiró de la puerta.
¿Debo fiarme del testimonio de mis oídos? Si eso fuera cierto, era Pleyel quien hasta entonces había estado confinado en la habitación de enfrente: ¡él a quien mi apesadumbrada fantasía había pintado con tantas formas ruinosas y macabras; él cuyos pasos había escuchado con tanta inquietud!
¡Qué es el hombre, para que el conocimiento le sea otorgado con tanta tacañería! ¡Para que su corazón sea estrujado por la angustia y su cuerpo quede extenuado por el miedo, a pesar de que su seguridad esté rodeada de murallas inexpugnables!
¡Cuáles son los límites de la imbecilidad humana! Aquel que me advirtió de la presencia de mi enemigo me negó el aviso con el que se habrían evitado tantos temores torturadores.