No enumeraré las diversas indagaciones y conjeturas que estos incidentes suscitaron. Tras todos nuestros esfuerzos, no estuvimos más cerca de disipar la niebla en la que se hallaban envueltos; y el tiempo, en lugar de facilitar una solución, no hizo más que acumular nuestras dudas.
En medio de los pensamientos suscitados por estos acontecimientos, no olvidé mi encuentro con el forastero. Relaté los pormenores y mostré el retrato a mis amigos. Pleyel recordó haber visto a una figura semejante a mi descripción en la ciudad; pero ni su rostro ni su atuendo le causaron la misma impresión que a mí.
Fue un pretexto para burlarse de mis debilidades y divertirnos con mil anécdotas extravagantes que había recopilado en sus viajes. No tuvo reparo en acusarme de estar enamorada; y amenazó con informarle al zagal, cuando lo encontrara, de su buena fortuna.
El carácter de Pleyel era reacio a recibir impresiones duraderas. Su conversación se veía visitada en ocasiones por destellos de su antigua vivacidad; pero, aunque su impetuosidad resultaba a veces incómoda, no había nada que temer de su malicia.
No temía que mi reputación o mi dignidad sufrieran por su causa, y no me disgustó del todo cuando declaró su intención de aprovechar su primer encuentro con el desconocido para presentárnoslo.
Algunas semanas después de esto había pasado un día laborioso y, al declinar el sol, me dispuse a buscar alivio en un paseo. La orilla del río es, en esta parte de ella, y durante un trecho considerable hacia arriba, tan accidentada y escarpada que no resulta fácil