El ruego tan honroso para mí de ser el conferenciante de Herbert Spencer de este año despertó una multitud de vívidos recuerdos.
La fuerte personalidad de Spencer, su completa devoción a una tarea autoimpuesta y de por vida, junto con raros destellos de ternura visibles en medio de un páramo de pensamiento abstracto, han dejado una impresión única en mi mente que los años no logran debilitar.
No me propongo hablar de sus escritos; ya han sido comentados ampliamente en otros lugares, pero deseo reconocer mi deuda personal con él, que es grande. Consiste en lo que obtuve gracias a su disposición para debatir cualquier idea que en ese momento me entusiasmara, con rápida simpatía y aguda crítica. Era su costumbre pasar una hora o dos de descanso durante muchas tardes en la antigua sala de fumadores del Athenaeum Club, y entrar paseando en un compartimento contiguo para jugar una partida de billar cuando la mesa estaba libre. Día tras día, en aquellas tardes, disfruté de breves charlas con él, que a menudo resultaban de un interés excepcional para mí. Todo ese género de consuelo y placer desapareció de mi vida hace mucho tiempo. Entre las muchas cosas de las que nos priva la edad, pocas lamento más que la pérdida de los contemporáneos. Cuando era joven me sentía tímido en presencia de mis mayores, debido en parte a la sensación de que las ideas de los jóvenes no pueden estar en completa sintonía con las de los ancianos. Ahora que yo mismo soy viejo,