En él enfaticé la hermandad esencial de la humanidad, siendo la herencia para mi modo de ver algo muy real; asimismo, la creencia de que hemos nacido para actuar, y no para esperar ayuda como holgazanes capaces de trabajar, que gimotean pidiendo limosnas. Los individuos se me aparecen como destacamentos finitos de un océano infinito del ser, dotados temporalmente de poderes ejecutivos. Esta es la única respuesta que puedo darme a mí mismo en respuesta a las preguntas perpetuamente recurrentes de «¿Por qué?, ¿de dónde? y ¿hacia dónde?». El «¿hacia dónde?» inmediato no parece totalmente oscuro, ya que se puede extraer cierta información sobre la dirección en la que la Naturaleza, hasta donde la conocemos, está avanzando ahora; a saber: hacia la evolución de la mente, el cuerpo y el carácter en una energía y coadaptación crecientes.
A menudo me he preguntado por qué el poema de Hyperion, de Keats —ese magnífico torso de una obra inacabada— no ha sido colocado en la vanguardia misma de las especulaciones pasadas sobre la evolución. Keats es tan radical que hace que las Divinidades mismas sean su producto. Los dioses más tempranos, como Celus, nacido del Caos, son entidades vagas; ellos engendran a Saturno, Océano, Hyperion y la prole de los titanes, quienes los reemplazan. Estos, a su vez, son desalojados del dominio por su propia descendencia, los dioses olímpicos. Un avance notable se produce en cada etapa sucesiva en la cualidad de las Divinidades. Cuando Hyperion, recientemente aterrorizado por los signos de un derrocamiento inminente, yace postrado sobre la tierra «su antigua madre, en busca de algún consuelo aún», la voz de Celus desde el espacio universal, así «susurró baja y solemnemente a su oído... mas lucha tú, pues eres capaz... mi vida es solo la vida de los vientos y las mareas, no más que los vientos y las mareas puedo prevalecer, pero tú puedes».