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Capítulo X: Los signos premonitorios del colapso en el Viejo Imperio

LOS SIGNOS PREMONITORIOS DEL COLAPSO EN EL

VIEJO IMPERIO

EL golpe que sufren el Reich y la nación alemana es tan pesado que parecen haber perdido toda capacidad de sentimiento o reflexión, como si estuvieran presos del vértigo.

Apenas es posible recordar las cumbres pasadas, tan oníricas e irreales parecen la grandeza y la gloria de aquellos tiempos en comparación con la miseria actual; lo que explica que los hombres se dejen cegar demasiado fácilmente por la grandeza y olviden buscar los signos premonitorios del gran colapso que, sin embargo, debieron de estar presentes de alguna forma.

Estos signos estaban visiblemente presentes, aunque muy pocos intentaron extraer de ellos ninguna enseñanza definitiva.

Esto es necesario hoy más que nunca.

La mayoría de los recién llegados a Alemania reconocen hoy el derrumbe alemán meramente por la pobreza económica general y sus resultados.

Casi todo el mundo se ve afectado personalmente por él; una razón excelente para que cada individuo tome conciencia de la catástrofe.

El pueblo en su conjunto relaciona el colapso con cuestiones políticas, culturales o morales. A muchos les falta tanto la sensibilidad como la comprensión para ello.

Que esto sea así entre las masas está fuera de discusión; pero el hecho de que los sectores inteligentes de la comunidad consideren el colapso ante todo como una «catástrofe económica» y piensen que la recuperación debe venir por el lado de la economía es una de las razones por las cuales, hasta ahora, no ha sido posible encontrar una cura.

No será hasta que se comprenda que la economía solo puede ocupar un segundo, o incluso un tercer lugar, y que los factores de la ética y la raza deben ir primero, cuando se logre comprender las causas del malestar actual, o se abra la posibilidad de descubrir los medios y métodos para curarlo.

La razón más sencilla, y por lo tanto la más comúnmente creída, de nuestras desgracias es que la pérdida de la guerra fue la causa de la podredumbre actual.

Probablemente hay muchos que creen sinceramente en esta tontería, pero hay muchos más en cuyos labios semejante argumento es una mentira consciente. Esto último se aplica a todos aquellos que se agolpan alrededor del pesebre gubernamental.

¿No declararon acaso los apóstoles de la reconciliación mundial que la derrota alemana simplemente destruía un militarismo? ¿Que el pueblo alemán se regocijaría en su gloriosa resurrección? Pues, ¿no fue introducida toda la Revolución con la frase de que por ella se le negaba la victoria al estandarte alemán, pero que solo por ella la nación alemana alcanzaría plenamente la libertad en el interior y en el extranjero? ¿No fue así, bribones mentirosos?

Es característico de la auténtica impudencia judía que la derrota militar se atribuya ahora como la causa del colapso, ¡mientras que el órgano central de toda traición, el Vorwärts de Berlín, escribió que esta vez no se le debía permitir al pueblo alemán traer sus banderas de regreso a casa en la victoria! ¿Se va a tomar esto ahora como la causa de nuestro colapso?

La respuesta a la afirmación de que la pérdida de la guerra es la causa puede responderse de la siguiente manera :

Naturalmente, la pérdida de la guerra tuvo un efecto terrible en el destino de nuestro país, pero no fue una causa, sino el resultado de causas. Todas las personas inteligentes y bien intencionadas saben muy bien que un final infeliz para esa lucha a muerte tenía que conducir a resultados desastrosos. Pero hubo gente, por desgracia, cuyas facultades de razonamiento parecieron fallarles en el momento oportuno, o que, aun sabiendo la verdad, lucharon contra ella y la negaron. Son ellos realmente los culpables del colapso, y no la pérdida de la guerra, como io4 MI LUCHA ahora de repente deciden sostener. Pues la pérdida de la guerra fue meramente el resultado de su actuación y no, como afirman ahora, debida a un «mal liderazgo». El enemigo no estaba compuesto de cobardes, ellos también sabían morir; desde el primer día fueron más numerosos que el ejército alemán y, para sus armamentos técnicos, tuvieron al mundo entero a su servicio; y sin embargo, no podemos eludir el hecho de que las victorias alemanas, que continuaron a lo largo de cuatro años de dura lucha contra el mundo entero, se debieron, aparte de todo el heroísmo y la excelente organización, únicamente a un liderazgo consumado. La organización y el liderazgo del ejército alemán fueron los más grandes que el mundo ha visto jamás. Los fallos radicaron en las limitaciones de las facultades de resistencia humanas.

El colapso de aquel Ejército no fue la causa de nuestras actuales desgracias, sino meramente la consecuencia de otros crímenes, uno de los cuales dio paso a un nuevo colapso, y esta vez uno evidente.

¿Son las naciones, de hecho, arruinadas alguna vez por la pérdida de una guerra, y solo por eso?

Esto se puede responder muy brevemente.

Siempre ocurre así, si la derrota militar de la nación se ha debido a la pereza, la cobardía, la falta de carácter, en suma, a la indignidad por parte de esa nación.

Si no es así, la derrota militar se convertirá en un acicate para una mayor recuperación en el futuro, y no en la lápida de la nación.

La historia proporciona innumerables ejemplos para demostrar la veracidad de esta afirmación.

La derrota militar de Alemania fue, ¡ay!, no una catástrofe inmerecida, sino un castigo merecido de retribución eterna. La derrota fue más que merecida por nosotros.

Si el frente, abandonado a su suerte, se hubiera realmente desmoronado, y si el desastre nacional se hubiera debido verdaderamente al fracaso, la nación alemana habría aceptado la derrota con un espíritu muy diferente. Habría soportado la desgracia subsiguiente con los dientes apretados, o se habría visto abrumada por el dolor. La rabia y la furia habrían llenado sus corazones contra las jugarretas del destino o contra el enemigo a quien la suerte había dado la victoria. No habría habido ni alegría ni bailes, la cobardía no se habría henchido de orgullo ni habría glorificado la derrota, las tropas combatientes no habrían sido objeto de burla ni sus banderas arrastradas por el fango; pero, sobre todo, no se habría producido jamás ese vergonzoso estado de cosas que indujo a un oficial británico, el coronel Repington, a proclamar con desprecio: «Cada tres alemanes hay un traidor».

No—el colapso militar fue en sí mismo solo la consecuencia de una serie de manifestaciones malsanas y de aquellos que las promovieron; ya venían infectando a la nación en tiempos de paz.

La derrota fue el primer resultado catastrófico visible de un envenenamiento moral, de un debilitamiento de la voluntad de autoconservación y de doctrinas que habían comenzado muchos años antes a socavar los cimientos de la nación y del Reich.

Era natural que todo el abyecto espíritu mentiroso del judaísmo y la organización de combate del marxismo se cuidaran de cargar con la responsabilidad directa del desastre precisamente al hombre que, él solo, intentó con voluntad y energía sobrehumanas apartar la catástrofe que había previsto y salvar a la nación de un período de profundo dolor y humillación.

Al achacar a Ludendorff la responsabilidad de la pérdida de la Guerra Mundial, arrebataron el arma de la justificación moral de las manos del único adversario lo suficientemente peligroso como para tener probabilidades de llevar ante la justicia a los traidores de la Patria.

Casi podemos considerar como una gran fortuna para la nación alemana que el período de enfermedad latente haya llegado a su punto crítico y fuera contenido de manera tan repentina en aquella terrible catástrofe; pues si las cosas hubiesen sucedido de otro modo, la nación se habría encaminado hacia la ruina, tal vez más lentamente, pero también con mayor seguridad.

La enfermedad se habría vuelto crónica, mientras que, bajo la forma aguda del desastre, al menos se hizo clara y evidente ante los ojos de un número considerable de observadores.

No fue por accidente que los hombres vencieron a la peste más fácilmente que a la tuberculosis. La primera se presenta en aterradoras olas de muerte y sacude a la humanidad, la otra avanza lentamente; la primera inspira terror, la segunda, indiferencia gradual.

El resultado es que los hombres combaten la primera con toda su energía, mientras intentan detener el consumo con métodos débiles. Así, los hombres vencieron a la peste, pero la tuberculosis vence a los hombres. Lo mismo se aplica a las enfermedades del cuerpo político.

En la larga paz de los años de antes de la guerra aparecieron ciertos males que fueron reconocidos como tales, aunque no se prestó prácticamente ninguna atención a las causas que los originaban —con ciertas excepciones.

Estas excepciones fueron, ante todo, los fenómenos en la vida económica de la nación, que afectaron a los individuos de manera más aguda que los males que aparecían en muchas otras direcciones.

Había muchos indicios de decadencia que debieran haber inducido a una seria reflexión.

El asombroso aumento de la población de Alemania antes de la guerra situó la cuestión de proporcionar el alimento esencial en un lugar cada vez más prominente en todo el pensamiento y la acción política y económica.

Pero, por desgracia, no pudieron decidirse a ir directamente a la única solución correcta, pues imaginaban que podían alcanzar su objetivo mediante métodos más baratos.

La renuncia a la idea de adquirir nuevo territorio y su sustitución por la manía de la conquista económica tenía que conducir al final a una industrialización ilimitada y perjudicial.

El primer y más fatal resultado fue el debilitamiento de la clase agrícola, que esto trajo consigo. A medida que esta clase decaía, el proletariado se aglomeraba en las grandes ciudades, crecía en número, hasta que finalmente el equilibrio se perdió por completo.

La violenta brecha entre ricos y pobres se volvió entonces prominente. La superfluidad y la miseria vivían tan cerca la una de la otra que las consecuencias tenían que ser deplorables. La pobreza y el gran desempleo empezaron estragos en el pueblo y dejaron tras de sí descontento y amargura.

Hubo fenómenos aún peores implicados en la industrialización de la nación.

Junto con el establecimiento definitivo del Comercio como dueña del Estado, el dinero se convirtió en un dios, al que todos debían servir y ante el cual todo el mundo tenía que inclinarse.

Comenzó un periodo de desmoralización, especialmente malo porque se instauró en un momento en que la nación necesitaba más que nunca la inspiración heroica del más alto orden, en una hora en que el peligro la amenazaba supuestamente.

Alemania debió haberse estado preparando para respaldar con la espada su esfuerzo por asegurar su pan de cada día mediante «labores económicas pacíficas».

Desgraciadamente, la dominación del dinero recibió la sanción precisamente en el sector que debería haberse mostrado más opuesto a ella. Fue una inspiración particularmente desafortunada cuando Su Majestad indujo a la nobleza a entrar en el círculo de las nuevas finanzas. Debe admitirse como excusa para él que ni siquiera Bismarck se dio cuenta del peligro, pero en la práctica esto relegó las virtudes ideales a un segundo plano frente a la del dinero, pues era evidente que, una vez tomada esa senda, la nobleza de la espada pronto tendría que ocupar un lugar secundario frente a la de las finanzas.

Antes de la guerra, la internacionalización de los negocios alemanes ya estaba en marcha, transitando por los senderos secundarios de la emisión de acciones.

Un sector de la industria alemana hizo ciertamente un intento decidido por evitar el peligro, pero al final cayó víctima de los ataques combinados del capital codicioso, ayudado en gran medida por sus fieles amigos, el movimiento marxista.

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MI LUCHA

La guerra persistente contra las «industrias pesadas» de Alemania fue el comienzo visible de la internacionalización que se venía persiguiendo con la ayuda del marxismo, y la única forma posible de completar la obra era mediante la victoria del marxismo en la Revolución.

Mientras escribo estas palabras, el ataque general contra los Ferrocarriles del Estado alemán, que van a ser entregados a los capitalistas internacionales, corona con éxito. Así la Socialdemocracia «Internacional» ha alcanzado una vez más uno de sus objetivos principales.

La mejor prueba del éxito del proceso de industrialización en Alemania es el hecho de que, al terminar la guerra, uno de los líderes de la industria y el comercio alemanes pudo afirmar que el comercio era la única fuerza capaz de poner a Alemania en pie de nuevo.

Estas palabras, pronunciadas por Stinnes, causaron una confusión increíble; pero fueron retomadas y se han convertido con sorprendente rapidez en el lema de todos los charlatanes y embaucadores que, bajo la apariencia de «estadistas», han estado dilapidando las fortunas de Alemania desde la Revolución.

Una de las peores evidencias de la decadencia en Alemania antes de la Guerra fue la tibieza universal que se manifestaba cada vez más en todo lo que se emprendía. Es siempre el resultado de la incertidumbre de un hombre acerca de una cosa, y de la pusilanimidad que surge de esa y de otras causas. El sistema educativo fue la causa de este defecto.

Había un gran número de puntos débiles en la educación alemana antes de la guerra. Estaba concebida según un sistema unilateral orientado a la mera adquisición de conocimientos y muy poco a producir capacidad práctica. Menos valor aún se le concedía a la formación del carácter, muy poco al fomento del placer por la responsabilidad, y ninguno en absoluto al cultivo de la fuerza de voluntad y de la capacidad de decisión. El resultado de esto no fue el hombre fuerte, sino más bien el poseedor flexible de muchos conocimientos; y eso era lo que los alemanes éramos considerados universalmente antes de la guerra y por lo que gozábamos de aprecio. El alemán era apreciado porque era un hombre útil, pero debido a la debilidad de su fuerza de voluntad era poco respetado. Había una buena razón para que renunciara a su nacionalidad y a su patria más fácilmente que casi cualquier otra nación. Ese bello refrán: «Con el sombrero en la mano se puede ir por todo el mundo», lo describe a la perfección.

Esta ductilidad se volvió desastrosa cuando rigió la forma bajo la cual únicamente se podía abordar al Monarca. Dicha forma no toleraba réplica alguna, sino conformidad con todo aquello que Su Majestad tuviera a bien ordenar. Y, sin embargo, era precisamente en ese ámbito donde más falta hacía la dignidad de un hombre libre; de lo contrario, semejante pleitesía estaba destinada a ser un día la ruina de la Monarquía.

Esto es bastante bueno para los aduladores de profesión, pero todos los hombres de bien —y los mejores hombres del Estado siguen siéndolo— solo sentirán repulsión cuando se defienda semejante sinsentido.

Para ellos la historia es la historia y la verdad es la verdad, incluso cuando se trata de un Monarca.

No, la felicidad de poseer a un gran hombre y a un gran Monarca combinados es tan rara vez la suerte de las naciones que estas tienen que conformarse con que un destino cruel al menos las libre de un desastre terrible.

Así, la virtud y la importancia de la idea monárquica no pueden residir esencialmente en la persona del Monarca, a menos que el Cielo se digne colocar la corona sobre la frente de un héroe brillante como Federico el Grande, o de un personaje sabio como Guillermo I. Esto puede ocurrir una vez cada varios siglos —con dificultad más a menudo.

De otro modo, la concepción prevalece sobre la persona, y su importancia tiene que descansar exclusiva e intrínsecamente en la institución, y el propio Monarca entra en el círculo de aquellos que la sirven.

Un resultado de la educación desacertada fue el temor a I IO MY STRUGGLE asumir responsabilidades y la consiguiente debilidad en el manejo de los problemas esenciales.

Elegiré unos cuantos casos de la masa de ejemplos que acuden a mi mente.

En los círculos periodísticos es costumbre describir a la Prensa como un «Gran Poder» dentro del Estado. Es verdad que su importancia es en realidad inmensa. Apenas es posible sobreestimarla; lo que hace es en verdad continuar la educación hasta una edad avanzada.

Constituye un interés esencial del Estado y de la nación velar por que el pueblo no caiga en manos de maestros malos, ignorantes o francamente malintencionados.

Es deber del Estado, por lo tanto, vigilar la educación del pueblo e impedir que tome una dirección equivocada, y debe vigilar lo que hace la Prensa, en particular, pues su influencia en los hombres es con mucho la más fuerte y penetrante de todas, ya que su acción no es transitoria sino continua.

  • Su inmensa importancia radica en la repetición uniforme y persistente de sus enseñanzas.

Aquí, si en alguna parte, es deber del Estado no olvidar que cualquier cosa que haga debe estar dirigida a un solo fin, y a uno solo; no debe dejarse extraviar por el fuego fatuo de la llamada «libertad de prensa», ni dejarse persuadir de que debe descuidar sus deberes y retener el alimento que la nación necesita para mantenerse sana.

Debe mantener el control de ese instrumento de educación popular con absoluta determinación y ponerlo al servicio del Estado y de la nación.

Lo que la llamada Prensa Liberal hizo antes de la Guerra fue cavar una tumba para la nación alemana y el Reich alemán. No necesitamos decir nada sobre los periódicos marxistas mentirosos; para ellos, mentir es tan necesario para la vida como maullar para un gato. Su único objetivo es quebrantar los poderes de resistencia nacionales y populares, para prepararlos para la esclavitud del capital internacional y de sus amos, los judíos.

¿Qué hizo el Estado para contrarrestar este envenenamiento generalizado de la nación? ¡Nada, absolutamente nada!

Unas pocas advertencias débiles, un par de multas por infracciones demasiado flagrantes como para pasarlas por alto, y eso fue todo.

La defensa que en aquellos días oponía el Gobierno a la prensa —controlada principalmente por judíos—, que estaba corrompiendo lentamente a la nación, no seguía una línea definida ni tenía determinación; pero, peor que todo, carecía de un objetivo fijo. La inteligencia de los funcionarios pasó por alto por completo el quid de la cuestión, tanto al estimar la importancia de la lucha, como en la elección de los métodos y el establecimiento de un plan preciso. Se dedicaron a remendar; de vez en cuando, si se veían demasiado acosados, aturdían a alguna víbora periodística durante unas pocas semanas, o incluso meses, pero siempre dejaban que el nido de serpientes continuara en paz como antes.

Para los lectores superficiales y de educación imperfecta, el Frankfurter Zeitung es la quintaesencia de la respetabilidad. Nunca utiliza expresiones groseras, reniega de la fuerza bruta y escribe siempre a favor de luchar con armas «intelectuales», lo cual atrae, curiosamente, a la gente menos intelectual.

Pero es precisamente para nuestras clases semiintelectuales para quienes el judío escribe en su llamada «prensa de la Intelligenzia». El tono del Frankfurter Zeitung y del Berliner Tageblatt está destinado a atraerlas, y son ellas las que resultan influenciadas por dichos periódicos.

Mientras evitan cuidadosamente toda grosería en el lenguaje, utilizan otros medios para verter el veneno en los corazones de sus lectores. Mediante una amalgama de expresiones encantadoras, adormecen a sus lectores haciéndoles creer que el conocimiento puro y la verdad moral son la fuerza motriz de sus acciones, cuando en realidad se trata de un ardid astuto para robar un arma que sus oponentes podrían utilizar contra la prensa.

La disposición a conformarse con medias medidas es el signo externo de una decadencia interna, y un colapso nacional es seguro que seguirá tarde o temprano.

Creo que nuestra generación actual, si es debidamente conducida, I 12 MI LUCHA dominará este peligro con mayor facilidad. Ha tenido ciertas experiencias destinadas a templar los nervios de cualquiera que no haya comprendido totalmente el significado de ellas.

Cierto es que tarde o temprano el judío clamará con fuerza en sus periódicos, una vez que se ponga mano en su amado nido poniendo fin al vergonzoso uso de la Prensa, y una vez que ese instrumento de educación sea puesto al servicio del Estado y no se deje por más tiempo en manos de extranjeros y enemigos de la nación; creo que para nosotros los más jóvenes será una carga menor de lo que fue para nuestros padres.

Una granada de treinta centímetros siempre silba más fuerte que mil víboras de la prensa judía —¡así que dejadlas silbar!

Toda la educación debe diseñarse de modo que ocupe el tiempo libre de un muchacho en el cultivo provechoso de su cuerpo.

No tiene derecho durante esos años a holgazanear ociosamente y armar alborotos en las calles y los cines, sino que, una vez terminada su jornada de trabajo, debe endurecer su joven cuerpo para que la vida no lo encuentre blando cuando entre en ella.

Prepararse para esto y llevarlo a cabo es la función de la educación juvenil, y no meramente meter a la fuerza conocimientos llamados tales.

Debe deshacerse de la noción de que el manejo del cuerpo es asunto exclusivo del individuo. Nadie debe ser libre de pecar a expensas de la posteridad, es decir, de la raza.

La lucha contra el envenenamiento del alma debe librarse en compañía del cultivo del cuerpo.

Hoy en día toda nuestra vida pública es como un invernadero de ideas y atracciones sexuales. Miren el menú que ofrecen los cines, los teatros y los espectáculos de variedades, y difícilmente podrán negar que este no es el alimento adecuado, especialmente para la juventud.

Los vallas publicitarias y los quioscos de anuncios se unifican para llamar la atención del público de las formas más vulgares. Cualquiera que no haya perdido la capacidad de adentrarse en las almas de los jóvenes comprenderá que esto debe conducir a su gravísimo perjuicio.

MI LUCHA IX3

La vida del pueblo debe ser liberada del perfume asfixiante de nuestro erotismo moderno, así como de la negativa cobarde y melindrosa a afrontar los hechos.

En todas estas cuestiones, el objetivo y el método deben regirse por el pensamiento de preservar la salud de nuestra nación, tanto en el cuerpo como en el alma. El derecho a la libertad personal ocupa un lugar secundario en importancia frente al deber de mantener la raza.

Una insalubridad similar era observable en casi todos los ámbitos del arte y de la Kultur. Era una triste señal de nuestra decadencia interna que fuera imposible permitir que los jóvenes visitaran la mayoría de los llamados «hogares del arte»

(Kunststätte), considerando lo que se exponía descaradamente a la vista del público con la advertencia —universal en los Panoptica— de «Solo para adultos».

Pensar que tales medidas de precaución sean necesarias en los mismísimos lugares que deberían ser los primeros en proporcionar material para formar a la juventud, ¡y no para divertir a sus hastiados mayores!

¿Qué habrían dicho los grandes dramaturgos de todos los tiempos ante semejante advertencia y ante la causa que la hizo necesaria?

Imaginad la indignación de Schiller; ¡cómo se habría apartado Goethe de ella con furia!

Pero, en verdad, ¿qué son Schiller, Goethe o Shakespeare en comparación con los héroes de la nueva poesía alemana? Desgastados y obsoletos, totalmente passe. Pues es característico de este período no solo que no produzcan más que inmundicia, sino que, además, arrojan lodo sobre todo lo que fue verdaderamente grande en el pasado.

Así, el lado más triste de la condición de nuestra Kultur nacional en el período anterior a la Guerra no era meramente la impotencia absoluta de nuestro poder creativo en el arte y la cultura general, sino también el espíritu de odio con el que se mancillaba y borraba el recuerdo de un pasado más grande.

En casi todos los dominios del arte, particularmente en el teatro y la literatura, justo en el cambio de siglo, produjeron cada vez menos cualquier cosa nueva de importancia, al tiempo que menospreciaban la mejor época y la tildaban de inferior y obsoleta; como si esta época actual pudiera conquistar jamás parte alguna de su vergonzosa inferioridad.

Un estudio de las condiciones religiosas antes de la Guerra mostrará cómo todo llegó a un estado de desintegración.

Aun en este ámbito, grandes sectores de la nación habían perdido por completo toda convicción sólida y de miras amplias.

En esto, quienes discrepaban abierta y oficialmente de la Iglesia desempeñaron un papel menor que aquellos que simplemente se mostraban indiferentes.

Ambas confesiones mantienen misiones en Asia y África con el fin de atraer nuevos adeptos a sus doctrinas —una aspiración que arroja resultados muy modestos en comparación con los progresos de la fe mahometana—, mientras que en Europa pierden continuamente millones y millones de adeptos genuinos, que o bien se han apartado por completo de la vida religiosa o simplemente siguen su propio camino.

Las consecuencias, desde el punto de vista moral, distan mucho de ser buenas.

Hay muchos signos de una lucha, que cada día aumenta en violencia, contra los principios dogmáticos de las diversas Iglesias, sin los cuales, en la práctica, la creencia religiosa es concebible en este mundo de la humanidad.

La masa general de una nación no está compuesta por filósofos; para ella, la fe es en gran medida la única base para una visión moral de la vida.

Los diversos intentos por encontrar sustitutos no han demostrado ser tan adecuados o exitosos como para constituir manifiestamente un buen intercambio por las anteriores confesiones religiosas.

Si la doctrina y la fe religiosas logran verdaderamente arraigar en la masa del pueblo, la autoridad absoluta de esa fe es entonces la base entera de su eficacia.

Lo que la costumbre ordinaria es entonces para la vida general —y sin ella miles de hombres de cultura superior vivirían sin duda de manera razonable y exitosa, pero millones de otros no—, la Ley lo es para el Estado, y el dogma lo es para la religión ordinaria.

Éste, y sólo él, puede derrotar la inestable, perpetuamente controvertida, MI LUCHA 1*5 concepción intelectual y moldearla en una forma sin la cual la fe jamás podría existir. En el otro caso, la concepción de una visión metafísica de la vida —en otras palabras, la opinión filosófica— nunca habría podido surgir de ella.

El ataque contra el dogma es en sí mismo, por lo tanto, muy semejante a la lucha contra los principios jurídicos generales del Estado, y así como esta última terminaría en una completa anarquía estatal, el primero terminaría en un nihilismo religioso sin esperanza.

Un político, sin embargo, debe estimar el valor de una religión, no tanto en relación con los defectos inherentes a ella, cuanto en relación con las ventajas de un sustituto que pueda ser manifiestamente mejor.

Pero hasta que aparezca tal sustituto, solo los necios y los criminales destruirán lo que hay en el acto.

El hecho de que muchas personas en la Alemania de antes de la guerra sintieran aversión por la vida religiosa debe atribuirse al mal uso que del cristianismo hizo el llamado partido «cristiano», y a la desvergüenza del intento de identificar la fe católica con un partido político.

Esta aberración fatal brindó oportunidades a varios miembros inservibles del Parlamento, pero causó perjuicio a la Iglesia.

Pero era la nación entera la que tenía que cargar con las consecuencias, dado que los resultados que trajo consigo al debilitar la vida religiosa coincidieron con un período en el que todo empezaba a aflojarse y cambiar, y los principios tradicionales de la moral y el comportamiento amenazaban con venirse abajo.

Estas brechas y grietas en el tejido de nuestra nación habrían podido continuar sin peligro, siempre y cuando no se hubiera ejercido sobre ellas ninguna tensión especial, pero estaban destinadas a causar un desastre, en el supuesto de que una avalancha de grandes acontecimientos convirtiera la cuestión de la solidaridad interna de la nación en un asunto de importancia decisiva.

También en el ámbito de la política, un ojo observador podía señalar males que, a menos que pronto se emprendieran modificaciones y mejoras, estaban destinados a contar como indicios de la decadencia próxima de la política exterior e interior del Imperio.

Muchos fueron los que observaron estos indicios con ansiedad y censuraron la falta de plan y de reflexión en la política del Imperio; conocían muy bien su debilidad interna y su vacuidad, pero no eran más que unos simples espectadores en la vida política.

La burocracia del Gobierno ignoró las intuiciones de un Houston Stewart Chamberlain con la misma indiferencia con que lo hace hoy en día. Esta gente es demasiado estúpida para idear nada por sí misma y demasiado presumida para aprender lo necesario de los demás.

Una de las necias observaciones que se suele oír citar hoy en día es que el sistema parlamentario «ha sido un fracaso desde la Revolución».

Esto induce con demasiada facilidad a suponer que era diferente antes de la Revolución. En realidad, el único efecto de esa institución es, y sólo puede ser, destructivo, y lo fue en una época en la que la mayoría de la gente prefería llevar anteojeras y no veía nada o prefería no ver nada. Pues la caída de Alemania se debió en no pequeña medida a dicha institución.

Todo aquello que cayó bajo la influencia del Parlamento se hizo a medias, se mire como se mire.

La política de alianzas del Imperio fue una débil a media¬ medida. Aunque deseaban mantener la paz, no pudieron evitar dirigirse directamente hacia la guerra.

La política polaca fue una medida a medias. Irritaron a los polacos sin abordar nunca la cuestión seriamente. El resultado no fue ni una victoria para Alemania ni la conciliación de los polacos, mientras que se hicieron de Rusia una enemiga.

La solución de la cuestión de Alsacia-Lorena fue una medida a medias. En lugar de aplastar brutalmente, de una vez por todas, la cabeza de la hidra francesa, concediendo, MI LUCHA ”7 sin embargo, los mismos derechos a los alsacianos, no hicieron ni lo uno ni lo otro. Además, no podían hacer nada. Los principales traidores a su patria conservaron sus puestos en las filas de los grandes partidos; Wetterle, por ejemplo, en el Partido de Centro.

Mientras la judería, a través de su prensa marxista y democrática, difundía mentiras sobre el «militarismo» alemán por todo el mundo y trataba de perjudicar a Alemania por todos los medios a su alcance, los partidos marxistas y democráticos se negaron a considerar cualquier medida de envergadura para completar las fuerzas nacionales de Alemania.

La pérdida de la lucha por la libertad y la inde¬ pendencia de la nación alemana es el resultado de la tibieza y la debilidad en tiempos de paz al convocar la fuerza unida de la nación en defensa de la Patria.

Un efecto pernicioso del sistema monárquico fue que persuadió cada vez más a una gran parte de la nación de que, como algo natural, el gobierno venía desde arriba y que el individuo no tenía por qué preocuparse por ello.

Mientras el gobierno fuera realmente bueno, o al menos tuviera buenas intenciones, las cosas marchaban satisfactoriamente. ¡Pero, ay!, ¡suponiendo que un viejo gobierno bienintencionado fuera reemplazado por uno nuevo y menos escrupuloso! Entonces la obediencia pasiva y la fe infantil eran el peor mal imaginable.

Pero frente a estas y otras debilidades había puntos de indudable valor.

En primer lugar, la estabilidad en la dirección del Estado garantizada por la forma monárquica del Estado, y la exclusión de todos los cargos estatales del torbellino de la especulación de los políticos codiciosos; asimismo, la dignidad intrínseca de la institución y la autoridad que esta engendraba; la elevación de los funcionarios como cuerpo y del ejército muy por encima de las obligaciones de la política de partidos. Luego, las ventajas debidas a la encarnación personal de la Jefatura del Estado en la persona del Monarca, y el ejemplo de responsabilidad, que recae sobre el Monarca con mayor peso que sobre la contingencia de una mayoría parlamentaria; a esto se debía, en primer y principal lugar, la proverbial pureza de la administración alemana.

El Ejército inculcaba ciertos ideales y la abnegación por la Patria y su grandeza, mientras que en otras profesiones la codicia y el materialismo se habían arraigado con fuerza. Inculcaba la unidad nacional frente a la división en clases, y tal vez su único defecto fue la institución de los voluntarios de un año. Esto constituyó un defecto porque quebrantaba el principio de igualdad absoluta y separaba a los hombres más instruidos de la comunidad militar general; cuando lo contrario habría sido una ventaja.

Considerando la exclusividad de nuestras clases altas y su creciente distanciamiento de su propio pueblo, el Ejército podría haber funcionado como una bendición si hubiera evitado, al menos, aislar a la llamada intelligentsia dentro de sus filas. Fue un fallo que no fuera así; pero ¿qué institución en esta tierra es perfecta? Sin embargo, a pesar de ello, el lado bueno era tan preponderante que los escasos tropiezos estuvieron muy por debajo del promedio de las imperfecciones humanas.

El mayor servicio prestado por el Ejército del viejo Imperio fue que, en una época de recuento general por mayoría de cabezas, situó las cabezas por encima de la mayoría. Frente a la idea judío-democrática de la adoración ciega de las mayorías, el Ejército enarboló la de la fe en la personalidad; pues enseñó aquello que el período posterior más necesitaba. En el lodazal de la blandura y la afeminación general, brotaban cada año en las filas del Ejército 350.000 jóvenes en la plenitud de sus fuerzas, quienes en dos años de instrucción olvidaban la blandura de la juventud y adquirían cuerpos fuertes como el acero. Solo mediante esos dos años de obediencia aprendía un joven a mandar. Al soldado disciplinado se le conocía por su forma de andar.

Esta fue la escuela de la nación alemana, y no sin razón se concentró en ella el odio inveterado de aquellos cuya envidia y codicia exigían que el Estado fuera impotente y sus ciudadanos desarmados.

A la forma del Estado y al Ejército se sumó el incomparable cuerpo de funcionarios del antiguo Imperio.

Alemania era el país mejor organizado y mejor adminis¬ trado del mundo.

Por mucho que se pudiera tachar a los funcionarios del Estado alemán de burócratas pedantes, esto no era mejor en otros Estados; al contrario, era peor.

Otros Estados no poseían esa maravillosa solidez del aparato ni el carácter de incorruptible honor de quienes pertenecían a él.

Más valía ser un tanto pedante, si se era honrado y fiel, que ilustrado y moderno si, al mismo tiempo, se era inferior en el carácter y —como ocurre a menudo hoy en día— ignorante e incompetente.

El organismo oficial y la maquinaria administrativa alemanes se distinguían especialmente por su independencia respecto a los gobiernos individuales, cuyas ideas políticas pasajeras no podían afectar la posición de los funcionarios del Estado alemán. La Revolución alteró todo esto fundamentalmente. Las consideraciones partidistas suplantaron a la capacidad y a la competencia, y un carácter íntegro e independiente constituía más una desventaja que una recomendación.

Sobre estos tres —la forma del Estado, el Ejército y el cuerpo de funcionarios— descansaba la maravillosa fuerza y eficacia del antiguo Imperio.

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