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El Partido Socialista Obrero

L fuerza del viejo Estado descansaba sobre tres pilares: la forma monárquica del Estado, los órganos administrativos y el Ejército. La Revolución de 1918 barrió la forma del Estado, desorganizó el Ejército y entregó los órganos administrativos a la corrupción de los partidos.

Así, los soportes esenciales de la autoridad del Estado fueron cortados de bajo de él. Esta última depende siempre de tres elementos, que se encuentran esencialmente en la base de toda autoridad.

El primer factor constante esencial para la autoridad es el apoyo popular. Pero la autoridad, apoyada solo en esta base, es sumamente débil, inestable e vacilante.

El segundo elemento de toda autoridad es evidentemente el poder.

Si el apoyo popular y el poder se unen y pueden sobrevivir durante cierto período en unión, se puede encontrar entonces que la autoridad descansa sobre una base aún más firme, la autoridad de la tradición.

Si una vez el apoyo popular, el poder y la autoridad de la tradición se unen en uno solo, la autoridad puede considerarse inquebrantable.

Es digno de notar que la masa del pueblo —la clase intermedia, como deseo llamarla— nunca adquiere protagonismo, excepto cuando las dos clases extremas se encuentran en conflicto, y que, si uno de los extremos resulta victorioso, en todo momento se somete de buen grado al vencedor.

Si los mejores hombres alcanzan el dominio, las masas los seguirán; si los peores llegan a la cima, las masas al menos no intentan resistírseles; pues la masa intermedia nunca luchará.

El espectáculo al final de la Guerra fue el siguiente: el gran estrato medio de la nación había pagado, como era su deber, su tributo de sangre; la sección extrema de los mejores hombres se había sacrificado casi hasta el último con un heroísmo típico; la extrema de los peores, protegida por leyes sumamente necias y por la omisión de aplicar las Ordenanzas Militares como debían haberse aplicado, también se mantuvo con vida casi hasta el último.

Esta escoria cuidadosamente conservada de nuestra nación hizo entonces la Revolución, y solo pudo hacerlo porque el sector extremo de los mejores ya no estaba allí para resistirla. Habían muerto todos en la batalla.

Aquellos filibusteros marxistas no podían depender por mucho tiempo únicamente del apoyo popular para sostener su autoridad. Y, sin embargo, la joven República lo necesitaba a toda costa, pues no estaban dispuestos, tras un breve período de caos, a verse aplastados de repente por una fuerza punitiva reunida a partir de los últimos vestigios del elemento bueno de nuestra nación.

El elemento que albergaba la idea revolucionaria y llevó a cabo la Revolución no pudo ni quiso llamar a los soldados para que lo protegieran. Pues lo que ese elemento deseaba no era organizar un Estado, sino desorganizar el existente; se adaptaba mejor a sus instintos. Su consigna no era Orden y Construcción para la República Alemana, sino más bien el Saqueo de la misma.

Aparecieron entonces por primera vez multitud de jóvenes alemanes dispuestos, al servicio, según decían, de la paz y el orden, a enfundarse de nuevo la túnica de soldado, echarse los fusiles al hombro y ponerse los cascos de acero para marchar contra los destructores de su patria.

Se agruparon en cuerpos de voluntarios y se pusieron a trabajar, odiando todo el tiempo la Revolución, para protegerla y fortalecerla así en la práctica. Oobraron de este modo de buena fe.

Los verdaderos organizadores de la Revolución, y su titiritero real, el judío internacional, habían evaluado la situación correctamente. No había llegado el momento de precipitar a la nación alemana en el cenagal sangriento del bolchevismo, como había sucedido en Rusia. La cuestión era: ¿Qué harían las tropas del frente al respecto? ¿Lo tolerarían los hombres de gris de campaña?

Durante aquellas semanas, la Revolución en Alemania se vio obligada a dar al menos una apariencia de extrema moderación, si no quería correr el riesgo de ser destrozada en un momento por dos o tres divisiones alemanas.

Pues si incluso un solo comandante de división se hubiera decidido en ese mismo instante, con su fiel división, a arrancar la bandera roja y poner a los «consejos» contra la pared, o a romper cualquier resistencia con Minenwerfer y granadas de mano, a esa división no le habría tomado un mes convertirse en un ejército de seis divisiones.

El titiritero judío temía esto más que a nada.

La Revolución, sin embargo, no fue hecha por las fuerzas de la paz y el orden, sino por las del motín, el robo y el pillaje. Y el desarrollo posterior de la Revolución no estuvo de acuerdo con la voluntad de estos últimos elementos, ni por razones tácticas podía explicarse su curso ni hacérseles aceptable.

A medida que la Socialdemocracia fue conquistando el poder, dicho Movimiento fue perdiendo cada vez más el carácter de una Revolución de fuerza bruta.

Aun antes de que terminara la guerra, y mientras el Partido Socialdemócrata, que derivaba su carácter de la inercia de las masas, pendía como un lastre de plomo del cuello de la defensa nacional, los elementos radical-activistas fueron extraídos de él y transformados en nuevas y agresivas columnas de ataque. Estos fueron el Partido Independiente y la Liga Espartaquista, los batallones de asalto del marxismo revolucionario. Pero cuando el ejército que regresaba del frente se apareció con el aspecto de una esfinge amenazante, el curso nacional de la Revolución tuvo que ser moderado. El grueso de las huestes socialdemócratas se hizo cargo de las posiciones conquistadas, y los independientes y espartaquistas fueron relegados a un lado. Esto no ocurrió sin lucha. Apenas se había producido el cambio cuando aparecieron dos campos contiguos: el partido de la paz y el orden y el grupo del terror sangriento. ¿No era perfectamente natural que la burguesía se pasara a todo babor al campo de la paz y el orden?

El resultado fue que los enemigos de la República cesaron de luchar contra ella, como tal, y ayudaron a sub¬ yugar a aquellos que eran a su vez también enemigos de la República, aunque por razones muy diferentes.

Un resultado posterior fue que todo peligro de que los partidarios del viejo Estado pudieran presentar batalla al nuevo quedó conjurado para siempre.

Si consideramos cómo la Revolución pudo —prescindiendo por completo de los defectos del antiguo Estado, que fueron la causa de ella— tener éxito llegado el momento, llegamos a la siguiente conclusión:

  1. Se debió al embotamiento de nuestras concepciones del deber y la obediencia, y
  2. A la timorata pasividad de los Partidos que se supone deben mantener nuestro Estado.

La primera se debía en el fondo a nuestra educación totalmente no nacional y puramente estatal. De ahí provino la falsa comprensión de los medios y los fines.

La conciencia y el cumplimiento del deber, y la obediencia, no son fines en sí mismos —al igual que el Estado no es un fin en sí mismo—, sino que todos ellos deben ser medios para posibilitar y asegurar la existencia de una comunidad que lleve una vida espiritual y físicamente semejante.

MI LUCHA 21

I

La Revolución triunfó porque nuestro pueblo, o mejor dicho nuestros gobiernos, habían perdido todo verdadero sentimiento de estas concepciones, de modo que se habían vuelto débiles, formales y doctrinarios.

En cuanto al segundo punto, los partidos burgueses, que pueden considerarse como las únicas formaciones políticas existentes bajo el viejo Estado, estaban convencidos de que debían defender sus puntos de vista exclusivamente por métodos intelectuales, ya que los métodos físicos pertenecían únicamente al Estado. Esto carecía de sentido en una época en que un adversario político hacía ya mucho tiempo que había descartado ese punto de vista y declaraba con total franqueza que pretendía, si podía, alcanzar sus fines políticos por la fuerza.

El programa político de los partidos burgueses se apoyaba en el pasado, en la medida en que no se habían reconciliado ya con el nuevo estado de cosas; su objetivo, sin embargo, era tener una participación, si era posible, en las nuevas condiciones. Pero sus únicas armas seguían siendo, como antes, palabras, y solo palabras.

Las únicas organizaciones que en aquel tiempo poseían la fuerza y el valor para oponerse al marxismo y a las masas que este excitaba eran, ante todo, los Cuerpos Francos (Freikorps), más tarde las organizaciones de autodefensa y la Einwohnerwehr, y finalmente los vínculos de la tradición.

El éxito del marxismo en el pasado se debió a la interacción entre la determinación política y la fuerza despiadada.

Lo que privó a la Alemania nacionalsocialista de cualquier esperanza práctica de modelar el desarrollo alemán fue la falta de una cooperación decidida entre la fuerza implacable y la inspiración política.

Cualesquiera que fuesen las aspiraciones que los partidos «nacionalistas» pudiesen albergar, eran totalmente impotentes para alcanzarlas luchando, y desde luego no en las calles.

Las asociaciones de defensa tenían toda la fuerza; eran dueñas de las calles, pero carecían de ideas políticas o de objetivos para los cuales su poder pudiera haber sido utilizado con provecho para la Alemania nacionalista.

El judío fue quien tuvo un éxito brillante en la difusión de la concepción del «carácter apolítico» de las asociaciones de defensa por medio de su prensa, así como en la política siempre subrayó astutamente el carácter «puramente intelectual» de la lucha.

Para construir una nueva tradición, las fuerzas revolucionarias no tuvieron ninguna oportunidad. De hecho, la autoridad de la tradición ya no existía. La descomposición del antiguo Imperio, la destrucción de los símbolos de su antigua grandeza derribaron rudamente la tradición, siendo el resultado un duro golpe para la autoridad del Estado.

Hasta el segundo pilar de la autoridad del Estado, el poder, había dejado de existir. Para triunfar en absoluto con la Revolución, se vieron obligados a trastornar la fuerza organizada y el poder del Estado, es decir, el Ejército; es más, se vieron incluso en la obligación de utilizar los fragmentos desmembrados del Ejército como fuerza de combate para la Revolución.

La autoridad de ningún modo podía buscar apoyo en aquellas turbas amotinadas de soldados que consideraban el servicio militar bajo la luz de una jornada de ocho horas.

Así, el segundo elemento, la única garantía de la autoridad, fue suprimido, y la Revolución, en realidad, no disfrutó de ningún otro apoyo más que el original, el apoyo popular, con el cual construir su propia autoridad.

Toda nación puede dividirse en tres clases: en un extremo, los mejores hombres de la nación, buenos en el sentido de toda virtud, y especialmente distinguidos por su valor y su disposición al sacrificio; en el otro extremo, la peor escoria de la humanidad, malos en el sentido de que son egoístas y depravados. En el medio, entre ambos extremos, se encuentra la tercera clase, el amplio estrato intermedio, en el cual no hay espíritu ni para el bien ni para el mal.

La falta de una idea nueva y grandiosa es en todo momento señal de falta de fuerza combativa. La convicción de que existe el derecho a emplear armas, incluso las más brutales, va siempre de la mano de la creencia fanática de que un orden de cosas nuevo y revolucionario debe triunfar en el mundo.

Un Movimiento que no luche por tan altos ideales y objetivos nunca luchará hasta el final.

Al producir una gran idea nueva, la Revolución francesa descubrió el secreto del éxito. Ocurrió lo mismo con la Revolución rusa, y el fascismo extrajo su fuerza únicamente de la idea de someter a toda una nación a un proceso de regeneración completa, con muy felices resultados para dicha nación.

Cuando se formó y consolidó la Reichswehr, el marxismo obtuvo gradualmente la fuerza necesaria para el respaldo de su autoridad y comenzó, como consecuencia lógica, a descartar a las asociaciones de defensa nacionalistas, que parecían peligrosas, bajo el argumento de que ahora eran superfluas.

La fundación del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores fue la primera señal de cualquier Movimiento cuyo objetivo no fuera, como el de los partidos burgueses, una restauración mecánica del pasado, sino la instauración de un Estado orgánicamente nacionalista en lugar del actual y absurdo mecanismo estatal. Fiel a su convicción de la importancia primordial de la nueva doctrina, el joven Movimiento considera naturalmente que ningún sacrificio es demasiado grande para alcanzar dicho objetivo.

Ha ocurrido una y otra vez en la historia del mundo que un período de terror basado en una teoría del mundo jamás ha sido roto por la autoridad formal del Estado, sino que siempre ha ceder ante una teoría del mundo nueva y diferente, igualmente audaz y decidida.

Esto podrá herir los sentimientos de los defensores de los Estados en cargos oficiales, pero eso no eliminará los hechos.

El Estado está siendo invadido por el marxismo. Dado que capituló incondicionalmente ante el marxismo el 9 de noviembre de 1918, no se levantará de repente mañana para someterlo; por el contrario, los fideos burgueses que ocupan los escaños ministeriales ya balbucean sobre la necesidad de no tomar medidas contra los trabajadores, demostrando que al decir «trabajadores» están pensando en el marxismo.

Ya he descrito cómo, para los fines prácticos de nuestro joven Movimiento, se fue formando lentamente un cuerpo para la protección de reuniones, y cómo este adquirió gradualmente el carácter de cuerpo de tropas para mantener el orden y aspiraba a tomar forma como organismo de organización.

Por aquel entonces este cuerpo era en un principio meramente una guardia para las reuniones. Sus primeras tareas se limitaban a hacer posible la celebración de mítines que, de otro modo, habrían sido interrumpidos de golpe por nuestros oponentes. Estos hombres eran entrenados meramente para el ataque, no porque, como se afirmaba en necios círculos nacionalistas alemanes, su ideal fuera la cachiporra de goma, sino porque comprendían que no había ninguna oportunidad para los ideales si el defensor de estos era apaleado con una; de hecho, no pocas veces ha ocurrido en la historia que los más grandes líderes han tenido un mal fin a manos de algún diminuto ilota. No consideraban la violencia como un fin, sino que deseaban proteger a quienes proclamaban el gran fin ideal para que no fueran dominados por la violencia. Comprendían asimismo que no era su deber emprender la protección de un Estado que no estaba protegiendo a la nación, sino que estaban allí para proteger a la nación contra aquellos que amenazaban con destruir nación y Estado.

El Destacamento de Asalto, como se les llamaba, no es más que una sección del Movimiento, al igual que la propaganda, la prensa, el instituto científico, etc., son simplemente secciones del Partido.

La idea fundamental en la formación del Destacamento de Asalto era el propósito de convertirlo, además de en un organismo de elevado entrenamiento físico, en un defensor absolutamente convencido de la idea nacionalsocialista y de perfeccionar su disciplina.

No debía tener nada en común con ninguna organización de defensa, en el sentido burgués, ni tampoco con ninguna organización secreta.

Mi razón para velar estrictamente en aquel entonces por evitar que las Secciones de Asalto del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán fueran formadas como la denominada asociación de defensa fue la siguiente:

Por todas las razones prácticas, la defensa de una nación no puede llevarse a cabo mediante asociaciones de defensa privadas, a menos que estén respaldadas por todas las fuerzas del Estado.

Es totalmente impensable formar organizaciones con algún valor militar para un fin determinado con la llamada «disciplina voluntaria».

Falta el apoyo principal para lograr que se cumplan las órdenes, a saber, el poder de infligir castigos.

En la primavera de 1919 fue posible formar «cuerpos de voluntarios», simplemente porque la mayoría de los hombres habían luchado en el frente y habían pasado por la escuela del viejo ejército. Ese espíritu está totalmente ausente en las «organizaciones de defensa» de hoy.

Suponiendo que, a pesar de todas las dificultades, alguna asociación lograse convertir a un número determinado de alemanes en hombres de sentimientos verdaderos y competentes en el entrenamiento físico y militar, el resultado tendría que ser necesariamente nulo en un Estado cuya tendencia no es la de desear crear semejante fuerza —que, de hecho, detesta la idea, ya que está totalmente en desacuerdo con los íntimos propósitos de los dirigentes—, los corruptores del Estado.

Esto ocurre hoy en día. ¿No es ridículo que un gobierno esté dispuesto a entrenar a unos diez mil hombres de forma clandestina, cuando pocos años antes el Estado, tras haber sacrificado vergonzosamente a ocho millones y medio de soldados altamente entrenados, no solo no tuvo más uso para ellos, sino que, como muestra de gratitud por sus sacrificios, los expuso a la execración universal?

2 I 6 MI LUCHA

¿Se espera acaso que los soldados sean adiestrados para un régimen que denigró y escupió a sus soldados más gloriosos, arrancó sus medallas y condecoraciones, pisoteó sus banderas y arrojó oprobio sobre sus hazañas? ¿O es que acaso este régimen de Estado ha dado jamás un solo paso para restituir el honor del viejo Ejército, o para obligar a aquellos que lo destruyeron y ultrajaron a rendir cuentas por lo que hicieron?

¡Ni un solo paso! Por el contrario, a estos últimos se los puede ver ocupando los más altos cargos en el Estado. Y, sin embargo, dijeron en Leipzig:

“El derecho va de la mano de la fuerza”.

Como, sin embargo, la fuerza está hoy en manos de los mismos hombres que idearon originariamente la Revolución, y como esa Revolución representa la más mezquina traición al país, el acto más villano de toda la historia alemana, no puede haber ciertamente ninguna razón para que una fuerza de ese carácter sea incrementada mediante la formación de un nuevo ejército joven.

Todo raciocinio sensato está en contra de ello.

Si el Estado, tal como es hoy, adoptara el sistema de milicias de defensa entrenadas, jamás podría aplicarse a la defensa de los intereses nacionales fuera del país, sino que solo serviría para proteger a los opresores de la nación dentro del país contra la ira de la nación traicionera y mercantilizada, que algún día podría alzarse en su furor.

Por esta razón, a nuestros Destacamentos de Asalto no se les permitió tener nada que ver con la organización militar. Eran puramente un instrumento para proteger y educar al movimiento Nacionalsocialista, y sus tareas se encontraban en una dirección muy distinta de la de cualquier llamada asociación de defensa.

Tampoco representaban una organización secreta. Los fines de las organizaciones secretas solo pueden ser ilícitos.

Lo que necesitábamos entonces, y necesitamos ahora, no era ni es un centenar o dos de conspiradores obcecados, sino cien mil, y otra vez cien mil, combatientes fanáticos por nuestra cosmovisión.

El trabajo debe realizarse, no en conventículos secretos, sino mediante golpes masivos y poderosos; el camino no puede despejarse para el movimiento con puñal, veneno o pistola, sino conquistando al hombre de la calle.

Tenemos que destruir el marxismo, para que el control futuro de la calle esté en manos del nacionalsocialismo—ahora, exactamente igual que lo estará en el futuro.

Existe otro peligro derivado de las sociedades secretas, y es que sus miembros a menudo no logran comprender en absoluto la grandeza de la tarea, y son propensos a imaginar que el éxito de la causa nacional puede garantizarse de golpe mediante un solo asesinato. Tal idea puede encontrar justificación histórica en casos en los que una nación ha estado sufriendo bajo la tiranía de algún opresor dotado de talento.

Durante 1919 y 1920 existió el peligro de que los miembros de organizaciones secretas, inspirados por grandes ejemplos de la historia y llevados por la magnitud de la desgracia nacional, intentaran vengarse de los corruptores de su país, bajo la creencia de que así pondrían fin a la miseria de su nación.

Todos esos intentos eran pura insensatez, porque la victoria marxista no se debió al genio superior de algún líder individual sobresaliente, sino a la incompetencia y cobardía desmedidas del mundo burgués.

Si, por tanto, el Destacamento de Asalto no puede ser ni una organización militar ni una sociedad secreta, debe desarrollarse bajo los siguientes principios:

  1. Su instrucción debe llevarse a cabo no según principios militares, sino desde el punto de vista de lo que es mejor para el Partido. Dado que sus miembros deben adquirir un físico apto, no debe darse importancia al desfile, sino al entrenamiento deportivo. Siempre he considerado el boxeo y el jiu-jitsu más importantes que un mediocre entrenamiento en puntería.
  1. Con el fin de evitar que el Destacamento de Asalto adquiera cualquier carácter de clandestinidad, no solo debe el uniforme ser universalmente reconocido, sino que también la importancia de su posición debe señalar el camino que debe tomar para ser de mayor utilidad al Movimiento, y ese camino debe ser universalmente conocido. No debe actuar por medios secretos.
  1. La formación y organización del Destacamento de Asalto no debe ser una copia del antiguo Ejército en lo que respecta al uniforme y al equipo, sino que debe elegirse de modo que sea adecuada para las tareas que tiene ante sí.

Hubo tres acontecimientos que resultaron ser de gran importancia para el desarrollo posterior del Destacamento de Asalto.

  1. La gran manifestación general de todas las sociedades patrióticas a finales del verano de 1922 en la Königsplatz de Múnich contra la Ley para la Defensa de la República. El desfile del Partido, en el que tomó parte el movimiento nacionalsocialista, fue encabezado por seis compañías de Múnich, seguidas por las secciones del Partido político. Yo mismo tuve el honor de dirigirme a la multitud, que ascendía a sesenta mil personas, como uno de los oradores. Los arreglos fueron un éxito tremendo porque, a pesar de todas las amenazas de los rojos, se demostró, por primera vez, que el Múnich nacionalista era capaz de desfilar por las calles.
  1. La expedición a Coburg en octubre de 1922.

Ciertas sociedades «nacionalistas» habían decidido celebrar un «Día Alemán» en Coburg. Fui invitado a participar, con la recomendación de llevar conmigo a algunos de mis amigos. Elegí a ochocientos hombres del Destacamento de Asalto para que me acompañaran en un tren especial a la pequeña ciudad, que había pasado a formar parte de Baviera.

En la estación de Coburg nos salió al encuentro una delegación de los organizadores del «Día Alemán», la cual nos comunicó que se había «dispuesto», por orden de los sindicatos locales —es decir, del Partido Independiente y del Comunista—, que no debíamos entrar en la ciudad con nuestras banderas desplegadas y nuestra música tocando (llevábamos una banda de cuarenta y dos músicos), ni debíamos marchar en filas cerradas. Rechacé estas condiciones vergonzosas sin más dilación y no dejé de expresar a aquellos caballeros que habían organizado este «Día» mi asombro por el hecho de que negociaran con semejante gente y llegaran a un acuerdo con ellos, al tiempo que declarué que la Sección de Asalto marcharía inmediatamente en formación cerrada hacia el interior de la ciudad con las banderas desplegadas y la música tocando.

En el patio de la estación fuimos recibidos por una multitud vociferante de muchos miles de personas. «Asesinos», «bandidos», «ladrones», «criminales» fueron los apelativos cariñosos que aquellos fundadores modélicos de la República alemana nos prodigaron. La joven Sección de Asalto mantuvo un orden perfecto. Marchamos hacia el patio del Hofbrauhauskeller, en el centro de la ciudad.

Para evitar que la multitud nos siguiera, la policía nos cerró las puertas del tribunal en las narices. Como esto era intolerable, exigí que la policía abriera las puertas. Tras una larga vacilación, accedieron.

Volvimos marchando por el camino por el que habíamos venido hacia nuestros cuarteles, y allí tuvimos que enfrentarnos finalmente a la multitud.

Los representantes del verdadero socialismo, de la igualdad y de la fraternidad se pusieron a tirar piedras.

Nuestra paciencia se había agotado, y repartimos golpes a diestra y siniestra durante diez minutos; un cuarto de hora más tarde ya no quedaba nada rojo que ver en las calles.

Hubo graves enfrentamientos durante la noche. Las patrullas del Destacamento de Asalto se encontraron con nacionalsocialistas que habían sido atacados individualmente y se encontraban en un estado deplorable. Se hizo justicia rápida con el enemigo. A la mañana siguiente, el terror rojo bajo el cual Coburgo había sufrido durante años quedó roto.

Al día siguiente marchamos hacia la Plaza, donde se anunció que se celebraría una manifestación de diez mil «trabajadores».

En lugar de diez mil, como se había anunciado, solo unos pocos cientos se presentaron, los cuales guardaron silencio, en su mayor parte, a medida que nos acercábamos. Aquí y allá, grupos de Rojos, que habían venido de fuera y aún no nos conocían, intentaron armar una pelea; pero rápidamente perdieron todo deseo de hacerlo.

Se hacía evidente que la población, que durante mucho tiempo había estado miserablemente intimidada, ahora estaba despertando lentamente y ganando valor para saludarnos con gritos, y cuando partíamos por la tarde estallaban vítores espontáneos.

Nuestras experiencias en Coburg demostraron cuán esencial es introducir un uniforme regular para el Destacamento de Asalto, no solo con el propósito de fortalecer el espíritu de cuerpo, sino también para evitar confusiones y la falta de reconocimiento de los hombres que se le oponían. Hasta entonces, este había llevado únicamente el brazalete, pero ahora se añadieron la guerrera y la conocida gorra.

También aprendimos la importancia de acudir según un plan regular a todos aquellos lugares en los que el terror rojo había impedido durante muchos años que aquellos que pensaban de manera distinta celebraran reunión alguna, de romper el terror rojo y de restablecer la libertad de reunión.

  1. En marzo de 1923 ocurrió un acontecimiento que me obligó a desviar el curso del Movimiento e introducir cambios.

En los primeros meses de aquel año el Ruhr fue ocupado por los franceses, y esto tuvo posteriormente una gran importancia en el desarrollo del Destacamento de Asalto.

La ocupación del Ruhr, que no nos sorprendió, dio buenos motivos para esperar que pondríamos fin a nuestra cobarde política de sumisión y que las asociaciones de defensa tendrían ahora un cometido concreto.

Era probable que también el Destacamento de Asalto, que contaba con varios miles de jóvenes robustos, no fuera privado de participar en este servicio nacional. Durante la primavera y el verano de 1923 tuvo lugar su transformación en una organización militar de combate. A esto se debieron, en gran parte, los acontecimientos posteriores de aquel año en lo que respecta a nuestro movimiento.

Los acontecimientos de finales de 1923, aunque a primera vista parecían repugnantes, sin embargo, contemplados desde un plano superior, eran casi una necesidad, puesto que pusieron fin de un solo golpe a la transformación de la Sección de Asalto, que ahora estaba perjudicando al movimiento. Al mismo tiempo, sin embargo, estos acontecimientos abrieron la posibilidad de reconstruir en el punto en el que nos habíamos visto obligados a desviarnos del camino recto.*

En 1925, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán fue refundado, y tendrá que reconstruir y organizar su Sección de Asalto según los principios mencionados al principio. Tendrá que volver a sus principios sanos originales y tendrá que considerar como su deber supremo hacer de la Sección de Asalto un instrumento de defensa y fortalecer la lucha por la cosmovisión del Movimiento.

No debe permitir que el Destacamento de Asalto caiga al nivel de una organización secreta; debe más bien tomar medidas para hacer de él una guardia de 100 000 hombres para la idea nacionalsocialista, y por ende profundamente nacionalista.

•The allusion is to the failure of the Hitler Putsch in November, 1923.

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