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Capítulo XI. Propaganda y Organización

PROPAGANDA Y ORGANIZACIÓN

LA PROPAGANDA debe adelantarse con creces a la organización y conquistar el material humano sobre el cual esta ha de trabajar. Siempre he sido enemigo de una organización apresurada y pedante, pues es propicia a conducir a un resultado mecánico y estéril.

Por esta razón, lo mejor es dejar que una idea sea difundida desde un centro por medio de la propaganda durante un periodo, y luego buscar minuciosamente y examinar en busca de líderes entre los seres humanos que se han reunido.

A menudo sucederá que hombres que no muestran capacidades obvias al principio resultan ser líderes natos.

Es totalmente erróneo imaginar que la abundancia de conocimientos teóricos sea necesariamente una prueba característica de las cualidades y la energía necesarias para el liderazgo. Con frecuencia ocurre lo contrario.

Un gran teórico rara vez es un gran líder. Es mucho más probable que un agitador posea esas cualidades —lo cual será una mala noticia para aquellos cuyo trabajo sobre un asunto es meramente científico.

Un agitador que sea capaz de comunicar una idea a las masas tiene que ser un psicólogo, aun cuando no sea más que un demagogo. Siempre será mejor como líder que el tímido teórico que nada sabe de los hombres. Pues el liderazgo significa la capacidad de mover a las masas de hombres.

El talento para producir ideas no tiene nada en común con la capacidad de liderazgo. Pero la unión de teórico, organizador y líder en un solo hombre es el fenómeno más raro sobre esta tierra; en eso consiste la grandeza.

Ya he descrito la atención que presté a la propaganda en los primeros días del Movimiento. Su función era inocular una pequeña célula de hombres con la nueva doctrina, con el fin de moldear el material a partir del cual se formarían más tarde los primeros elementos de una organización. En dicho proceso, los objetivos de la propaganda superaron con creces a los de la organización.

La labor que la propaganda ha de realizar es la de seguir ganando adeptos para la idea, mientras que la preocupación primordial de la organización debe ser convertir a los mejores de entre los adeptos en miembros activos del Partido.

No hay necesidad de que la propaganda se preocupe por el valor de cada uno de sus discípulos en lo que respecta a eficiencia, capacidad, intelecto o carácter, mientras que es tarea de la organización seleccionar cuidadosamente de entre la masa a aquellos que realmente puedan contribuir al triunfo del movimiento.

La primera tarea de la propaganda es ganar hombres para la futura organización; la de la organización es conseguir hombres para llevar a cabo la propaganda. La segunda tarea de la propaganda es trastornar las condiciones existentes por medio de la nueva doctrina; la de la organización es luchar por el poder, para asegurar a través de él el éxito definitivo de la doctrina.

Una de las tareas principales de la organización es velar por que ningún signo de desunión se introduzca en los miembros del Movimiento para causar divisiones y llevar así a un debilitamiento de la labor del Movimiento; así como también que el espíritu de ataque no decaiga, sino que sea continuamente renovado y fortalecido.

Con este fin, los miembros no deben multiplicarse indefinidamente; pues dado que la energía y la audacia solo existen en una parte de la humanidad, un Movimiento cuya organización no le ponga límites se volvería inevitablemente débil algún día.

Por consiguiente, es fundamental, aunque solo sea por motivos de autoconservación, que mientras mantenga su éxito un movimiento deje de aumentar sus miembros y, a partir de ese momento, ejerza la mayor cautela y solo tras un examen exhaustivo considere la posibilidad de ampliar su organización.

Solo por este medio mantendrá fresco y sano el núcleo del Movimiento. Debe velar por que este núcleo siga teniendo el control exclusivo del movimiento, es decir, que decida sobre la propaganda que ha de conducir al reconocimiento universal y, estando en posesión de todo el poder, lleve a cabo las operaciones necesarias para la realización práctica de sus ideales.

Como responsable de propaganda del Partido, tuve cuidado no solo de preparar el terreno para la futura grandeza del Movimiento, sino que trabajé sobre principios muy radicales para que solo el mejor material fuera introducido en la organización.

Pues cuanto más radical y emocionante era mi propaganda, más espantaba a los caracteres débiles y vacilantes, impidiéndoles penetrar en el núcleo íntimo de nuestra organización. Y todo esto fue para bien.

Hasta mediados de 1921 esta actividad creadora sufi¬ gió, y no hizo más que bien al Movimiento. Pero en el verano de aquel año ciertos acontecimientos hicieron evidente que la organización no lograba seguir el ritmo de la propaganda, cuyo éxito se manifestaba cada vez con mayor claridad.

En los años 1920-21 el Movimiento tuvo un comité que lo dirigía, elegido por los miembros en asamblea. Este comité, de manera cómica, encarnaba el mismo principio contra el cual el Movimiento luchaba con más ahínco, a saber, el parlamentarismo.

Me negué a tolerar semejante insensatez y, al cabo de muy poco tiempo, dejé de asistir a las reuniones del comité. Hice mi propia propaganda y se acabó; me negué a permitir que ningún ignorante me convenciera de seguir otro camino. Del mismo modo, me abstuve de interferir con los demás en sus departamentos.

Tan pronto como se adoptaron las nuevas normas y fui establecido como Presidente del Partido, adquiriendo así la autoridad necesaria y los derechos que la acompañaban, toda esa insensatez llegó a su fin inmediato.

Las decisiones por comité fueron reemplazadas por el principio de responsabilidad absoluta. El Presidente es responsable del control total del Movimiento.

Este principio fue reconocido gradualmente dentro del Movimiento como el natural, al menos en lo que respecta al control del Partido.

La mejor manera de hacer inocuas a las Comisiones, que no hacían nada o se limitaban a maquinar recomendaciones impracticables, era ponerlas a hacer algún trabajo real.

¡Daba risa ver cómo los miembros se esfumaban en silencio y de repente no se les encontraba por ningún lado!

Me recordó a nuestra gran institución del mismo tipo, el Reichstag. Qué rápido se desvanecería todo eso si se les pusiera a hacer algún trabajo real, en lugar de limitarse a hablar, especialmente si se hiciera a cada miembro personalmente responsable de cualquier trabajo que realizara.

En diciembre de 1920, adquirimos el Völkischer Beobachter.

Este periódico, que, como su nombre indica, estaba destinado en general al consumo popular, iba a convertirse en el órgano del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

Al principio aparecía dos veces por semana, pero a principios de 1923 se convirtió en un diario, y a finales de agosto comenzó a publicarse en su posterior y bien conocido formato grande.

El Völkischer Beobachter era el llamado órgano «popular», con todas las ventajas y, más aún, con los defectos y debilidades propios de las instituciones populares. Por muy excelente que fuera su contenido, su gestión era imposible desde el punto de vista comercial. La idea subyacente era que debía mantenerse mediante suscripción popular; no se comprendía que tendría que abrirse camino en competencia con los demás, y que era indecente esperar que las suscripciones de los buenos patriotas cubrieran los errores y la negligencia en el aspecto comercial de una empresa.

Me costó mucho esfuerzo en su momento alterar estas condiciones, cuyo peligro pronto reconocí.

En 1914, en la guerra, hice amistad con Max Amann, que hoy es el director gerente general del Partido.

En el verano de 1921 recurrí a mi antiguo camarada de regimiento, a quien encontré un día por casualidad, y le pedí que se convirtiera en director gerente del Movimiento.

Tras muchas vacilaciones —pues ya tenía una buena posición con perspectivas—, accedió, pero con una sola condición: no quedar a merced de comités incompetentes; debía responder ante un solo amo, y solo ante uno.

Lo que en realidad ocurrió fue que se contrató para el personal del periódico a algunos hombres que anteriormente habían estado vinculados al Partido Popular Bávaro, pero su trabajo demostró que poseían excelentes cualificaciones.

El resultado de este experimento fue sumamente exitoso. Fue gracias a este reconocimiento honesto y franco de las verdaderas cualificaciones de un hombre como el Movimiento se ganó los corazones de sus empleados, con mayor rapidez y seguridad que nunca antes.

Más tarde se convirtieron, y siguieron siendo, buenos nacionalsocialistas, no solo de palabra, y lo demostraron con el trabajo sólido, constante y concienzudo que realizaron al servicio del nuevo Movimiento.

En el curso de dos años fui aplicando mis puntos de vista cada vez más, y hoy, en lo que respecta a la dirección suprema, se mantienen firmes como la solución más natural.

El evidente éxito de este sistema quedó demostrado el 9 de noviembre de 1923.

Cuatro años antes, cuando ingresé en el Movimiento, no había ni siquiera un sello de caucho.

El 9 de noviembre de 1923, el Partido fue disuelto y sus bienes confiscados. La suma total obtenida por todos los objetos de algún valor y por el periódico ascendió a más de 170.000 marcos oro.

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