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Capítulo XIII: La política alemana de alianzas después de la guerra

LA POLÍTICA DE ALIANZAS ALEMANA DESPUÉS DE LA GUIERRA

LA frivolidad del Reich en el dominio de la política exterior, y su fracaso en seguir los principios correctos en su política de alianzas, no sólo continuó después de la Revolución, sino que continuó en una forma peor.

Pues si antes de la Guerra la confusión de ideas en política puede considerarse como la primera causa de la mala dirección del Estado en asuntos exteriores, después de la Guerra, por otra parte, fue la intención honesta lo que faltó.

Era obvio que el Partido que había logrado sus fines destructivos por medio de la Revolución no estaría interesado en una política de alianzas cuyo objeto fuera la reconstrucción del Estado alemán libre.

Mientras el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán no era más que una pequeña y poco conocida sociedad, los problemas de política exterior debían parecer de inferior importancia a los ojos de muchos de nuestros adeptos. Y, en efecto, el único requisito previo esencial para una lucha por la libertad contra el extranjero es la eliminación de las causas de nuestro colapso y la destrucción de quienes se benefician de él.

Pero desde el momento en que aquella pequeña e insignifi¬ cante sociedad amplió su esfera de operaciones y alcanzó la importancia de una gran asociación, se hizo rápidamente necesario tomar nota de los acontecimientos de la política exterior. Teníamos que decidirnos por unos principios que no sólo no estuvieran en contradicción con nuestros puntos de vista fundamentales, sino que fueran en realidad una expresión de ellos.

La idea esencial y básica que tenemos siempre presente al considerar esta cuestión es que la política exterior no es más que un medio para un fin. Pero el fin es exclusivamente Q 24 I el fomento de nuestra propia nacionalidad. Ninguna sugerencia en política exterior puede estar inspirada por otra consideración que no sea la siguiente: ¿Ayudará a nuestra nación ahora o en el futuro, o la perjudicará?

Tenemos que considerar, además, que la cuestión de recuperar territorios que una nación y un Estado han perdido es siempre, ante todo, una cuestión de recuperar el poder político y la independencia para la metrópoli, y también que en tal caso los intereses de los territorios perdidos deben ser implacablemente ignorados frente al objetivo de reconquistar la libertad de la metrópoli.

Pues la liberación de las astillas oprimidas y escindidas de una raza, o de las provincias de un Imperio, no se efectúa debido a ningún deseo de la población oprimida o a una protesta de los que quedan, sino por los medios de poder que aún posea el resto de la patria, que antaño fue común a todos.

No es mediante protestas encendidas como las tierras oprimidas vuelven al abrazo de un Reich común, sino mediante un poder —o una combinación de poderes—.

Es tarea de los líderes de una nación, en su política interior, forjar ese poder; en su política exterior deben velar por que dicho forjado se lleve a cabo, y deben buscar hombres para empuñar el arma.

En los primeros capítulos de Mein Kampf describí la tibieza de nuestra política de alianzas antes de la guerra.

En lugar de una política territorial sana en el continente europeo, se prefirió una política colonial y comercial. Esto fue tanto más desacertado cuanto que con ello esperaban en vano eludir la necesidad de tomar una decisión por las armas.

El resultado de este intento fue que, con la pretensión de estar a todas las alturas, cayeron, como suele ocurrir, entre todas ellas, y la Guerra Mundial fue el castigo definitivo impuesto al Imperio por su mala dirección. El camino correcto habría sido fortalecer el poder del Imperio en el continente mediante la conquista de nuevos territorios en Europa.

Pero como los padres de la insensatez de nuestro Parlamento democrático se negaron a considerar cualquier proyecto regular de preparación para la defensa, se descartó cualquier plan para adquirir tierras en Europa y, por su preferencia por una política de colonias y comercio, sacrificaron la (entonces posible) alianza con Inglaterra; al mismo tiempo descuidaron buscar el apoyo de Rusia, el curso lógico. Finalmente tropezaron con la Primera Guerra Mundial, abandonados por todos excepto por la infortunada dinastía de los Habsburgo.

La tendencia histórica de la diplomacia británica, cuyo único homólogo en Alemania era la tradición del ejército prusiano, estuvo dirigida deliberadamente, desde el ejemplo dado por la reina Isabel, a impedir por todos los medios posibles el surgimiento de cualquier potencia europea por encima del nivel general de grandeza, y a quebrantarla mediante un ataque militar, de ser necesario.

Los medios empleados por la Gran Bretaña con ese fin variaban según la situación y la tarea impuesta; pero la voluntad y la determinación eran siempre las mismas.

La independencia política de las antiguas colonias norteamericanas condujo, con el paso del tiempo, a grandes esfuerzos por obtener una seguridad de apoyo en el continente europeo. Así, después de que España y los Países Bajos dejaran de ser grandes potencias, las fuerzas del Estado británico se concentraron en contra del creciente poderío de Francia, hasta que finalmente, con la caída de Napoleón, el temor a la hegemonía de la potencia militar, que era la más peligrosa de todas para Inglaterra, pareció quedar roto para siempre.

El cambio de rumbo de la política británica hacia Alemania fue un proceso lento porque Alemania, debido a su falta de unidad nacional, no representaba ninguna amenaza visible para Inglaterra.

Hacia 1870-71, sin embargo, Inglaterra ya había adoptado su nueva actitud. Sus vacilaciones, ocasionadas por la importancia de América en la economía mundial, así como por el desarrollo de Rusia como potencia, no fueron —ornamentadamente no— aprovechadas por Alemania, con el resultado de que la tendencia histórica de la política británica quedó cada vez más firmemente establecida.

Gran Bretaña consideraba a Alemania como la Potencia cuya supremacía en el comercio —y por ende en la política mundial—, como consecuencia de su enorme industrialización, se estaba convirtiendo en una amenaza muy seria.

La conquista del mundo mediante la «penetración pacífica», que nuestros estadistas consideraban la última palabra en sabiduría, fue seleccionada por los políticos británicos como base para organizar la resistencia.

El hecho de que esta resistencia adoptara la forma de un ataque plenamente organizado era totalmente coherente en su carácter con un arte de gobierno cuyo objetivo no era el mantenimiento de una paz mundial que ya era más que dudosa, sino el establecimiento de la dominación mundial británica.

El hecho de que Inglaterra empleara como aliadas a todas las naciones que pudieran ser de utilidad en el sentido militar era igualmente coherente con su tradicional prudencia al estimar la fuerza de sus oponentes, así que con su conocimiento de sus propios puntos débiles en un momento dado.

Esto —desde el punto de vista británico— no se califica de «cortedad de escrúpulos», ya que organizar una guerra de forma tan completa no debe juzgarse según criterios heroicos, sino por su idoneidad para la ocasión. Es tarea de la diplomacia velar por que una nación no perezca heroicamente, sino que se mantenga por medios prácticos. Entonces, todo camino que conduzca a ello es el correcto, y no seguirlo constituye manifiestamente un crimen y una flagrante negligencia en el cumplimiento del deber.

Cuando Alemania se volvió revolucionaria, todo temor a la amenaza de una dominación mundial por parte de Alemania desapareció, en lo que respecta a la diplomacia británica. No era del interés británico que Alemania fuera borrada por completo del mapa de Europa. Por el contrario, el temible colapso de noviembre de 1918 situó a la diplomacia británica ante una nueva situación, que enseguida se reveló posible: Alemania destruida y Francia convertida en la potencia política más fuerte del continente europeo. La desaparición de Alemania como potencia en el continente solo reportaría beneficios a los enemigos de Inglaterra. Y, sin embargo, entre noviembre de 1918 y el verano de 1919, la diplomacia británica no se encontraba en condiciones de modificar su actitud, ya que había explotado las corrientes sentimentales del público durante la larga guerra de manera más intensa que nunca antes.

Además, para evitar que el poder de Francia llegara a ser demasiado grande, la única política posible para Inglaterra era la participación en la codicia de agresión de Francia. De hecho, Inglaterra no había logrado conseguir lo que pretendía cuando fue a la guerra. El ascenso de una potencia europea por encima y más allá de la proporción de fuerza en el sistema de Estados continentales de Europa no se había evitado; de hecho, se había establecido sólidamente.

La posición de Francia hoy en día es única. Es la primera potencia, en el sentido militar, sin ningún rival serio en el continente; sus fronteras están prácticamente a salvo frente a Italia y España; está protegida contra Alemania por su ejército, que es el más poderoso del mundo, y por la impotencia de la Patria; su larga franja costera está a salvo de ataques debido a su armada, que se está volviendo más fuerte que la del Imperio británico.

El deseo permanente de Gran Bretaña es mantener un cierto equilibrio de poder entre los Estados de Europa entre sí, ya que eso parece ser una condición necesaria para la influencia británica en el mundo.

El deseo permanente de Francia era impedir que Alemania se convirtiera en una potencia sólida, mantener un sistema de pequeños Estados en Alemania, más o menos iguales entre sí en poder y sin un liderazgo unificado. Deseaba conservar la margen izquierda del Rin como garantía para construir y asegurar su hegemonía en Europa.

El fin último de la diplomacia francesa está en contradicción con las tendencias últimas de la política británica.

No existe ningún estadista británico, estadounidense o italiano que pudiera ser calificado jamás de «proalemán».

Todo inglés, en su condición de estadista, es ante todo británico, y lo mismo ocurre con cualquier estadounidense. Y ningún italiano estaría dispuesto a promover otra política que no sea la proitaliana.

Por consiguiente, cualquiera que espere forjar alianzas con naciones extranjeras confiando en el progermanismo de los estadistas de otros países es un imbécil o no es un verdadero estadista.

Inglaterra no quería a Alemania como Potencia mundial; Francia no quería que Alemania fuera una Potencia en absoluto —¡una diferencia muy esencial!

Nosotros, sin embargo, no estamos luchando por un puesto como Potencia mundial, sino que tenemos que batallar por la existencia de nuestra Patria, por nuestra unidad nacional y el pan de cada día de nuestros hijos.

Desde este punto de vista, solo nos quedan dos Estados como posibles amigos: Gran Bretaña e Italia.

Gran Bretaña no desea una Francia cuyo poder militar, no refrenado por el resto de Europa, pueda respaldar una política que algún día tienda a oponerse a los intereses británicos; la preponderancia militar de Francia oprime duramente el corazón del Imperio mundial de Gran Bretaña.

Tampoco puede desear Italia un mayor fortalecimiento de la posición de poder de Francia en Europa. El porvenir de Italia dependerá siempre de los acontecimientos que afecten territorialmente a la cuenca mediterránea. Su motivo para entrar en la guerra no fue ningún deseo de engrandecer a Francia, sino más bien su determinación de asestar el golpe de gracia a sus odiados rivales en el Adriático. Cualquier aumento de la fuerza francesa en el continente implica restricciones para el porvenir de Italia, y esta no se hace ilusiones creyendo que las relaciones nacionales excluyan en modo alguno las rivalidades.

Una fría y prudente consideración demuestra que son estos dos Estados, Gran Bretaña e Italia, cuyos intereses más naturales se oponen menos a las condiciones esenciales para la existencia de la nación alemana y, de hecho, coinciden en cierta medida con ellas.

Por poco que convenga a los intereses de la política oficial británica que Alemania sea aún más humillada, semejante evolución interesa en gran medida a los judíos de las finanzas internacionales.

En contraposición a los intereses del bienestar del Estado británico, la judería financiera desea no solo el abatimiento económico perpetuo de Alemania, sino también su completa esclavización política.

Por consiguiente, el judío es el gran agitador en pro de la destrucción de Alemania.

La corriente de pensamiento en la judería es clara. Consiste en bolchevizar Alemania, es decir, carcomer la inteligencia nacional alemana y así aplastar las fuerzas del trabajo alemán bajo el yugo de la finanzas mundial judía, como paso previo para extender a lo ancho y a lo largo el plan judío de conquistar el mundo.

En Inglaterra, al igual que en Italia, la divergencia de opiniones entre la política de Estado sólida y las exigencias del mundo financiero judío es evidente; a menudo, de hecho, se manifiesta de forma tosca.

Solo en Francia existió una íntima concordancia entre las intenciones de la Bolsa, representadas por los judíos, y los deseos de los hombres de Estado de esa nación, chauvinistas por naturaleza. Esta identidad constituye un peligro inmenso para Alemania.

Naturalmente, no es fácil para nosotros, los del movimiento nacionalsocialista, imaginar a Gran Bretaña como una posible aliada en el futuro. Nuestra prensa judía logró una y otra vez concentrar el odio contra Gran Bretaña, y más de un tonto camachuelo alemán cayó demasiado dispuesto en la liga preparada por los judíos, parloteó sobre la «reforzación» de la marina, protestó por la pérdida de nuestras colonias y sugirió que debíamos recuperarlas; de este modo, proporcionaron el material para que el bribón judío se lo entregara a sus parientes en Inglaterra para usarlo como propaganda.

Ya debería empezar a amanecer en la mente de nuestros estúpidos políticos burgueses que por lo que tenemos que luchar ahora no es por el «poderío marítimo». Incluso antes de la guerra era una insensatez agotar nuestra fuerza nacional para tales objetivos sin asegurar antes nuestra posición en Europa. Una aspiración de ese tipo es una de esas estupideces que en política se denominan crímenes.

Debo mencionar una afición en particular que el judío practicaba con singular destreza en los últimos años:

Tirol del Sur.

¡Sí, el Tirol del Sur!

Deseo declarar que fui uno de aquellos que, en la época en que se decidía el destino del Tirol del Sur —es decir, desde agosto de 1914 hasta noviembre de 1918—, fueron allí donde ese país era defendido en la práctica, es decir, al Ejército. Luché durante todo ese periodo, no para que el Tirol del Sur se perdiera, sino para que este, así como cualquier otra región alemana, fuera preservado para la Patria. Pues el Tirol del Sur, naturalmente, no estaba garantizado para Alemania por los discursos mendaces e inflamatorios de los parlamentarios listillos en el Rathaus de Viena o en la Feldherrnhalle de Múnich, sino únicamente por los batallones en el frente de combate. Fueron estas personas que rompieron ese frente quienes traicionaron al Tirol del Sur, así como a todos los demás distritos alemanes.

Lo vergonzoso de todo ello es que los propios charlatanes no creen que se vaya a sacar nada en limpio de sus protestas. Ellos mismos saben muy bien lo inofensivos e inútiles que son sus chapuceros métodos. Solo lo hacen porque ahora es más fácil parlotear sobre la recuperación del Tirol del Sur de lo que en su día fue luchar por su conservación. Cada uno hace su parte; nosotros ofrecimos nuestra sangre por ello, y ahora esta gente afila sus narices con este asunto.

Si la nación alemana quiere detener la podredumbre que amenaza a Europa, no debe caer en los errores del período de antes de la guerra, convirtiendo a Dios y al mundo entero en sus enemigos, sino que debe averiguar quiénes son sus oponentes más peligrosos para oponerse a ellos con toda su fuerza concentrada.

Si Alemania actúa de este modo, la raza venidera comprenderá nuestras grandes necesidades y ansiedades, y admirará tanto más nuestra amarga determinación cuando vea el brillante éxito que de ella se derivará.

Fue la idea fantástica de una alianza con el cadáver del Estado de los Habsburgo lo que arruinó a Alemania.

Hoy en día, el sentimentalismo fantástico al tratar las posibilidades de la política exterior es el mejor medio para impedir que volvamos a levantarnos para siempre.

¿Qué hicieron nuestros gobiernos para infundir en esta nación una vez más el espíritu de orgullosa independencia, desafiante hombría y determinación nacional?

En 1919, cuando la nación alemana estaba agobiada por el Tratado de Paz, había justificación para esperar que aquel documento de opresión contribuyera al clamor por la liberación de Alemania.

A veces sucede que los tratados de paz cuyas condiciones golpean a una nación como flagelos hacen sonar el primer toque de trompeta de la resurrección que llega más tarde.

¡Cuánto se podría haber aprovechado del Tratado de Versalles!

Cada uno de sus puntos podría haber quedado grabado a fuego en los cerebros y los sentimientos de la nación, hasta que finalmente la vergüenza común y el odio común se hubieran convertido en un mar de fuego parpadeante en las mentes de sesenta millones de hombres y mujeres; de aquella masa incandescente habría surgido una voluntad de acero, y un grito: ¡Estaremos armados como los demás están armados!

Cada oportunidad se desaprovechó, y no se hizo nada. ¿Quién puede extrañarse de que nuestra nación no sea lo que debe y podría ser?

Una nación —en una situación como la nuestra— no será considerada apta para alianzas a menos que el Gobierno y la opinión pública decidan cooperar en la proclamación y defensa de su voluntad de luchar por la libertad.

El grito en favor de una nueva flota de guerra, la restitución de nuestras colonias, etc., es obviamente más palabrería vacía, ya que no contiene ninguna idea de posibilidad práctica; una tranquila consideración lo demuestra de inmediato.

Los que protestan se están agotando en manifestaciones nocivas contra Dios y el resto del mundo, y olvidan el primer principio, que es esencial para todo éxito: lo que hagas, hazlo a fondo.

A fuerza de aullar contra cinco o diez Estados, descuidamos concentrar todas las fuerzas de la voluntad nacional y del físico para dar un golpe en el corazón de nuestro enemigo más apasionado, y estamos sacrificando la posibilidad de adquirir fuerza mediante alianzas para una revisión de la ignominia.

Aquí es donde hay una misión para el movimiento Nacionalsocialista. Debe enseñar a nuestro pueblo a pasar por alto las pequeñeces y mirar hacia lo que es grande, a no dividirse por cuestiones secundarias, y a no olvidar jamás que el objetivo por el que tenemos que luchar hoy es la mera existencia de nuestra nación, y que el único enemigo al que tenemos que golpear es siempre la fuerza que nos está robando esa existencia.

La nación alemana, por lo demás, no tiene ningún derecho moral a quejarse de la actitud adoptada por el resto del mundo hasta que no haya castigado a los criminales que vendieron y traicionaron a su propio país.

¿Es concebible que quienes representan los verdaderos intereses de las naciones con las que es posible una alianza logren imponer sus puntos de vista contra la voluntad del enemigo mortal de los Estados nacionales libres?

La lucha librada por la Italia fascista contra las tres fuerzas principales de la judería —de manera inconsciente, quizás, aunque yo personalmente no lo crea— es la mejor de las pruebas de que se le están arrancando los colmillos venenosos a ese poder externo y superior al Estado, aun cuando sea por medios indirectos.

Las sociedades secretas están prohibidas, la prensa internacional y supranacional es perseguida, y el marxismo internacional ha sido destruido.

Aun en Inglaterra se libra una lucha continua entre los representantes de los intereses del Estado británico y la dictadura mundial judía.

Se vio después de la guerra, por primera vez, cuán estrechamente incidían estas fuerzas opuestas entre sí en la actitud del liderazgo del Estado británico, por un lado, y de la prensa, por el otro, hacia el problema de Japón.

Directamente al terminar la guerra, la vieja irritación mutua entre Estados Unidos y Japón comenzó a reaparecer. Los lazos de parentesco no pudieron evitar que surgiera un cierto sentimiento de celosa ansiedad contra la unión americana en todos los ámbitos de la economía y la política internacionales.

Es comprensible que Gran Bretaña repasara con ansiedad la lista de sus antiguas alianzas y viera llegar un momento en que la consigna ya no sería «Gran Bretaña de ultramar», sino «El océano para América».

No era un interés británico, sino en primer lugar uno judío, destruir a Alemania, al igual que, hoy en día, la destrucción de Japón serviría menos a los intereses del Estado británico que a los ambiciosos deseos del controlador del imperio mundial judío que se espera.

Mientras Inglaterra se debilita manteniendo su posición en el mundo, el judío está organizando sus medidas para su conquista.

El judío sabe muy bien que tras sus mil años de adaptación es capaz de socavar a los pueblos europeos y educarlos para que sean bastardos sin raza, pero que difícilmente podría hacer lo mismo con un Estado nacional asiático como Japón. Hoy, por tanto, incita a las naciones contra Japón al igual que contra Alemania, de modo que bien puede suceder que, mientras la diplomacia británica intenta cimentarse en la alianza japonesa, la prensa judía en Inglaterra reclame al mismo tiempo la lucha contra el aliado y prepare una guerra de exterminio, proclamando la democracia y enarbolando la consigna: Abajo el militarismo y el imperialismo japoneses.

Así, el judío es hoy un rebelde en Inglaterra, y la lucha contra la amenaza mundial judía comenzará allí también.

El movimiento nacionalsocialista debe procurar que, al menos en nuestro propio país, se tome conciencia del enemigo mortal, y que la lucha contra él sea una antorcha para iluminar un período menos turbio también para otras naciones, y pueda aportar un beneficio a la humanidad aria en su lucha por la vida.

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