EL ESTADO
YA en 1920-21 se lanzó contra nuestro joven Movimiento una acusación por parte del mundo burgués —hoy ya anticuada— de que nuestra actitud hacia el Estado era de rechazo; a partir de esto, los políticos de partido de todos los colores argumentaban que era correcto luchar para aplastar por todos los medios posibles al joven e incómodo adalid de una nueva teoría del mundo. Olvidaban adrede que el mundo burgués mismo sostiene que el Estado ya no es un cuerpo homogéneo, que no existe ni puede existir una definición coherente de la palabra.
Y, sin embargo, en nuestras Escuelas Superiores Estatales se sientan instructores, bajo la forma de conferenciantes de Derecho Político, que deben buscar una explicación para la existencia más o menos afortunada del Estado que les paga. Cuanto peor es la constitución de un Estado, más necias, ampulosas e incomprensibles son las definiciones de su razón de ser. ¿Cómo pudo, por ejemplo, escribir en una ocasión un profesor imperial-regio sobre el significado y el fin del Estado, en un país cuya existencia estatal es la mayor monstruosidad del siglo XX? ¡Una tarea difícil, en verdad!
Es posible distinguir tres grupos entre ellos:
Primero, el grupo de aquellos que ven al Estado como una agrupación más o menos voluntaria de personas bajo una administración gubernamental.
Para ellos, la mera existencia del Estado constituye su derecho a una inviolabilidad santificada. En apoyo de esta loca concepción del cerebro humano, observan una adoración perruna hacia la llamada «autoridad del Estado».
Así, mediante un giro de mano, convierten un medio en el fin último. El Estado no está ahí para servir a los hombres, sino que los hombres están ahí con el propósito de adorar una autoridad estatal que reviste, por así decirlo, una especie de espíritu supremo de oficialismo.
El segundo grupo no cree que la autoridad del Estado sea el único y exclusivo objeto del Estado, sino que la promoción del bienestar de sus súbditos5 tiene algo que ver en ello.
Ideas de «libertad», mal entendidas en su mayor parte, se introducen en la concepción del Estado de este grupo.
El mero hecho de que la forma de gobierno exista no es razón suficiente para considerarla sacrosanta, sino que debe superar un examen en cuanto a su idoneidad.
Encontramos a la mayoría de los partidarios de este punto de vista entre nuestra burguesía alemana normal, y especialmente entre los demócratas liberales.
El tercer grupo es el más débil numéricamente. Ve al Estado como un vehículo para realizar tendencias muy vagamente imaginadas hacia una política de poder por parte de una nación unificada en la que todos hablan el mismo idioma.
Era verdaderamente doloroso ver cómo, durante los últimos cien años, personas que sustentaban estas opiniones —de buena fe, la mayoría de ellas— jugaban con la palabra «germanizar».
Recuerdo cómo, en mi propia juventud, este término condujo a concepciones asombrosamente falsas. En los círculos pangermánicos se oía sugerir que, con ayuda del Gobierno, la germanización de la población eslava austriaca podría llevarse a cabo con éxito.
Es difícilmente imaginable que alguien pueda pensar que un alemán puede hacerse, por ejemplo, de un negro o de un chino, porque haya aprendido alemán y esté dispuesto a hablarlo por el resto de su vida, y a votar por algún partido político alemán.
El proceso significaría un comienzo de bastardización de nuestra raza y, en nuestro caso, no la germanización sino la destrucción del elemento alemán.
Como la nacionalidad, o más bien la raza, no es una cuestión de r54 MY STRUGGLE lengua sino de sangre, solo sería posible hablar de germanización si el proceso pudiera alterar la naturaleza de la sangre de la persona sometida a él. Eso, sin embargo, es imposible. Tendría que llevarse a cabo, entonces, mezclando la sangre, y eso significaría rebajar el nivel de la raza superior.
La historia demuestra que fue la germanización de la tierra, que nuestros antepasados conquistaron con la espada, la que aportó beneficios, ya que fue colonizada con agricultores alemanes. Siempre que se ha introducido sangre extranjera en el cuerpo de nuestra nación, su desafortunado efecto ha sido fragmentar nuestro carácter nacional.
El principio fundamental que debemos observar es que el Estado no es un fin, sino un medio. Es el cimiento sobre el cual ha de reposar la cultura humana superior, pero no la origina. Es más bien la presencia de una raza dotada de capacidades para la civilización lo que es capaz de lograr esto.
Podría haber cientos de Estados modelo en el mundo y, sin embargo, si el ario conservador de la cultura se extinguiera, no existiría en el mundo ninguna cultura al nivel intelectual de la de las naciones más encumbradas de hoy.
Podemos ir aún más lejos y decir que el hecho de que los hombres formen Estados no excluiría de ningún modo la posibilidad de que la raza humana desapareciera, suponiendo que la capacidad intelectual superior y la adaptabilidad se perdieran debido a la falta de una raza que las conserve.
El Estado como tal no crea un patrón cultural definido; tan solo puede acoger a la raza que lo determina.
De ahí que la condición necesaria para producir una humanidad superior no sea el Estado, sino la raza que posee las cualidades esenciales para ello.
Naciones, o mejor aún, razas, que poseen talento cultural y creativo tienen estas cualidades útiles latentes en ellas, aun cuando las circunstancias exteriores, al ser desfavor¬ ables en un momento dado, prohíban el desarrollo MY STRUGGLE !55 de las mismas.
Así, resulta indignante representar a los pueblos germánicos de la era precristiana como bárbaros carentes de cultura. Eso nunca lo fueron.
El clima riguroso de su hogar septentrional los obligó a existir bajo con¬ diciones que impedían que sus cualidades creativas se desarrollaran. Si no hubiera existido el mundo antiguo clásico, y si hubieran llegado a las tierras meridionales más favorables y obtenido las primeras ayudas técnicas para el progreso, es decir, empleando a razas inferiores a ellos, la capacidad de crear cultura que yacía latente en ellos habría producido una eflores¬ cencia tan espléndida como de hecho ocurrió en el caso de los helenos.
El fin supremo que debe perseguir un Estado nacional es la conservación de los antiguos elementos raciales que, mediante una cultura difundida, crean la belleza y la dignidad de una humanidad superior.
Nosotros, como arios que vivimos bajo un Estado, solo podemos concebir el organismo vivo de una nacionalidad que no solo garantice su mantenimiento, sino que también, al seguir nutriendo sus capacidades intelectuales e imaginativas, la conduzca hacia la más alta libertad.
Y sin embargo, hoy en día, la presión que se ejerce sobre nosotros como Estado es producto de un intenso error humano, con la probabilidad de que sobrevenga una miseria indescriptible.
Nosotros, los nacionalsocialistas, somos conscientes de que el mundo actual nos considera revolucionarios debido a nuestras ideas, y nos tacha de tales. Pero nuestros pensamientos y acciones no deben dejarse influir por la aprobación o la condena de nuestra propia época, sino por una firme adhesión a las verdades que reconocemos. Podemos estar seguros entonces de que la visión más clara de la posteridad no solo comprenderá nuestra acción de hoy, sino que admitirá que fue justa y le rendirá homenaje.
Al hablar de una misión superior del Estado, no debemos olvidar que dicha misión superior reside en56 MI LUCHA esencialmente en la nación, y que el deber del Estado consiste meramente en utilizar su fuerza organizadora con el fin de promover el libre desarrollo de la nación.
Pero si preguntamos cómo debe estar constituido el Estado que nosotros los germanos necesitamos, debemos tener claro en primer lugar qué clase de hombres debe aspirar a producir y qué objetivo se propone servir.
Desgraciadamente, el núcleo central de nuestra nación alemana ya no es racialmente homogéneo. El proceso de fundir los diversos componentes originales aún no ha avanzado tanto como para que podamos afirmar que ha surgido de él una nueva raza. Por el contrario, el envenenamiento a través de la sangre que nuestro cuerpo nacional ha padecido desde la Guerra de los Treinta Años no solo ha alterado nuestra sangre, sino también nuestra alma. Las fronteras abiertas de la patria, la vecindad de cuerpos extranjeros no alemanes cerca de nuestras tierras fronterizas y, sobre todo, el flujo constante de sangre extranjera hacia el interior del Reich no dejan tiempo para una fusión absoluta, ya que la invasión continúa sin interrupción.
Los alemanes carecen del instinto de rebaño que surge cuando todos son de una misma sangre y protege a las naciones contra la ruina, especialmente en los momentos en que el peligro amenaza. El hecho de esta carencia nos ha hecho un daño incalculable. Proporcionó capital a varios pequeños potentados alemanes, pero privó a la nación alemana de sus derechos de dominio.
Para ocupar el lugar de una máquina muerta, que solo pretende existir por mor de sí misma, debe formarse un organismo vivo con el fin exclusivo de servir a una alta concepción.
En su calidad de Estado, el Reich alemán debe agrupar a todos los alemanes en torno a sí; no sólo debe extraer de la nación alemana a los mejores de entre los elementos raciales originales y conservarlos, sino que debe elevarlos lenta y firmemente a una posición de supremacía.
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Es bastante natural que los funcionarios que controlan nuestro Estado hoy en día se sientan mucho más felices trabajando simplemente para mantener las cosas como están que luchando por algo que ha de venir. Sentirán que es mucho más fácil ver al Estado como una máquina que está ahí simplemente con el propósito de mantenerlos con vida —para que sus vidas, como les gusta decir, «pertenezcan al Estado»—.
Cuando, por tanto, luchamos por nuestras nuevas ideas —que están en plena armonía con el significado original de las cosas—, atraeremos muy pocos camaradas para la lucha de entre una colección de hombres que son obsoletos en cuerpo y, ¡ay!, con demasiada frecuencia también en mente. Solo las excepciones, hombres mayores jóvenes de corazón y frescos de mente, vendrán con nosotros, pero nunca aquellos que piensan que el significado final de su tarea en la vida es mantener un estado de cosas inalterado.
Debemos tener en cuenta que si de una nación se ha extraído una cierta suma de alta energía y eficiencia, y esta aparece unida en un solo objetivo y se ha segregado finalmente de la inercia de las masas, este pequeño porcentaje, ipso facto, se eleva para convertirse en amo del resto.
La historia del mundo la hacen las minorías, dado que ellas han incorporado en sí mismas la mayor parte de la fuerza de voluntad y de la determinación de la nación.
Por consiguiente, lo que a muchos parece una desventaja es en realidad la condición necesaria de nuestra victoria.
En la grandeza y dificultad de nuestra tarea radica la probabilidad de que solo los mejores combatientes se unan a nosotros en la lucha. La garantía del éxito reside en la selección de los mejores entre los mejores.
Toda suerte de mestizaje conduce antes o después a la decadencia del producto híbrido, siempre y cuando la parte superior de los cruzados permanezca unida en su pureza racial. Es solo cuando el último vestigio de la unidad racial superior se bastardiza que el producto híbrido deja de estar en peligro de extinción.
Pero debe sentarse una base *58 M I LUCHA de un proceso natural, aunque lento, de regeneración, que expulse gradualmente el veneno racial, dado que aún exista un tronco base de pureza racial y se detenga el proceso de bastardización.
Es el primer deber de un Estado nacional elevar el matrimonio de su condición de oprobio perpetuo para la raza y consagrarlo como una institución llamada a reproducir la imagen del Señor, y no a seres monstruosos, mitad hombre, mitad mono.
Protestas contra esto por motivos supuestamente humanitarios sientan mal a una época que permite a cualquier degenerado corrupto reproducirse y cargar así con un peso de sufrimiento indescriptible tanto a sus contemporáneos como a su descendencia, mientras que, por otra parte, se ofrecen medios para prevenir el nacimiento a la venta en todas las farmacias, e incluso por buhoneros, aun cuando los padres estén perfectamente sanos. En este ordenado Estado de los últimos tiempos —como afirman quienes lo defienden— en este mundo feliz de la burguesía nacionalista, la prevención de la fecundidad en los enfermos de sífilis, tuberculosis y enfermedades hereditarias, lisiados y cretinos, cuenta como un crimen, mientras que lo que es en la práctica un cese de la fecundidad en millones de los nuestros mejores no se considera un mal ni una ofensa contra la moral de esta sociedad mojigata; es en su lugar un soborno para su cortedad de miras y flojera de pensamiento. Pues si fuera de otro modo, tendrían que devanarse los sesos y considerar cómo proveer al mantenimiento y la conservación de los representantes sanos de nuestra nación, que debieran realizar un servicio similar en beneficio de las generaciones venideras.
¡Cuán falto de ideales y de honor está todo este sistema! Nadie se esfuerza por cultivar lo mejor en aras de la posteridad, sino que se deja que las cosas sigan tal y como van ahora.
Es deber del Estado Nacional recuperar todo MI LUCHA *59 que ahora se está dejando caer por todas partes.
Debe poner a la raza en el centro de la vida general de la nación y velar por que se mantenga pura.
Debe declarar que la infancia es la posesión más valiosa de la nación.
Debe cuidar que solo los sanos engendren hijos; que no es otra cosa que vergonzoso para las personas enfermas o con discapacidades personales traer hijos al mundo, pero que, por otro lado, es una acción honorable abstenerse de hacerlo.
Por otra parte, debe considerarse un reproche privar a la nación de niños sanos.
El Estado debe poner los más modernos auxilios médicos al servicio de estos hechos aceptados.
Debe declarar no apto para engendrar hijos a cualquiera que esté claramente enfermo o tenga discapacidades hereditarias, y respaldarlo con hechos.
Debe velar también por que la fecundidad de una mujer sana no sea bloqueada por las finanzas malditas de un régimen que convierte la bendición de los hijos en una maldición para los padres.
Mediante la educación del individuo, el Estado debe enseñar que no es vergonzoso, sino una desgracia lamentable, estar enfermo y débil, pero que es criminal, y por tanto vergonzoso, deshonrar la desgracia por egoísmo si un hombre carga a un ser inocente con su propia desgracia; mientras que es prueba de una gran nobleza de sentimientos y de una humanidad digna de admiración que un hombre enfermizo pero inocente renuncie a tener un hijo propio y transfiera su amor y ternura a algún pobre infante extraño, cuya naturaleza sana promete convertirse en un miembro fuerte de una comunidad fuerte.
Mediante esta labor de educación, el Estado debe coronar sus actividades prácticas en su aspecto intelectual. Su acción debe proseguir, sin dejarse afectar por la consideración de si la obra es comprendida o incomprensida, popular o impopular.
Hay que hacer posible que la conciencia nacional en el Estado matrimonial dé a luz una época más gloriosa, en la que los hombres ya no presten toda su atención a mejorar las razas de caballos, perros
i6o MI LUCHA
y gatos, sino más bien a elevar la condición del hombre, y en la que un hombre practique silenciosamente la renuncia con conocimiento, mientras que otro se regocije sacrificándose y dando.
Esto no debería ser imposible en un mundo donde cientos de miles de hombres se entregan voluntariamente al celibato, atados por nada más que los mandamientos de una Iglesia.
Si una generación padece bajo deficiencias que conoce y, de hecho, admite, y si se contenta, como ocurre hoy con nuestro mundo burgués, con declarar a la ligera que no se puede hacer nada al respecto, semejante sociedad está condenada a la destrucción.
No, todos nosotros debemos negarnos a ceder ante este engaño. Nuestra burguesía actual es hoy demasiado mala e incapaz para afrontar ninguna gran tarea en favor de la humanidad.
Es demasiado mala —no, en mi opinión, por una depravación deliberada, sino por una indolencia colosal y todo lo que de ella se deriva.
Hace tiempo que los clubes políticos que circulan bajo el nombre genérico de Partidos Burgueses han dejado de ser otra cosa que sociedades que representan a determinadas clases y profesiones, y no tienen nada mejor que hacer que defender intereses egoístas lo mejor que pueden.
Es evidente que un gremio de políticos burgueses como el nuestro sirve para cualquier cosa menos para luchar; especialmente cuando el otro bando no está compuesto por tenderos cautos, sino por masas proletarias, violentamente exaltadas y absolutamente decididas.
Es deber del Estado convertir a los jóvenes vástagos de la raza en instrumentos dignos para la perpetuación posterior de la misma.
Con miras a esto, el Estado nacional debe orientar su labor educativa, en primer lugar, no tanto hacia el bombardeo de meros conocimientos como hacia el cultivo de cuerpos perfectamente sanos.
Tras ello viene el desarrollo de la capacidad mental. Aquí también la formación del carácter va primero, especialmente el fomento de la fuerza de voluntad y de la determinación, combinado con la enseñanza del placer de asumir responsabilidades, y no es sino hasta el final cuando llega la instrucción en pura ciencia.
El Estado nacional debe partir de la presunción de que un hombre de educación moderada, pero de cuerpo sano, carácter firme y lleno de una alegre confianza en sí mismo y de fuerza de voluntad, es de mayor valor para la comunidad que un debilucho con estudios superiores.
El cultivo del cuerpo no es, por tanto, un asunto del individuo en el Estado nacional, ni siquiera una cuestión que afecte únicamente a los padres, siendo de un interés secundario o incluso terciario para la comunidad, sino que es un requisito para la conservación de la raza, que el Estado debe defender y proteger.
El Estado debe distribuir su labor educativa de tal modo que los cuerpos jóvenes sean atendidos en la primera infancia y reciban el endurecimiento necesario para la vida posterior. Debe cuidar especialmente de que no se produzca una generación de caseros.
Las escuelas de un Estado nacional deberían destinar más tiempo al ejercicio corporal. No debería haber ningún día en que un muchacho no tenga al menos una hora de entrenamiento corporal, tanto por la mañana como por la tarde, en juegos y gimnasia; no debe faltar un deporte en particular que muchos «nacionalistas» consideran tosco e indigno: el boxeo.
Es increíble qué ideas falsas circulan sobre él entre los «educados». Consideran natural y honorable que un joven aprenda a luchar y se bata en duelo, ¡pero les parece tosco si boxea! ¿Por qué?
- No hay deporte que fomente el espíritu de ataque como este;
- exige una decisión fulminante y endurece y flexibiliza el cuerpo.
No es más tosco que dos jóvenes resuelvan una disputa a puñetazos que con una tira de acero pulido.
Si toda nuestra clase intelectual no hubiera sido educada exclusivamente en los modales de la alta sociedad, y hubiera aprendido a fondo a boxear en su lugar, no habría podido haber ninguna Revolución alemana de matones, desertores y gentuza similar.
Eso solo fue posible porque la educación de nuestras escuelas superiores no produjo hombres, sino más bien funcionarios, ingenieros, juristas, literatos y —para mantener viva esta intelectualidad— profesores.
Nuestro liderazgo intelectual siempre ha producido resultados brillantes, pero nuestro cultivo de la fuerza de voluntad ha dejado mucho que desear.
Nuestra nación alemana, que ahora yace en estado de colapso, pateada por todos, necesita la fuerza sugestiva producida por la autoconfianza. Esta autoconfianza debe ser cultivada en los miembros más jóvenes de la nación desde la infancia en adelante.
Toda su educación y formación debe estar orientada a darles la convicción de que son superiores a los demás. A través de la fuerza y la habilidad corporales, la juventud debe recuperar la fe en la invencibilidad de su nación.
Porque lo que una vez llevó a los ejércitos alemanes a la victoria fue la suma de la confianza que cada individuo sentía en sí mismo, y todos sentían en sus líderes. Es la convicción de que la libertad puede lograrse una vez más. Pero esa convicción solo puede ser el producto final de un sentimiento compartido por millones de individuos.
Que nadie se equivoque al respecto: tan vasto como fue el colapso de nuestra nación, igualmente vasto deberá ser el esfuerzo algún día para poner fin a esta infeliz condición. Solo mediante un inmenso despliegue de fuerza de voluntad nacional, sed de libertad y apasionada devoción podremos restaurar lo que nos ha faltado.
Es deber del Estado nacional cultivar la eficiencia física no solo durante los años escolares oficiales, sino que también, una vez terminados los días de escuela, debe velar por que, mientras un joven siga experimentando su desarrollo corporal, este desarrollo resulte ser una bendición para él.
Es una necedad pensar que el derecho del Estado a supervisar a sus jóvenes ciudadanos termina repentinamente al concluir su etapa escolar, para luego recomenzar cuando empiezan su servicio militar. Ese derecho es un deber y existe por igual en todo momento.
El Ejército tampoco está ahí meramente para enseñarle a un hombre a marchar y a estar firmes, sino que ha de actuar como la última y más alta escuela de instrucción nacional. El joven recluta debe, por supuesto, aprender el uso de su arma, pero al mismo tiempo debe continuar su formación para su futura vida. En esa escuela el muchacho será transformado en hombre; no deberá aprender meramente a obedecer, sino que será entrenado con vistas a mandar en el futuro. Deberá aprender a callar, no solo cuando se le reprocha con justicia, sino a soportar la injusticia en silencio, si es necesario.
Fortalecido por la confianza en su propia fuerza, lleno del espíritu de cuerpo que siente en común con los demás, el muchacho alcanzará la convicción de que su nación es invencible.
Cuando su servicio militar termine, debe poder mostrar dos documentos: sus papeles legales, como ciudadano del Estado, que le permiten tomar parte en los asuntos públicos, y su certificado de salud, que declare que, en lo que respecta a la salud, es apto para casarse.
En el caso de la educación femenina, el principal énfasis debe ponerse en el entrenamiento corporal; y después de eso, en el desarrollo del carácter; y, por último de todo, en el del intelecto. Pero el único objetivo absoluto de la educación femenina debe ser con vistas a la futura madre.
¿Cuántas veces no se oyó durante la guerra la queja de que nuestra gente era tan poco capaz de guardar silencio y de cuán difícil resultaba, por lo tanto, ocultar al enemigo incluso los secretos importantes!
Pero considérelo usted mismo: ¿se preocupó acaso la educación alemana antes de la guerra por presentar el silencio como una virtud varonil? No, pues nuestro sistema escolar vigente considera eso como un asunto insignificante.
Pero ese asunto insignificante le cuesta al Estado millones incalculables en gastos judiciales, ya que el noventa por ciento de los juicios por difamación y similares surgen simplemente de la incapacidad para guardar silencio.
Las declaraciones imprudentes se devuelven con igual imprudencia; nuestro comercio nacional sufre constantemente perjuicios debido a la divulgación descuidada de secretos industriales, y cualquier preparación silenciosa para la defensa del país se vuelve ilusoria porque la gente nunca ha aprendido a callar y no deja de hablar nunca.
En la guerra, esta pasión por la charlatanería puede hacer perder batallas y ser una causa fundamental de que una guerra termine mal. Debe comprenderse que lo que no se practica en la juventud no puede aprenderse cuando el hombre ya es adulto.
El desarrollo deliberado de las cualidades más nobles en nuestras escuelas es hoy inexistente. De ahora en adelante debe ser considerado bajo una luz completamente distinta. La honradez, la disposición para el sacrificio personal, el silencio, son virtudes que una gran nación necesita, y la formación en ellas en nuestras escuelas es más importante que gran parte del material que ahora llena el plan de estudios escolar.
Por tanto, la labor educativa del Estado nacional debe poner gran énfasis en la formación del carácter paralelamente al cultivo del cuerpo. Muchos defectos morales, hoy inherentes al cuerpo de la nación, podrían modificarse en gran medida mediante una formación constante, si es que no llegan a extirparse por completo.
Se ha quejado con frecuencia de que durante todo noviembre y diciembre de 1918 se produjo un fracaso en todos los ámbitos, y de que, desde el Monarca hasta el último comandante de división, nadie fue capaz de reunir el valor necesario para tomar una decisión independiente.
Ese terrible hecho es una maldición de nuestra educación, pues en aquella cruel catástrofe se manifestó a gran escala lo que estaba universalmente presente en los asuntos menores. Es esta falta de fuerza de voluntad, y no la carencia de material bélico, lo que hoy nos incapacita para una resistencia seria. Está profundamente arraigada en nuestra nación y nos impide tomar decisiones que entrañen un riesgo, como si la grandeza en la acción no consistiera precisamente en la audacia demostrada.
Un general alemán logró, sin darse cuenta, descubrir una fórmula clásica para esta lamentable falta de decisión; dijo:
«Jamás actúo a menos que pueda contar con un cincuenta y uno por ciento de éxito».
Este «cincuenta y uno por ciento» resume la tragedia del colapso alemán.
El terror actual a la responsabilidad sigue exactamente la misma línea. La culpa está en la educación de los jóvenes; impregna toda la vida pública y encuentra su culminación en la institución del gobierno parlamentario.
Así como el Estado nacional debe prestar en adelante plena atención al cultivo de la fuerza de voluntad y de la decisión, debe infundir en los corazones de los jóvenes, desde la infancia en adelante, el gozo por la responsabilidad y el valor para reconocer las propias faltas.
La instrucción científica, que hoy en día es el alfa y omega de toda la educación del Estado, puede ser adoptada por el Estado nacional, con ciertas modificaciones, las cuales pueden considerarse bajo tres aspectos.
En primer lugar, no debe cargarse al cerebro juvenil con asignaturas, el noventa por ciento de las cuales no necesita y, por tanto, vuelve a olvidar. Tomemos, por ejemplo, a un funcionario estatal corriente, que se ha graduado en el Gymnasium (instituto de enseñanza media) o en la Oberrealschool (escuela moderna), a su treinta y seis o cuarenta años. ¡Qué poco ha conservado de todo lo que le metieron a la fuerza!
El sistema de enseñanza, que indico en líneas generales, será más que suficiente para la mayoría de los jóvenes; mientras que los demás, que necesiten un idioma, por ejemplo, más adelante, podrán basarse en él y estudiarlo a fondo por su propia y libre elección.
También proporcionará a la jornada escolar el tiempo necesario para el entrenamiento corporal y para los mayores requisitos en otros aspectos, como ya he indicado.
Especialmente en los métodos de enseñanza de la historia, es necesario considerar alteraciones. En noventa y nueve de cada cien casos, los resultados del sistema actual son lamentables. Unas pocas fechas, cifras de nacimiento y nombres son todo lo que queda, mientras que las líneas generales y claras están completamente ausentes. Lo esencial, lo que realmente importa, nunca se enseña, sino que se deja al genio más o menos talentoso del individuo descubrir el significado interno del alud de fechas y de la sucesión de acontecimientos.
En la enseñanza de la historia debe considerarse la reducción de la materia por enseñar. Pues la historia no se estudia meramente para descubrir lo que sucedió, sino para que proporcione instrucción para el futuro y la existencia continuada de nuestra propia nación.
No debe haber separación del estudio de lo antiguo. Concebida rectamente en grandes líneas, la historia romana sigue siendo la mejor instrucción, no solo para el presente sino para todos los períodos.
Es deber del Estado nacional velar por que eventualmente se escriba una Historia del Mundo, en la cual la cuestión de la Raza ocupe una posición prominente.
El poco valor que la enseñanza escolar actual, especialmente en las escuelas secundarias, concede a las profesiones de la vida posterior queda demostrado sobradamente por el hecho de que hombres procedentes de tres tipos de escuelas completamente diferentes puedan acceder a la misma profesión. Lo que cuenta, por tanto, es únicamente la educación general, y no la especialización intensiva. Pero es evidente que los casos que exigen conocimientos especializados no pueden ser atendidos en el plan de estudios de nuestras escuelas secundarias tal como son hoy.
El Estado nacional no debe perder tiempo en eliminar tales imperfecciones.
La segunda alteración requerida por nuestro sistema escolar es la siguiente:
Debe efectuarse una tajante separación entre la formación técnica general y la especializada. Dado que esta última amenaza con hundirse cada vez más al servicio de Mamón, la educación general, al menos en su concepción ideal, debe seguir actuando como su contrapeso.
Debemos aferrarnos al principio de que la industria, la ciencia técnica y el comercio solo pueden florecer mientras una comunidad nacional, dotada de elevados ideales, proporcione el marco necesario. Con esto no se alude al egoísmo material, sino a la disposición al sacrificio y a la alegría en la renuncia.
Hoy en día no existe una definición clara del «Estado» como concepto; no queda nada por enseñar salvo el patriotismo local. En la antigua Alemania tomaba la forma, por lo general, de una glorificación algo difusa de potentados diminutos, cuyos números mismos hacían que cualquier apreciación digna de la grandeza de nuestra nación fuera una imposibilidad desde el principio. El resultado fue que nuestro pueblo en su conjunto obtuvo una noción muy imperfecta de la historia alemana. Pasó por alto las líneas principales. Es obvio, por tanto, que nadie pudo jamás alcanzar un verdadero entusiasmo por la nación de semejante manera.
Nadie sabía cómo presentar a los hombres verdaderamente importantes de nuestra nación ante los eruditos de hoy como héroes gloriosos, cómo concentrar en ellos la atención universal y crear así un sentimiento sólido.
Desde que la Revolución hizo su entrada en Alemania y el patriotismo monárquico se desvaneció por sí solo, la enseñanza de la historia no ha perseguido en realidad más que un solo objetivo, el de la mera adquisición de conocimientos. El Estado, tal como es ahora, no tiene uso para el entusiasmo nacional; lo que le gustaría nunca lo conseguirá. Hay muy pocas probabilidades de un poder de resistencia permanente en el patriotismo dinástico en una época regida por el principio de nacionalidad, y menos aún de entusiasmo por una república. Pues no puede caber la menor duda de que el pueblo alemán jamás habría resistido en el frente durante cuatro años y medio si su lema hubiera sido «Por la República».
Esta República es popular en el resto del mundo.
Un hombre débil siempre cae mejor a quienes se sirven de él que un hombre de modales bruscos. En efecto, la simpatía del enemigo hacia esta forma de Estado constituye su crítica más destructiva. Les gusta la República alemana y permiten que siga adelante, ya que jamás podría hallarse un aliado mejor en la labor de esclavizar a nuestra nación.
El Estado nacional tendrá que luchar por su vida. Las propuestas de Dawes no le ayudarán a defenderse. Para su vida y su autodefensa requerirá precisamente aquello de lo que los hombres ahora creen poder prescindir. Cuanto más perfecto y valioso sea en su forma y en su esencia, más lo resentirán y resistirán sus oponentes.
Los ciudadanos serán entonces su mejor protección, más que sus armas. Los muros de las fortalezas no lo cubrirán, sino más bien los muros vivientes de hombres y mujeres, llenos de amor por la Patria y de un fanático entusiasmo nacionalista.
La tercera recomendación trata sobre la enseñanza científica:
El Estado nacional considerará la ciencia como un medio para aumentar el orgullo nacional. No solo la historia universal, sino también la historia de la civilización, deben enseñarse desde este punto de vista.
Un inventor debe parecer grande no meramente como inventor, sino aún más como compatriota. La admiración por cualquier gran hazaña debe combinarse con el orgullo de que su afortunado autor sea miembro de nuestra propia nación.
Debemos extraer lo más grandioso de la masa de grandes nombres de la historia alemana y presentarlo ante la juventud de una manera tan imponente que puedan convertirse en los pilares de un sentimiento nacionalista inquebrantable.
No existe tal nacionalismo que se limite a considerar la clase social. Solo se puede estar orgulloso de la nación propia si no hay ninguna clase de la que uno deba avergonzarse; pero una nación, cuya mitad se encuentra en la miseria, consumida por las preocupaciones o, de hecho, corrupta, presenta un cuadro tan lamentable que nadie puede sentir orgullo por ella.
Solo cuando una nación esté sana en todas sus partes, en cuerpo y alma, la alegría de pertenecer a ella podrá elevarse con justicia hasta ese sentimiento elevado que llamamos «orgullo nacional».
Pero este orgullo elevado solo llegará a aquel hombre que conozca la grandeza de su nación. El temor al chovinismo, que se siente en nuestro tiempo, es el signo de su impotencia.
Este mundo atraviesa indudablemente por grandes cambios. La única cuestión es si el resultado será el bien de la humanidad aria o las ganancias del judío eterno.
La tarea del Estado nacional será, por tanto, preservar la raza y prepararla para afrontar las decisiones últimas y más grandes de este globo mediante la educación adecuada de su juventud. La nación que sea la primera en el campo cosechará la victoria.
Desde el punto de vista de la raza, esta educación debe ser completada por el servicio en el Ejército; del mismo modo que, para los alemanes corrientes, el período de servicio militar debe contar como la conclusión de la educación normal.
Gran importancia que la formación física y mental tendrá en el Estado nacional, la selección de los mejores individuos será igualmente importante de manera intrínseca.
Esto se trata hoy muy superficialmente.
Por regla general, son los hijos de padres de clase acomodada en buenas circunstancias los que se consideran aptos para recibir una formación superior.
La cuestión del talento desempeña un papel secundario.
- El talento en realidad solo puede valorarse de forma relativa.
- El hijo de un agricultor puede tener mucho más talento que el de unos padres con muchas generaciones de altos cargos a sus espaldas, si se queda rezagado respecto al hijo del ciudadano común en sus conocimientos generales.
Sin embargo, el conocimiento superior de este último no guarda relación con un mayor o menor talento, sino que tiene su raíz en la riqueza esencialmente mayor de impresiones que el niño recibe como resultado de su educación más completa y del entorno más variado de su vida.
El conocimiento obtenido mediante la memorización forzada no producirá cualidades inventivas, sino únicamente aquel inspirado por el talento; sin embargo, nadie en Alemania le otorga valor a esto hoy en día; nada excepto la imperiosa necesidad de ello lo sacará a la luz.
He aquí otra tarea educativa para el Estado nacional. No es su deber confinar la influencia decisiva en manos de una clase existente de la sociedad, sino que es su deber sacar los cerebros más competentes de la masa total de la nación y promoverlos a un puesto y dignidad.
Es obligación del Estado impartir una educación determinada en la escuela nacional al niño promedio, pero también debe ofrecer al talento la oportunidad de la que debe disfrutar. Debería considerar como su deber supremo abrir las puertas de los establecimientos educativos superiores del Estado, sin distinción, al talento de cualquier tipo, en cualquier clase en que aparezca.
Hay una razón adicional por la cual el Estado debe prestar atención a este asunto. En Alemania, especialmente, la clase intelectual está tan rígidamente encerrada en sí misma, alejada del resto del mundo, que no tiene vínculos vivos con las clases inferiores. De esto se derivan dos malos efectos: primero, esta clase no tiene ni comprensión ni simpatía por la masa del pueblo. Ha estado cortada de toda conexión con ella durante demasiado tiempo como para poseer todavía la comprensión psicológica necesaria del pueblo. Se ha convertido en una extraña para él.
En segundo lugar, a esta clase alta le falta la fuerza de voluntad esencial; pues esta es siempre más débil entre la intelectualidad que en las masas primitivas. Dios sabe que los alemanes nunca hemos fracasado en el departamento del conocimiento, y que hemos fallado tanto más en la fuerza de voluntad y la determinación. Cuanto más intelectuales eran nuestros estadistas, por ejemplo, más débiles resultaban la mayoría de ellos en la realización efectiva. Nuestra preparación política para la guerra y nuestros armamentos técnicos fueron insuficientes, no porque los cerebros que gobernaban nuestra nación tuvieran poca educación, sino más bien porque nuestros gobernantes tenían demasiada educación, estaban repletos de saber e intelecto, carecían de un instinto sano y les faltaba por completo energía y audacia. Fue el triste destino de nuestra nación tener que luchar por su vida bajo un canciller que era un debilucho filosofante. Si hubiéramos sido guiados por algún hombre del pueblo robusto, en lugar de un Bethmann-Hollweg, la sangre heroica del soldado raso granadero no se habría derramado en vano.
Además, las cualidades exageradamente intelectuales del material del que procedían nuestros líderes proporcionaron los mejores aliados posibles a los sinvergüenzas de noviembre.
Mediante su vergonzosa manera de asfixiar el bienestar nacional que se le había confiado, en lugar de fomentarlo con todas sus fuerzas, esa intelectualidad creó las condiciones que hicieron que el éxito de la otra parte fuera una certeza.
La Iglesia Católica Romana da un ejemplo en este sentido, del cual se puede aprender mucho. El celibato de sus sacerdotes la obliga a reclutar a la siguiente generación para el sacerdocio no de sus propias filas, sino de la masa del pueblo. La mayoría de la gente no es consciente de esta importancia particular del celibato. Es el cimiento de la vigorosa fuerza que es instintiva en esa antigua institución.
Será deber del Estado nacional en su capacidad educativa cuidar de que haya una renovación perpetua de la clase intelectual con sangre nueva venida de abajo.
Es obligatorio para el Estado seleccionar con el máximo cuidado y exactitud, de entre el total de sus nacionales, todo el material humano dotado de evidente talento natural, y aplicarlo al servicio del Estado.
En nuestro mundo, tal como es hoy, esto parece imposible.
Todo trabajo tiene un valor doble, el puramente material y el ideal.
Su valor material descansa en la importancia de la labor realizada, medida no tanto por su aspecto material como por su necesidad esencial; mientras que, idealmente hablando, hay igualdad entre los hombres, desde el momento en que cada individuo en su propia esfera, sea cual fuere, se esfuerza por hacer lo mejor posible.
La estimación del valor de un hombre debe depender de la manera en que cumple la tarea que la comunidad le ha confiado. Pues la labor del individuo es solo el medio, no el objeto, de su existencia.
Antes bien, debe continuar formándose y ennobleciéndose como hombre, pero esto solo puede ser posible dentro del marco de la cultura que comparte y que debe tener siempre su fundamento en algún Estado.
Pero el día presente está forjando su propia ruina; introduce el sufragio universal, parlotea acerca de los derechos iguales y no puede dar razón alguna para pensar así.
A sus ojos, las recompensas materiales son la expresión del valor de un hombre, destruyendo así la base de la igualdad más noble que jamás podría existir.
Pues la igualdad nunca se basa, ni puede basarse, en los logros de un hombre por sí mismos, sino que es posible, dado que cada hombre cumpla con sus propias obligaciones especiales. Esto, y solo esto, puede apartar las casualidades de la naturaleza cuando se juzga el valor de un hombre, y cada cual forja su propia trascendencia.
Puede que el oro se haya convertido en el único poder dominante en la vida de hoy; sin embargo, llegará un tiempo en que los hombres se inclinarán ante dioses más elevados.
Mucho hay hoy que debe su existencia al deseo de dinero y propiedades, pero poco se incluye en ello cuya inexistencia dejaría a la humanidad más pobre.
Es una de las tareas de nuestro Movimiento ofrecer la perspectiva de una época en la que al individuo se le dará lo que necesita para vivir, pero también mantener el principio de que el hombre no vive solo para el disfrute material.
Esto encontrará expresión en una sabia gradación de las ganancias tal que haga posible que todo trabajador honesto tenga la certeza de llevar una vida ordenada y honorable como hombre y como ciudadano.
No se diga que esto es un ideal imaginario.
que este mundo no podría soportar en la práctica y jamás podría alcanzar en realidad.
Ni siquiera nosotros somos tan ingenuos como para imaginar que una época sin faltas pueda instaurarse con éxito.
Pero esto no nos libera de la obligación de combatir las faltas que se conocen, abolir las debilidades y esforzarnos por alcanzar el ideal. La amarga realidad producirá por sí misma demasiadas limitaciones. Por esa misma razón, los hombres deben intentar servir al fin supremo.
Los fracasos no deben desviarles de su objetivo, del mismo modo que no se puede desdeñar la ley simplemente porque en ella se filtren errores, ni se puede despreciar la medicina porque siempre habrá enfermedades. Los hombres deben cuidarse de no subestimar la fuerza de un ideal.