PERSONALIDAD Y LA CONCEPCIÓN DEL
ESTADO NACIONAL
SERÍA una insensatez pretender medir el valor de un hombre por la raza a la que pertenece y al mismo tiempo declarar la guerra al axioma marxista «Un hombre es igual a cualquier otro», a menos que estuviéramos dispuestos a llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
Cualquiera que crea hoy en día que un Estado Nacional Socialista debe, por medios puramente mecánicos y mediante una mejor estructuración de su vida económica, diferenciarse de otros Estados —es decir, mediante un mejor compromiso entre la riqueza y la pobreza, o ampliando el control del proceso económico, o mediante una retribución más justa, eliminando las diferencias salariales excesivas— se encontrará en un callejón sin salida absoluto; no tiene la menor idea de lo que entendemos por una visión del mundo.
Los métodos descritos anteriormente no ofrecen ninguna esperanza de permanencia; y menos aún prometen un gran futuro.
Una nación que confía en reformas tan superficiales no obtendrá garantía alguna de victoria en la lucha general de las naciones. Un Movimiento que base su misión en compromisos como estos no introducirá, en verdad, ninguna gran reforma —real por su alcance—, porque su acción nunca tocará más que la superficie de las cosas.
El primer paso que apartó visiblemente a la humanidad del mundo animal fue el que condujo hacia la invención.
Las primeras medidas expertas del hombre en la lucha con el resto de los animales fueron en su origen, indudablemente, su manejo de criaturas que poseían capacidades especiales.
Ya entonces, la personalidad era claramente lo que producía decisiones y logros que más tarde fueron aceptados por toda la humanidad como algo natural.
El conocimiento que un hombre tiene de sus propias potestades, que considero incluso ahora como la base de toda estrategia, se debió originalmente a un cerebro determinado y, tal vez hasta que transcurrieron miles de años, no fue aceptado universalmente como algo perfectamente natural.
El hombre coronó este primer descubrimiento con un segundo; aprendió, entre otras cosas, a vivir mientras estaba enfrascado en su lucha por la vida. Y así comenzó la actividad inventiva propia del hombre, cuyos resultados vemos a nuestro alrededor. Y es el resultado del poder y la capacidad creadores de la persona individual.
Contribuyó profundamente a forjar al hombre que posee la facultad de seguir elevándose aún más. Pero lo que antaño fueron simples artificios que ayudaban a los cazadores en el bosque en su lucha por la existencia son hoy los brillantes descubrimientos científicos de nuestro tiempo, y estos ayudan a la humanidad en la lucha por la existencia hoy en día y están forjando las armas para las luchas del futuro.
La labor de desarrollar la teoría pura, que es incapaz de medirse pero que es el preliminar necesario para todo descubrimiento material posterior, se ve de nuevo como el producto exclusivo del individuo.
La multitud no inventa, las mayorías ni organizan ni piensan; es siempre solo el hombre único, el individuo.
Una comunidad humana solo se considera bien organizada si fomenta de todas las formas posibles la obra de estas fuerzas creadoras y las emplea para el bien de la comunidad. La organización debe ser la encarnación del empeño por situar los cerebros por encima de la multitud y someter la multitud a los cerebros.
De este modo, la organización quizá no impida que los cerebros surjan de la multitud; sino que debe, por el contrario, mediante su propia acción consciente, hacerlo posible en el grado más alto y facilitarlo. La dura lucha por la vida hace que, por encima de todo, los cerebros emerjan.
La administración del Estado y la fuerza de las naciones incorporadas a las fuerzas defensivas están dominadas por la idea de la personalidad y la autoridad inherente a ella, así como por la responsabilidad hacia el individuo de rango superior.
La vida política de hoy es la única que ha dado la espalda persistentemente a este principio de la Naturaleza.
Mientras que toda la civilización humana no es más que el resultado de la fuerza creadora de la personalidad, en la comunidad en su conjunto, y especialmente entre sus líderes, el principio de la dignidad de la mayoría finge ser la autoridad decisiva, y está comenzando gradualmente a envenenar toda la vida que hay por debajo de ella y, de hecho, a disgregarla.
Las obras destructivas del judaísmo en varias partes de la nación solo pueden atribuirse, en el fondo, al esfuerzo perpetuo por socavar la importancia de la personalidad en el seno de las naciones que los albergan, y por sustituirla por la voluntad de la multitud.
Ahora vemos que el marxismo es la forma enunciada del intento judío de abolir la importancia de la personalidad en todos los departamentos de la vida humana y de colocar en su lugar a la masa de los números. En política, la forma parlamentaria de gobierno es su expresión, y eso es lo que está causando semejante daño, desde el consejo parroquial más pequeño hasta el poder que controla a todo el Reich.
El marxismo nunca ha sido capaz de fundar una cultura o de crear un sistema económico por sí mismo, sino que, además, nunca se ha hallado realmente en condiciones de mantener un sistema existente de acuerdo con sus propios principios.
Pero, al cabo de muy poco tiempo, se vio obligado a desandar sus pasos y a hacer concesiones a la teoría del principio de la personalidad; incluso en su propia organización es incapaz de negar dicho principio.
La teoría nacional del mundo debe, por tanto, diferenciarse por completo de la teoría marxista; debe depositar su fe en la raza, y también en la importancia de la personalidad, y hacer de ellas los pilares que sustenten todo su edificio. Estos son los factores básicos de su visión del mundo.
El Estado nacional debe trabajar incansablemente para liberar a todo el gobierno, especialmente al más alto, es decir, al liderazgo político, del principio de control por parte de las mayorías —es decir, la multitud—, para asegurar en su lugar la autoridad indiscutida del individuo.
La mejor forma de Estado y Constitución es aquella que, con natural seguridad de mano, eleva a los mejores cerebros de la comunidad a una posición de liderazgo e influencia predominante.
No debe haber ninguna mayoría que tome decisiones, sino meramente un cuerpo de personas responsables, y la palabra «Consejo» volverá a su significado antiguo. Cada hombre tendrá consejeros a su lado, pero la decisión la tomará el único Hombre.
El Estado nacional no tolera que hombres cuya educación y ocupación no les hayan otorgado conocimientos especiales sean invitados a aconsejar o juzgar sobre asuntos de naturaleza especializada, como la economía.
Por lo tanto, el Estado subdividirá su cuerpo representativo en comisiones políticas, incluida una comisión que represente a las profesiones y oficios.
Con el fin de obtener una cooperación ventajosa entre ambos, habrá por encima de ellos un Senado permanente y selecto.
Pero ni el Senado ni la Cámara tendrán poder para tomar decisiones; están designados para trabajar y no para tomar decisiones.
Los miembros individuales pueden aconsejar, pero nunca decidir. Esa es la prerrogativa exclusiva del presidente en turno responsable.
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MI LUCHA
En lo que respecta a la posibilidad de llevar nuestro conocimiento a la práctica, puedo recordar a mis lectores que el principio parlamentario de la decisión por mayorías no siempre ha gobernado al género humano; por el contrario, solo aparece durante períodos de la historia bastante breves, y estos son siempre períodos de decadencia en las naciones y los Estados.
En cualquier caso, que nadie se imagine que unas medidas puramente teóricas desde arriba van a producir semejante cambio, ya que lógicamente no puede detenerse en la constitución de un Estado, sino que toda la legislación, y en verdad toda la vida del ciudadano, tendrán que impregnarse de él.
Semejante revolución solo querrá y podrá realizarse por medio de un Movimiento, edificado a su vez en el espíritu de esa idea, y por consiguiente engendrador a su vez del futuro Estado.
Así, el movimiento nacionalsocialista debe hoy identificarse con esa idea y llevarla a la práctica dentro de su propia organización, para no solo ser capaz de guiar al Estado por el buen camino, sino también tener el cuerpo perfeccionado del Estado listo para su ocupación.