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Capítulo XV: La defensa de emergencia como derecho

LA DEFENSA DE EMERGENCIA COMO DERECHO

CUANDO depusimos las armas en noviembre de 1918, se inició una política que, según toda probabilidad humana, estaba destinada a conducir a la ruina total.

Se comprendió cómo un período de tiempo que bastó, entre 1806 y 1813, para infundir en Prusia, a pesar de estar totalmente derrotada, nueva energía y espíritu de lucha, se dejó pasar sin ser aprovechado y condujo, de hecho, a un debilitamiento cada vez mayor de nuestro Estado.

La razón de ello fue que, tras la firma del vergonzoso armisticio, nadie tuvo la energía ni el valor para oponerse a las medidas de opresión que el enemigo imponía una y otra vez. Era demasiado astuto como para exigir demasiado de una sola vez.

Órdenes de desarme, que nos dejaban indefensos políticamente, y pillajes económicos se sucedieron uno tras otro, con la idea de producir el espíritu que consideraría la mediación del general Dawes como una gran suerte.

Para el invierno de 1922-1923, todos comprendieron que, incluso tras la celebración de la Paz, Francia trabajaba con férrea determinación para alcanzar sus objetivos de guerra originales. Pues nadie creerá que en el transcurso de los cuatro años de la lucha más decisiva de su historia, Francia derramó la sangre —no demasiado abundante— de su pueblo simplemente para recibir más tarde, a través de las reparaciones, una compensación por las pérdidas que sufriría. Alsacia-Lorena, por sí sola, no explicaría la energía de los líderes de guerra franceses si no formara ya parte del gran programa político de futuro de Francia. Dicho programa era el siguiente: la desintegración de Alemania en un conjunto de pequeños Estados. Por eso luchó la Francia chovinista, y al hacerlo, vendió a su nación para convertirse en vasalla, en verdad, del judaísmo internacional.

Alemania se derrumbó con fulminante rapidez en noviembre de 1918. Pero, mientras la catástrofe ocurría en el frente interno, los ejércitos seguían adentrados en los países enemigos.

La principal preocupación de Francia no era en ese momento la desintegración de Alemania, sino más bien cómo lograr que los ejércitos alemanes salieran lo antes posible de Francia y Bélgica. Así pues, la primera tarea de los líderes en París al concluir la guerra fue desarmar a los ejércitos alemanes y obligarlos a retroceder hacia Alemania si era posible; solo una vez conseguido esto pudieron dedicar su atención a alcanzar su objetivo de guerra original.

Para Inglaterra, la guerra estaba realmente ganada cuando Alemania quedó destruida como potencia colonial y comercial, y reducida a un Estado de segunda importancia. No tenía ningún interés en borrar por completo al Estado alemán; de hecho, tenía todas las razones para desear un futuro rival contra Francia en Europa.

Por lo tanto, Francia tuvo que esperar a la paz antes de emprender la labor para la cual la guerra había sentado las bases, y la declaración de Clemenceau de que para él la paz era meramente una continuación de la guerra adquirió un significado adicional.

Las intenciones de Francia debían de ser conocidas para el invierno de 1922-23.

En diciembre de 1922, la situación entre Alemania y Francia parecía volverse amenazante de nuevo. Francia contemplaba nuevas y vastas medidas de opresión y necesitaba sanciones para su acción. Se esperaba en Francia que, al ocupar el Ruhr, rompería finalmente la columna vertebral de Alemania y nos llevaría a una situación económica desesperada en la que nos veríamos obligados a asumir obligaciones muy pesadas.

Mediante la ocupación del Ruhr, el Destino ofreció una vez más a la nación alemana la oportunidad de afirmarse; pues lo que a primera vista parecía ser una desgracia terrible, contenía, tras una observación más detenida, posibilidades sumamente prometedoras de poner fin a los sufrimientos de Alemania.

Por primera vez, Francia había enajenado verdadera y profundamente a Inglaterra, no meramente a los diplomáticos británicos que habían concluido la alianza francesa y la habían mantenido y considerado con la visión cautelosa de un cálculo frío, sino también a amplios sectores de la nación.

El mundo de los negocios en particular sintió con irritación apenas disimulada este inmenso fortalecimiento adicional del poder de Francia en el continente. Su ocupación de la cuenca carbonífera del Ruhr privó a Inglaterra de todos los éxitos que había obtenido en la guerra, y fueron el mariscal Foch y Francia, a quien él representaba, y no la diplomacia alerta y minuciosa de Inglaterra, los que ahora eran los vencedores.

El sentimiento en Italia también se volvió en contra de Francia. En efecto, nada más terminar la guerra, aquella amistad dejó de ser exactamente color de rosa, y ahora se convirtió en un odio absoluto. Había llegado el momento en que los aliados de ayer bien podrían haberse convertido en los enemigos de mañana. Que esto no llegara a producirse se debió principalmente a que Alemania no tenía un Enver Pasha, sino meramente a un Cuno como canciller.

En la primavera de 1923, sin embargo, antes de que la ocupación francesa del Ruhr pudiera haber sido seguida por una reconstrucción de nuestro poder militar, se habría tenido que implantar un nuevo espíritu en la nación alemana, fortalecer su fuerza de voluntad y destruir a los corruptores de esa grandísima fuerza de una nación.

Del mismo modo que el derramamiento de sangre de 1918 fue un castigo por la negligencia de 1914 y 1915 al no aplastar a la serpiente marxista bajo los pies, así tenía que haber un castigo terrible en la primavera de 1923 por no haber aprovechado la oportunidad que se brindaba para destruir definitivamente la obra de los traidores y asesinos marxistas de la nación.

Solo unas mentes burguesas podían haber llegado a la increíble concepción de que el marxismo podía ser ahora algo diferente de lo que había sido, y de que la canalla que había dirigido en 1918, y que entonces, sin el menor remordimiento, utilizó a dos millones de muertos como peldaños para alcanzar los asientos del Gobierno, estaría dispuesta ahora a rendir tributo al sentido de la justicia de la nación.

Era una necedad increíble esperar que aquellos traidores se convirtieran de repente en luchadores por la liberación de Alemania. ¡No estaban soñando con hacer tal cosa! ¡Es tan poco probable que un marxista se aparte de la traición como que una hiena se aparte de la carroña!

La situación en 1923 era muy similar a la de 1918. El primer requisito indispensable para cualquier forma de resistencia que se decidiera adoptar era la expulsión del veneno marxista del cuerpo de nuestra nación.

Estaba convencido de que el deber primordial de cualquier gobierno verdaderamente nacional era buscar y hallar fuerzas decididas a librar una guerra para destruir el marxismo, y dar a dichas fuerzas vía libre; su deber no consistía en rendir culto a la necedad del «orden y la tranquilidad» en un momento en que el enemigo extranjero asestaba el golpe mortal a la Patria y, en el interior, la traición acechaba en cada esquina.

No, un gobierno verdaderamente nacional habría debido desear la agitación y el desorden, si el caos resultante constituía el único método para un ajuste de cuentas definitivo con los enemigos marxistas de nuestra nación.

He implorado con frecuencia a los llamados Partidos Nacionalistas que le den vía libre al Destino y le permitan a nuestro Movimiento los medios para ajustar cuentas con el marxismo; pero predicué en desierto.

Todos creían saber más, incluido el Jefe de las Fuerzas Armadas, hasta que finalmente se vieron cara a cara con la capitulación más miserable de todos los tiempos. Entonces comprendí en lo más profundo de mi ser que la burguesía alemana había llegado al final de su misión y que ya no se le podía encomendar ninguna otra tarea.

En aquel período —lo confieso francamente— concebí una ferviente admiración por el gran hombre al sur de los Alpes, cuyo profundo amor por su nación le prohibía regatear con los enemigos domésticos de Italia, y que luchó para destruirlos por todos los medios y métodos posibles.

La cualidad que sitúa a Mussolini a la altura de los grandes hombres del mundo es su determinación de no compartir Italia con el marxismo, sino de salvar a su país entregando a la destrucción a los enemigos de la nación.

¡Qué enanos parecen nuestros falsos hombres de estado en Alemania en comparación con él!

La actitud adoptada por nuestra burguesía y la forma en que perdonaron al marxismo decidieron desde el principio la suerte de cualquier intento de resistencia activa en el Ruhr. Era una locura intentar luchar contra Francia con ese enemigo mortal en nuestro seno.

Aun en la primavera de 1923 era fácil predecir lo que iba a suceder.

Es inútil discutir si existió o no la posibilidad de un éxito militar contra Francia. Porque si el resultado de la acción alemana en el asunto del Ruhr hubiera sido meramente la destrucción del marxismo en Alemania, el éxito habría estado de nuestro lado.

Alemania, una vez liberada de los enemigos mortales de su vida y de su porvenir, poseería una fuerza que ningún poder en el mundo podría volver a estrangular. El día en que el marxismo sea quebrantado en Alemania, sus cadenas se romperán de verdad.

Pues jamás en nuestra historia hemos sido vencidos por las fuerzas de nuestros enemigos, sino más bien por nuestra propia depravación y por el enemigo en nuestro propio campamento.

Sin embargo, en un gran momento de inspiración, el Cielo le hizo a Alemania el regalo de un gran hombre, el señor Cuno, cuyo método de razonamiento era el siguiente: «Francia está ocupando el Ruhr; ¿qué hay allí? Carbón. ¿Está ocupando Francia el Ruhr por causa de su carbón?». ¿Qué podía ocurrírsele de manera más obvia al señor Cuno que la idea de que una huelga privaría a los franceses del carbón, y que tarde o temprano se marcharían del Ruhr, ya que la empresa no estaba resultando rentable? Ese era el hilo de pensamiento de aquel «sobresaliente» «nacional» «estadista».

Para una huelga necesitaban naturalmente a los marxistas, ya que se trataba en primer lugar de los trabajadores. Así pues, era fundamental poner al obrero (en el cerebro de un estadista burgués como Cuno, es sinónimo del marxista) en consonancia con todos los demás alemanes en el frente único. Los marxistas se sumaron rápidamente a la idea; pues los líderes marxistas necesitaban el dinero de Cuno tanto como Cuno los requería a ellos para su «frente único».

Si el señor Cuno en ese momento, en vez de alentar una huelga general pagada y hacer de ella la base de su «frente único», hubiera exigido dos horas más de trabajo a cada alemán, la estafa del «frente único» se habría disuelto en tres días.

Las naciones no alcanzan la libertad cruzándose de brazos, sino mediante el sacrificio.

Esta supuesta resistencia pasiva jamás habría podido mantenerse durante mucho tiempo. Nadie sino un hombre que no supiera nada de la guerra podría imaginarse que era capaz de expulsar a un ejército de ocupación mediante métodos tan absurdos.

Si los westfalianos en el Ruhr hubieran sido conscientes de un ejército de ochenta o cien divisiones dispuesto a apoyarlos, los franceses habrían estado pisando espinas.

Tan pronto como los Sindicatos Marxistas hubieron prácticamente llenado sus arcas con las contribuciones de Cuno, y estuvo casi decidido transformar la floja resistencia pasiva en un ataque activo, la hiena roja se apartó de repente del redil nacional y volvió a ser lo que siempre habían sido. Sin rechistar, el señor Cuno se retiró a bordo de sus barcos, y Alemania se hizo más rica en una experiencia y más pobre en una gran esperanza.

Pero cuando comenzó el miserable colapso y se produjo la vergonzosa capitulación tras el sacrificio de miles de millones de marcos y muchos millares de jóvenes alemanes —que habían sido tan ingenuos como para confiar en las promesas de los gobernantes del Reich—, la indignación ante semejante traición a nuestra infeliz patria estalló en una llamarada. En millones de personas brilló la convicción de que nada más que una purga radical de todo el sistema imperante en Alemania traería la salvación.

En este libro no puedo más que repetir la última frase de mi discurso en el gran Juicio de la primavera de 1924:

“Though the Judges of this State may be happy in their condemnation of our actions, yet History, the goddess of a higher truth and of a better law, will smile as she tears up this judgment, and will declare all of us innocent of blame and the duty of expiation.5’

I shall not attempt to describe here the events which led to and decided those of November, 1923 ; because I do not think it will be of any profit for the future, and because there is really no point in tearing open wounds which are still hardly scabbed over, or in talking of guilt in the case of persons who all, perhaps, clung to their nation with equal love in the depth of their hearts, but merely missed the common road or failed to agree together regarding it.

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